
Hace unos días estuve viendo un clip de Christopher West, publicado en su canal de YouTube, en el que hace una interesante relación entre la Comunión y la lactancia de los niños. Hoy quiero compartirte algunas ideas que me surgieron a raíz de este interesante tema.
El punto de partida
Partiendo de un artículo que había leído, según relata en el clip que te compartí, West explica la importancia de la lactancia: afecta, incluso, nuestra capacidad de comunicarnos.
En el fondo, a lo que está apuntando es mucho más profundo de lo que parece: el sostenimiento vital del ser humano. En efecto, nadie discute la importancia que tiene la lactancia para cada uno de nosotros.
La lactancia es, para el niño, sostenimiento vital, pero va mucho más allá: según como lo explica Christopher, tiene mucho que ver con el desarrollo de nuestra capacidad de hablar. Por esta última razón, él hace una conexión con la Eucaristía.
No es cualquier Vida
La leche materna fue el alimento que la mayoría de nosotros tuvo para el sostenimiento de nuestra vida más tierna. Así, se asemeja a la Comunión inmediatamente, aunque siempre de forma análoga.
La Eucaristía da mucho más que el simple sostenimiento de la vida: «Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo» (Jn 6, 51).
Cabe preguntarnos: ¿de qué vida está hablando el Señor? El concepto «vida eterna» hace referencia a una vida futura; sin embargo, mientras estamos aquí, ¿qué? Y aquí viene lo más interesante:
La vida que da el Señor, mediante su sacratísimo Cuerpo, es su propia Vida. Muy como hace una madre cuando amamanta a su bebé, nuestro Señor da «algo de sí»: la madre da su leche, con todo lo que el niño necesita; Cristo da su propia Vida.
La Comunión: vida en Cristo
Que Cristo te dé a ti y a mí, en la Comunión, su propia Vida, tiene su importancia y es muy interesante lo que en el fondo implica: históricamente, Jesucristo dejó este mundo cuando ascendió a los cielos.
Sin embargo, nos dijo, a través de los apóstoles, que se quedaba con nosotros hasta el fin de los tiempos. La Iglesia siempre ha enseñado que esto lo hace en la Eucaristía, pero va incluso más allá:
Cristo quiere seguir viviendo en la Tierra porque te quiere acompañar a ti y a mí, y a todo el mundo. Por eso, mediante la Eucaristía, lo que realmente está haciendo es prolongar su Vida en nosotros.
Es decir, Jesús quiere entrar a vivir en nosotros y, por medio nuestro, llegar al mundo entero para compartir su gloria con los demás.
Es la muestra de amor más grande posible: nuestro Señor, al encarnarse y sacrificarse por nosotros en la cruz, nos trajo al «hombre nuevo», que sería capaz de entrar en íntima relación con Él. La vida de este hombre nuevo se obtiene con la Eucaristía: es la vida interior.
De afuera hacia adentro
La vida interior es justamente la vida que los primeros seres humanos, Adán y Eva, según nos narra el Génesis, perdieron: notemos que todo el relato de la creación (el segundo relato específicamente) está enmarcado en un jardín. El jardín, como señalará san Juan Pablo II, puede verse como símbolo del corazón del hombre.
En ese sentido, el hombre que vive «dentro» del corazón es, justamente, el hombre interior. Toda la historia de la salvación, desde la expulsión del jardín del Edén hasta antes de Pentecostés, es la historia del hombre sin la «verdadera vida». Es la vida del hombre que vive abocado a lo externo, preocupado por las cosas terrenales.
Cuando Jesucristo entrega su propia Vida, nos abre nuevamente las puertas a la vida que deja lo externo y mira lo interno: la vida del Génesis, la vida interior. Además, nos deja los medios para, como la leche materna hace con el bebé, poder nutrir esta nueva vida: su Cuerpo, en la Comunión, y la asistencia del Espíritu Santo.
Con el Espíritu Santo nos hacemos más capaces de entrar en relación íntima con Dios y fortalecer nuestra vida interior. Es decir, Él, mediante su gracia, va forjándonos para que Cristo pueda continuar su Vida en nosotros, estrechando gradualmente nuestra relación con Dios. Esto pone de relieve que el segundo medio que nos dejó nuestro Señor apunta directamente hacia la oración personal con Dios. Es ahí justamente donde el Espíritu Santo actúa de forma directa en nosotros, haciéndonos cada vez más semejantes a Cristo.
La Comunión… mucho más de lo que se ve
Todo lo anterior permite ver qué tan profunda es la relación que sacó Christopher West entre la lactancia y la Comunión.
Nos permite ver, como te habrás dado cuenta con las observaciones que he incluido aquí para nuestra reflexión, que la Eucaristía es, de forma análoga a la lactancia materna, fuente de mucho más que leche: es la fuente de la verdadera Vida.
Por eso te invito a que me acompañes a decirle a nuestro Señor. Como le dijeron sus interlocutores en su momento: «Danos siempre, Señor, de este pan».
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interesante, nutrida la reflexión.Dios Padre, Dios hijo y Dios espíritu Santo te siga dando sabiduría y amor.