Qué es el amor

¿Cuántas veces te pasó de ver una película romántica y suspirar anhelando vivir una experiencia de amor similar? Las películas nos muestran experiencias intensas, ideales y perfectamente románticas, donde todo es corazones latiendo rápido y fuegos artificiales; pero la realidad no podría estar más alejada.

Sí es cierto que la ilusión y emoción de conocer a alguien nuevo, que te guste mucho y te corresponda, despiertan en ti muchos sentimientos intensos.

Esa es justamente la etapa de enamoramiento: los sentimientos a flor de piel… los niveles de dopamina y serotonina por las nubes… Te sientes pleno y feliz, invadido por una sensación de bienestar. Estar enamorado es algo muy lindo y bueno.

La idealización

El problema surge cuando pensamos que el amor se trata solamente de sentirse feliz todo el tiempo, con mariposas en la panza, y que se termina cuando no las sentimos más, cuando ya no vivimos la relación intensamente.

Pero, en realidad, el amor puede nacer en cualquier momento, en cualquier encuentro, aunque luego dependerá de ti hacerlo crecer. En el comercial L’amour, l’amour (El amor, el amor) de Intermarché, vemos cómo, sin grandes chispas ni grandes escenas, un joven conoce a una chica en un supermercado mientras compra comida rápida.

Al notar que a ella no le agrada ese tipo de comida, comienza a esforzarse por cambiar sus hábitos alimenticios para comer mejor y cocinar para ella. Y vemos cómo el amor lo lleva a querer ser una mejor versión de sí mismo.

El comercial justamente nos muestra cómo el amor puede surgir de forma simple. El amor está ahí, a plena vista. Sin embargo, lo buscamos en lugares totalmente opuestos. Si no es exótico, intenso y alocado, llegamos a no considerarlo amor. ¡Y qué equivocados estamos!

Posiblemente, el problema sea que estamos confundidos. Puede ser que entre las películas utópicas, las redes sociales y la cultura del descarte en la que vivimos sumergidos, nuestra idea del amor no sea la correcta: las relaciones se vuelven desechables, reemplazables… en cuanto no soy feliz o se vuelve difícil, no me sirve más.

Ocurre que por querer vivir intensamente, muchos terminan decepcionados cuando el amor se vuelve cotidiano. Y no terminan de entender que es ahí donde el amor se vive realmente.

¿Cómo se reconoce en lo cotidiano?

El amor es más que un sentimiento intenso. Vive en lo cotidiano, por más «aburrido» que suene, porque al salir de la etapa de enamoramiento comenzamos a discernir si queremos continuar junto a esa persona; comenzamos a manifestar lo que buscamos de la pareja y las características que deseamos en el vínculo.

Ya reconocemos que el otro no es perfecto y comenzamos a convivir con los defectos de cada uno, buscando conciliar las diferencias y superar los problemas que van surgiendo.

Para lograr un amor real es necesario construir bases profundas y firmes, cimentadas en la voluntad, el esfuerzo y el conocimiento mutuo. Y priorizando el cariño que sentimos por el otro por sobre el propio ego o las idealizaciones.

¿Y cómo es el amor real?

Ya nos lo describía san Pablo en su carta a los Corintios:

«El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará jamás».

El papa Francisco, en su exhortación apostólica Amoris Laetitia, profundiza sobre este himno de la caridad de san Pablo, que se debe vivir y cultivar en medio de la vida que compartimos con el otro. ¡Te recomiendo leerlo aquí!

Si tienes todo esto en cuenta, el amor no pasará jamás. Debemos entender que se trabaja por construirlo y madurarlo día a día. Que necesita dedicación, esfuerzo, mucho tiempo y verdadero compromiso.

Se trata también de vivir puliendo la mejor versión de nosotros mismos para el otro. Y así crecer un amor que nos permita vivir, luchar y acompañarnos en las buenas y en las malas. De esta forma, podremos alcanzar un amor realmente maduro y lleno de valores que siempre esté encomendado a la gracia de Dios.

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