
Jesús nos enseñó que la astucia es una virtud que debemos adquirir junto con la mansedumbre, pero es difícil bajar este concepto a la vida ordinaria. Quiero contarte una experiencia que me ayudó a entender de manera concreta cómo aplicar a nuestro día a día.
Un diciembre como tantos, subí a mis estados de WhatsApp un calendario de Adviento con acciones concretas para cada día del tiempo litúrgico, para poder preparar mejor la fiesta de la Navidad. Entre las personas que me contactaron para acceder a los materiales de reflexión propuestos por el calendario, se encontraba una antigua colega de trabajo a la que no veía desde hacía siete años.
Nos pusimos a conversar sobre nuestras vidas, me contó la familia que había formado, le conté de mi carrera… fue lindo saber que había perseverado en su vida de fe, que tenía un buen matrimonio e hijos a los cuales se dedica con devoción, junto con su marido, por formar en la fe.
Tal era el entusiasmo de ambos por volver a vernos después de tanto tiempo, que coordinamos para que vaya a su casa a tomar unos mates y seguir charlando sobre cómo estaba cada uno.
Pocos días después del arreglo, me manda un mensaje, diciendo que se le había complicado y que mejor arreglar para después de las vacaciones. No le presté demasiada atención; me imaginé que, si quería que nos juntemos, me volvería a hablar.
Dos meses después, me manda un mensaje de voz explicándole lo que realmente había sucedido. Resulta que, después de los mensajes intercambiados en diciembre, algo le quedó resonando en el corazón, algo que no le cerraba.
«Conociéndonos a nosotros dos, es juntarse a tomar unos mates y charlar de la vida, en que anda cada uno. Me encantaría», me dice, «pero, hablando con mi marido, me dijo que, la verdad, sí es un poco raro que venga un viejo colega a tomar unos mates; imaginate que yo traiga a alguien de un laburo de hace siete años a tomar algo en casa».
No se imaginan lo refrescante que fue escuchar el audio. En los dos minutos, esta vieja amiga expresaba sus ganas de encontrarnos y ponernos al día, después de tanto tiempo; pero, más profundo, era su deseo de preservar su matrimonio, a sus padres y todo lo que había construido.
Todo esto me ayudó a comprender más profundamente a qué se refiere Jesús cuando nos llama a ser astutos como serpientes. Aquí van cuatro consejos para que todo fiel tenga en cuenta a la hora de ejercer cualquier labor apostólica.
1. «No tiene nada de malo. ¿Por qué no lo haría?»

Existe entre los jóvenes católicos (por lo menos, los que conozco) un criterio bastante ingenuo y, hasta diría, pedante. El criterio es el siguiente: «Yo no tengo ninguna mala intención y lo que quiero hacer es algo bueno. ¿Por qué no lo haría?». Ese no es un criterio válido. Lamento pinchar burbujas, pero no lo es. Muchas veces, de buenas intenciones, surgen malas situaciones.
El diablo, «como león rugiente», está al acecho para hacernos caer. Y no va a buscar hacer caer a los tibios. Quiere que los mejores se vean envueltos en redes complejas, para que su anuncio del evangelio se vea empañado por dudas, escándalos y demás.
No alcanza tener una buena intención en el corazón para llevar adelante un trabajo apostólico. Dice el adagio popular «el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones». Y no se refiere únicamente a las buenas intenciones que nunca se convierten en realidad, sino también a las que no llegan a buen puerto por no haber sido lo suficientemente astutos.
No tenía nada de malo que esta amiga y yo nos juntemos a tomar mates y charlar de lo vivido por cada uno. Los dos teníamos rectas intenciones. Entonces… ¿por qué no hacerlo? Porque el diablo se vale incluso de buenas y puras intenciones para hacer su labor.
Podría haber pasado que los padres de esta chica (porque, por cosas de la vida, ellos se encontraban viviendo en su casa) se escandalizaran. Podrían haber pasado muchas cosas «sin que fuera nuestra intención»… pero las cosas pasan.
Muchas veces ha pasado que personas, por querer ser oídos atentos, terminaron confundiendo las cosas, por no tener los límites claros. Queriendo ser aquellos que «sirven de instrumento»para que otros encuentren consuelo, terminan enredados por las emociones, las situaciones y las conversaciones, confundiendo las cosas y embarrando algo que no quería ser pantanoso. Que algo sea bueno, no significa que haya que hacerlo.
2. Siempre buscar preservar el bien mayor

