Mi cerebro dijo NO y mi boca respondió SÍ

Estoy segura de que muchos nos sentiremos identificados con este video de Casi Creativo, titulado: «Cuando tu cerebro dice NO pero tu boca dice…», porque todos hemos vivido, en alguna o en varias ocasiones, esa lucha interior entre lo que sabemos que debemos hacer y lo que finalmente terminamos diciendo o haciendo.

1. ¿Por qué mi cerebro me indica algo distinto a lo que dice mi boca?

Como vimos en el video, es lunes y un amigo invita a tomar. Entonces, el cerebro analiza las situaciones y reflexiona sobre sus consecuencias a largo plazo e identifica la opción más razonable y saludable; sin embargo, cuando la boca —el medio por el cual expresamos lo que sentimos, pensamos y decidimos— debe responder con firmeza: «No», las palabras, por intervención del estómago (el deseo del placer o antojo), se convierten en un «no sé».

Finalmente, con la ayuda del corazón (la presión social, el miedo a quedar mal o el deseo de aprobación), terminan transformándose en un «sí», aceptando la invitación.

Lo señala la Biblia: «El que guarda su boca y su lengua, guarda su alma de la angustia». (Proverbios 21, 23)

2. Conciencia y voluntad

Es posible que alguna vez nos haya sucedido que estamos conversando con unos amigos y, de pronto, comienzan a criticar a una persona ausente. Nuestro cerebro sabe que hablar mal de alguien no es correcto, pero también recuerda quién es esa persona y si nuestra relación con ella es buena o mala.

Inmediatamente, las emociones y sentimientos hacia ella pueden ser positivos o negativos. Entonces interviene la conciencia y señala: «Es mejor callar». Después entra en acción la voluntad, que es la que decide. Finalmente, la boca expresa esa decisión: callar o hablar en perjuicio del prójimo.

¿Qué es la conciencia?

Es la capacidad que Dios nos ha dado para reconocer el bien y el mal. Cuando la conciencia está rectamente formada, nos ayuda a distinguir cuándo una acción agrada a Dios o lo ofende, y nos impulsa a hacer el bien.

Como enseña el Catecismo:

«El hombre prudente, cuando escucha la conciencia moral, puede oír a Dios que le habla». (C.I.C. 1777)

Sin embargo, cuando la conciencia se deforma, puede llegar a considerar bueno lo que en realidad es malo.

El Catecismo indica:

«Cuando el hombre no se preocupa de buscar la verdad y el bien y, poco a poco, por el hábito del pecado, la conciencia se queda casi ciega». (C.I.C. 1791)

Un ejemplo muy claro es el de una persona que acostumbra mentir. Con el tiempo, llega a considerar la mentira como algo normal y no piensa en su gravedad.

La Sagrada Escritura menciona: «Hay caminos que al hombre le parecen rectos, pero al final conducen a la muerte». (Proverbios 14, 12)

¿Y la voluntad?

La voluntad es la capacidad de elegir lo que vamos a hacer. Dios nos ha dado la libertad para decidir. Sin embargo, si no fortalecemos la voluntad, en lugar de elegir lo correcto, terminaremos haciendo lo contrario. En vez de seguir la voz de la conciencia, seguiremos nuestros impulsos emocionales.

La Biblia lo expresa de esta manera: «Más vale ser paciente que valiente, dominarse que conquistar ciudades». (Proverbios 16, 32)

Cuando nuestro cerebro nos dice «no» por una razón justa y buena, es necesario que nuestra boca y nuestras acciones también digan «no».

3. Entonces… ¿qué hacer?

Es una batalla silenciosa, un conflicto en nuestro interior entre lo que debo hacer y lo que quiero hacer. San Pablo decía: «No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero». (Romanos 7, 19)

Estas palabras me recuerdan una frase muy común de un compañero de trabajo: «Soy un ser humano».

Evidentemente lo somos. Aun así, no porque tengamos impulsos, egoísmos o momentos de flojera debemos rendirnos sin luchar.

Por lo tanto, es imprescindible fortalecer la voluntad.

Algunos ejercicios espirituales que nos pueden ayudar son:

  • Realizar un examen de conciencia cada noche: esto evita que nos pase lo mismo que al cerebro del video, que se queda frustrado al no saber en qué momento perdió el control. Es preciso evaluar nuestro accionar del día, para así conocer nuestras faltas y debilidades, preguntándonos:
    ¿A qué cosas les dije «sí» hoy con la boca, cuando mi conciencia me decía «no»?
  • Pedir la guía del Espíritu Santo: antes de responder, decidir o actuar, es preciso preguntarnos:
    ¿Lo que voy a hacer agrada a Dios? ¿Me acerca a Él? ¿Me arrepentiré de hacerlo? ¿Me trae paz? ¿Ayuda a los demás? ¿Me acerca o me aleja de mi meta?
  • La oración es fundamental: aprendamos a decir como nuestra Madre: «Hágase en mí según Tu Palabra», «según Tu Voluntad».
  • Recurrir a los sacramentos: nuestras fuerzas tarde o temprano van a fallar; por eso, solo la gracia de Dios en los sacramentos es lo que nos puede sostener.
  • La negación por amor: San Ignacio de Loyola la menciona en sus ejercicios y consiste en negarnos a nosotros mismos en el día a día. Por ejemplo: si nos gusta echar sal, azúcar o picante a los alimentos, no hacerlo al menos por un día; o si nos cuesta estar sin el celular, dejar de usarlo por unas horas, etc.

Recordemos que estamos llamados a ser santos y nuestra meta es el cielo. Nuestra vida es un combate espiritual. Pero no estamos solos porque contamos con Jesucristo, Eterno Vencedor, quien nos fortalece día a día.

Que algún día podamos decir como San Pablo:

«He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado lo que depositaron en mis manos. Solo me queda recibir la corona de toda vida santa con la que me premiará aquel día el Señor, juez justo; y conmigo la recibirán todos los que anhelaron su venida gloriosa». (2 Timoteo 4, 7-8)