
¿Alguna vez te has preguntado qué significa para ti la eficiencia? En nuestra cultura, la eficiencia se ha convertido en un ídolo silencioso que nos mide, nos juzga y nos agota. Corremos, producimos, llenamos la agenda y, sin embargo, al final del día algo falta. ¿Qué es ese algo?
Quiero compartirte un poema de nuestra época escrito por Mamá Fiera. Se titula Taquipsiquia y habla sobre nuestro devenir frenético: ese en el que hemos dejado de ver al tiempo como un aliado que, en su oleaje, nos regala experiencia, vínculos y madurez.
Hoy terminamos persiguiendo una manecilla que no para, agotados de ver cómo el tiempo se nos escapa entre las manos como si fuera agua.
Nos acabamos la vida viendo el reloj, deseando no «perder el tiempo» y llenando la agenda de actividades para que la respuesta a «¿qué haces?» sea siempre algo interesante. Pero, ¿qué pasaría si respondemos: «nada», «descansando», «observando»? Las críticas serían seguras, incluso las nuestras.
Puedes escuchar el poema en la voz de su autora en su participación en un concurso de poesía en España. Aquí te lo comparto.
La prisa eterna y la trampa de la eficiencia
Una de las frases del poema que más me resuena es cuando la autora habla de «la prisa eterna, como si respirar no fuera suficiente».
¡Qué descripción tan exacta! Pareciera que existir, simplemente estar, ya no alcanza. La eficiencia que tanto valoramos no siempre nos acerca a una vida más plena; a veces nos aleja de ella.
Como se menciona en un estudio filosófico de Byung-Chul Han de 2015 (El aroma del tiempo), esta realidad se describe como una crisis provocada por la atomización y aceleración de la vida moderna. La obsesión por la eficiencia y la falta de una estructura narrativa nos impiden vivir el presente.
Nos estamos olvidando del sabor que le da a la vida la pausa, del placer de contemplar, de parar y mirar lo caminado. En cambio, sustituimos esas experiencias profundamente humanas por vivencias fugaces que caben en una foto de Instagram.
Y no eres solo tú. El problema de una vida insípida lo tenemos todos: nos falta hondura, nos falta habitar nuestra interioridad. Si no lo hacemos, el mundo terminará aburriéndonos sin importar cuánto hagamos.
La fe nos invita a otra medida del tiempo
El Evangelio nos ofrece una perspectiva radicalmente distinta. Jesús no corría. Se detenía. Contemplaba. Oraba. Miraba a las personas a los ojos.
La verdadera eficiencia desde la fe no se mide por cuánto produces, sino por la profundidad con la que amas y te dejas amar. El tiempo bien vivido no es el tiempo lleno, sino el tiempo habitado.
Te propongo que «pierdas el tiempo» en lo que de verdad importa. Después de escuchar el poema, me hice estas preguntas que te comparto por si también te interpelan:
- ¿Dónde pierdo el tiempo? (Aunque la pregunta más honesta sería: ¿dónde está mi tiempo?).
- ¿A qué le llamo perder el tiempo? ¿Será que en realidad es ahí donde me encuentro?
- ¿Cómo habito la vida? ¿La vivo o la administro?
¡Anímate a compartir estas preguntas en tu próxima reunión de catequesis, en una charla de retiro o en una conversación personal! A veces, la mejor semilla que podemos plantar es una pregunta que se quede dando vueltas en el corazón.
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