Lo que mi amiga hizo fue poner en la balanza dos bienes y preservó el bien mayor: su matrimonio. No, porque yo fuera a ponerlo en riesgo, pero uno nunca sabe. Quizás una vecina, con debilidad por el chisme, veía cosas que no había y armaba un escándalo donde no lo había. Quién sabe. Las cosas valiosas las ponemos en cajas fuertes para preservarlas… ¿Por qué no hacer una caja fuerte espiritual para las realidades más importantes de nuestra vida?
Personalmente, vivo en un entorno en el que la gente comparte mucho lo que le sucede en lo profundo de su corazón. En una primera vista, uno dice: «¡Cuánta libertad! ¡Cuánta apertura y comunicación!». No pareciera ser algo malo el ir compartiendo las cosas que me suceden en mi relación con Dios. Sin embargo… creo que sí hay un lado negativo.
El ir publicitando las cosas que voy viviendo en el interior de mi corazón no pareciera ser algo malo. Pero hay cosas que pertenecen al fuero interno y no deben de salir de ahí. Tenemos que aprender a preservar nuestra intimidad con Dios. No vamos contando a nuestros amigos lo que hablamos en la privacidad del diálogo con nuestro marido, mujer o enamorado. ¿Por qué habríamos de contar lo que hablamos con Dios?
El caso del director espiritual es distinto, claro está. Una amistad en Cristo a lo sumo, pero cuando ya son 5 o más personas con las que hablo las cosas, estoy exponiéndome demasiado al ojo público.
Lo mismo sucede con los matrimonios y las vidas consagradas. Estas son el bien mayor que hay que preservar. De nada sirven las buenas acciones que un sacerdote, un consagrado o un cónyuge pueda hacer si estas ponen en riesgo su estado de vida.
3. La astucia de la mano de la mansedumbre

Como dije al comienzo, cuando Cristo nos exhorta a la astucia, lo dice de la mano de la mansedumbre. Y pasa que la gente que quiere hacer el bien, a veces, se deja llevar por un celo mal encausado que lo lleva a cometer imprudencias, las cuales califican como «faltas de astucia».
Tenemos que ser mansos para comprender que nuestro deseo de hacer el bien no es suficiente.
Hay veces que nos gana el orgullo «Yo no quiero hacer el mal y lo que me propuse es bueno, por lo tanto, lo voy a hacer; aunque se me haya advertido que no está bueno». Eso no es mansedumbre, eso es orgullo.
Es terrible, porque incluso ese orgullo tiene una «buena intención» de fondo. Nadie busca el mal por el mal en sí, solo la gente patológica. Todos queremos el bien. Pero tenemos que ganar la mansedumbre suficiente, acompañada de la astucia, para poder hacer el bien de manera tal que no esté expuesto a devenir en un mal por alguna imprudencia cometida en el impulso de querer hacer cosas buenas.
Mi amiga fue mansa. «Mis ganas de verte son sinceras, pero bueno, para mí que en algún momento nos vamos a cruzar y charlaremos». Sabe que el eventual encuentro va a ser bueno. Pero no se dejó arrebatar por ese bien y no perdió la mansedumbre de las señales que le indicaban que no era astuto un encuentro así como así.
Por lo tanto, antes de hacer las cosas simplemente porque son buenas, tomarse un tiempo para amansarse y reflexionar. Así, con astucia, sabremos si es bueno proceder.
«Bonus»: Una recomendación final
Si queremos vivir nuestro apostolado con sabiduría y astucia, también debemos prepararnos espiritualmente para cada tiempo litúrgico con profundidad y coherencia. Por eso, creamos un Kit de Cuaresma de Catholic Link es una gran herramienta para ayudarte a reflexionar, crecer en la oración y vivir este tiempo con sentido.
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Gracias por el artículo Sr Romero. Me encantó lo expuesto. Yo también pienso como su amiga. O mas bien dicho como el esposo de su amiga. Sabiduría y prudencia.
:)
¡Muchas gracias Sra. Rosa! Es así. Ni ingenuos ni dormidos. Atentos y fervorosos en la fe, pero cuidando del tesoro del que somos depositarios. ¡Saludos!
Wow, me encantó esta lectura, de verdad me ha puesto a reflexionar!
Gracias.