qué es la ideología de género

El pasado viernes el Papa Francisco dio un discurso para los participantes del congreso «Hombre-Mujer, imagen de Dios. Por una antropología de las vocaciones», promovido por el Centro de Investigación y Antropología de las Vocaciones. En este discurso ofreció unas duras palabras refiriéndose a la ideología de género como uno de los grandes peligros que enfrenta la sociedad actual.

Después de haberlo leído, quiero dejarte unas ideas que te pueden ayudar a acercarte al documento y entender por qué el Papa Francisco dijo lo que dijo.

De igual manera, si quieres profundizar más te dejo el enlace para que lo puedas leer, lo malo es que hasta el momento solo lo puedes encontrar en italiano. 

1. La ideología de género y el peligro de anular la diferencia

La primera idea, con la que empieza el discurso el Papa, es que la ideología de género es un peligro enorme para la sociedad porque anula la diferencia entre varones y mujeres. Esto es eliminar la diversidad que nos enriquece. Varones y mujeres no somos iguales, no estamos llamados a lo mismo.

No pensamos igual, ni sentimos de la misma manera. Nuestro cuerpo y mente son diferentes, ¡y eso es bueno! Ser diferentes nos hace ser complementarios, nos ayuda a caminar juntos. Cuando deseamos ser algo que no somos, le robamos al mundo la posibilidad de enriquecerse con lo que sí somos. 

Por otro lado, desde la perspectiva vocacional, tanto varones como mujeres estamos llamados a ser santos. Cada uno desde su propia identidad, aportando al mundo lo que le es propio y no robando al mundo de la belleza de las vocaciones.

Para las mujeres: si profundizamos en la belleza del genio femenino, en eso que nos diferencia y lo que aportamos a la Iglesia, nos veremos como complementarios, como parte de un equipo que nos necesita a todos, que nos está llamando a todos a ser quienes hemos sido creados para ser… otro Cristo. 

2. La mentira de la autorreferencialidad en la ideología de género

Otra de las ideas que me llamó la atención es que el Papa nos recuerda que no nos construimos a nosotros mismos. Somos seres en relación y en las relaciones nos vamos constituyendo, conociendo y nos hacemos capaces de amar y de entregarnos a los demás.

Nadie puede conocerse a sí mismo sin una relación. No estamos solos en el mundo, estamos interconectados y las decisiones que tomemos nos afectan a todos. 

Es necesario que seamos capaces de mirarnos los unos a los otros, que saquemos nuestras cabezas de los ombligos y nos encontremos con el otro. Reconocer que somos compañeros de camino, hermanos inmersos en las mismas culturas, contextos, dificultades, nos puede llevar a bajar las armas y salir de la idea que tenemos que luchar los unos con los otros o que es necesario luchar por lo mío. 

Si viéramos que somos un don, un regalo, los unos para los otros y que la masculinidad y la feminidad enriquecen el mundo, seríamos capaces de trabajar en equipo y potenciar las cualidades los unos de los otros.

Ver, amar y dar fruto es a lo que estamos llamados. Solo lo haremos cuando nos dejemos encontrar con la maravilla del ser que tenemos frente. 

3. Dios me conoce y me llama por mi nombre

La otra idea es que Dios no se equivoca. Cada uno de nosotros tiene una misión, un plan. Uno que solo podemos cumplir nosotros. ¡Él no se equivoca!

Estamos llamados a conocernos a nosotros mismos, a vernos como Él nos ve y a servir desde nuestra propia realidad. Es precioso pensar que en cada uno de nuestros pasos, Él va con nosotros.

Camina a nuestro lado y, si lo dejamos, poco a poco va transformando nuestra vida. El gran problema de la ideología de género es pensar que Dios no tiene nada que decir. Que yo puedo hacer lo que se me dé la gana lejos de Dios. Que soy «libre» para elegir lo que yo quiera y nos olvidamos de que solo somos libres cuando elegimos el bien. 

Todos somos seres capaces de elegir y Dios quiere que lo elijamos a Él y así podamos ser libres de verdad. Él, que nos conoce completamente, que no nos llama por nuestro pecado ni nuestras equivocaciones, nos llama a la libertad, al amor y a conocer el hermoso plan que tiene para cada uno de nosotros. 

4. Los académicos no deben perder el buen humor

Esta última idea me hizo mucha gracia y la llevo a la oración. No podremos transformar el mundo desde la distancia ni desde de las miradas de superioridad. Los académicos del mundo hacen muchísimo bien y hay muchos que están trabajando día y noche por transformar la cultura desde la academia. Pero recordemos a un gran académico de nuestro tiempo: San Juan Pablo II.

Es imposible no recordarlo sino con una gran sonrisa en la cara, riéndose a carcajadas en algunos momentos. Cerca de las personas, besando a los niños y dejando que la realidad tocara su corazón. 

Necesitamos académicos alegres, ilusionados y enamorados, que sean capaces de luchar en contra de una cultura de la división y de la lucha entre varones y mujeres. Necesitamos, desde las aulas, ayudar a nuestros jóvenes a encontrarse con la Verdad, que es la única que los hará verdaderamente libres y felices. 

Recemos para que los que dedican su vida a la academia se enamoren cada día más de Aquel que es la fuente de toda sabiduría y que llene su vida de paz, amor y la alegría que viene del cielo.