
Hoy, mientras me miraba al espejo, noté cómo, desde hace mucho, no me veía de cuerpo completo. Estaba con mi sobrino, jugando juntos, y en un descuido me vi frente a un espejo grande que cubría toda la puerta, mostrando mi cuerpo en una sola silueta. En cuanto me vi, entró en escena la crítica, el juicio, ese que muchas mujeres conocemos tan bien.
De inmediato llegó la culpa: ¿cómo es posible que mis caderas hayan aumentado tanto de tamaño? Me pregunté si esa «pancita» que veía no parecía la de alguien embarazada y, casi por reflejo, metí el estómago hacia adentro para no ver ese exceso.
Las preguntas llegaron rápido: ¿por qué no he hecho ejercicio?, ¿por qué no he mejorado mi alimentación?, ¿cómo me habrán visto hoy las personas con las que tuve una reunión de negocios? Y un nuevo juicio se coló en mi mente: ¡wow!, cuánto me habrán criticado.
Todos esos pensamientos llegaron en cuestión de segundos… hasta que la dulce voz de mi sobrino me trajo de vuelta al presente: «Titi, vamos a jugar».
Al ver su carita, me sorprendí de cómo en él no existía ese juicio sobre cómo yo me veía físicamente. Él solo quería que jugáramos y que lo pasáramos bien.
Entonces me hice otra pregunta: Geovanna, ¿te gustaría que tu sobrino se juzgara a sí mismo como tú acabas de juzgarte? Mi respuesta fue un rotundo: no.
Quiero que se ame, se respete, se mire tal cual es, con la alegría que lo caracteriza, incluso en esos momentos en que alguna voz de sabotaje quiera hacerle sentir menos.
Fue en medio de esa reflexión que llegó a mis manos la canción de Valeria Castro, «tiene que ser más fácil». Después de ver su maravilloso video (que te invito a ver), me hice una simple pero profunda pregunta.
Mirarnos sin miedo: ¿por qué es fácil la crítica y nos cuesta tanto mirarnos con amor?
La respuesta es dura, pero real: porque desde pequeños hemos crecido en una sociedad donde, constantemente, escuchamos frases en tono de crítica, como: «¡qué tonto soy!», «¡qué feo le queda ese traje a esa chica!», «¡pero mira cómo se ha engordado!».
Esos juicios ajenos, repetidos una y otra vez por quienes nos criaron, se convirtieron en nuestro segundo idioma. Un idioma lleno de rechazo, crítica y discriminación. Y así, sin darnos cuenta, aprendimos a hablarnos con esa misma dureza.
La letra de la canción golpea justo en la herida: «no puede el cuerpo ser tan cruel al verse». ¿Por qué nos permitimos tratarnos así?
Dejar la crítica: «Todas las miradas que pensaba que eran armas»
¿Cuántas veces hemos asumido que todos nos juzgan… cuando en realidad nadie se atrevió a mirarnos con ternura y decirnos: «quiero cuidarte»? Nuestro cuerpo no está en nuestra contra. Nuestro cuerpo es el regalo más maravilloso que Dios nos ha dado.
La palabra de Dios nos recuerda: «¿no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habéis recibido de Dios y que está en vosotros?» — 1 Corintios 6,19-20 (Biblia de Jerusalén)
¿Cómo cambiaría nuestra relación con el espejo si viéramos nuestro cuerpo como lo ve Dios?
«Tiene que haber bien cerca una salida»
A veces creemos que la salida está en cambiar nuestro cuerpo: hacer esa dieta, someterse a esa cirugía, empezar ese plan de ejercicios… pero si no empezamos por aceptarnos desde lo más profundo, nunca estaremos realmente conformes.
Quizá logremos el cambio físico, pero si el corazón no sana, la insatisfacción seguirá.
Madre Teresa de Calcuta dijo: «la humildad es el principio de la santidad. Acepta todo lo que él te da, y da todo lo que él te quita».
Pedir humildad para aceptar nuestro cuerpo tal como es… es el primer paso para empezar a amarnos.
«No es eterno estar a la deriva»
El Salmo 30,5 nos dice con esperanza: «por la noche durará el llanto, y a la mañana vendrá la alegría». Ninguna tormenta es para siempre; aun el mar más agitado se calma cuando llega la paz de Dios.
No importa cuánto hoy te rechaces —o cuánto yo me rechace—. Lo importante es saber que este sentimiento no es eterno. Y, mientras más conozcamos el origen de esos pensamientos negativos hacia nosotras mismas, más podremos sanar.
Amarnos como Dios nos ama: «tiene que ser más fácil el quererse»
Sí, pero no se trata de presionarnos por amar. Se trata de aceptar nuestra realidad hoy, tal como está, sin imaginaciones, sin ideales de cómo deberíamos ser.
Tu amor propio empieza ahora, en este instante en que decides no solo leer este artículo, sino también empezar a quererte.
Una invitación: ¿y si hoy intentamos mirarnos con más ternura?
Para eso, hagamos juntas esta oración:
Oración
Amado Padre Celestial, te doy gracias por haberme dado este cuerpo, este peso, y estas facciones. Te pido perdón por las veces que no he reconocido que, al criticarme a mí misma, sin darme cuenta, te estoy criticando a ti. ¡tú elegiste cada parte de mí! Y, aunque a veces pienso que pudiste haber hecho un mejor trabajo, reconozco ahora que es mi soberbia la que no me ha permitido verme como tú me ves. Hoy quiero ser tu reflejo de amor dentro de mí. Como dice esa canción, quiero que sea más fácil quererme. Por eso, hoy suelto toda expectativa personal sobre mi apariencia física… y dejo que mi vida tome el rumbo de tu amor y de tu voluntad. Con tu apoyo sé que será más fácil quererme. Amén.
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