En la clausura del XXVII Congreso Eucarístico Nacional en Italia, nuestro Santo Padre habló acerca de la adoración eucarística. Dijo que la Eucaristía nos ofrece la oportunidad de «adorar a Dios y no a uno mismo», de ponerlo a Él en el centro.

Adorar nos ayuda a descubrirnos como hijos amados por el Padre y no como poseedores de cosas. Por eso, considerando que la hemos dejado en el olvido, nos invita a redescubrirla. ¿Cómo podemos hacerlo?

¿Libertad o plenitud?

La primera pregunta que nos podemos hacer es si libertad y plenitud son mutuamente excluyentes. Pues, obviamente no. Tampoco podemos elegir entre una y otra porque se implican. La cuestión es de qué manera.

La libertad nos fue dada para la plenitud. Espero que nadie salte porque he puesto «nos fue dada». Pero, por si salta alguien, me explico. Dios, que desde luego no es ni quiere ser un tirano, nos creó por amor ¡y esto ya es mucho!

Esta afirmación que suena a «qué lindo y bello es el mundo» esconde una realidad inmensa que, entre otras cosas, significa que quiere que participemos de su Amor.

Es decir, que nos ha creado para amar, principalmente a Él y, por Él, al resto. ¿Egocentrismo? ¡Nada más lejos! Recuerda que te creó, sale de Él mismo para hacerte a ti, renacuajil y mísera creatura… así de mucho (y mucho más) te ama Dios.

Pero bueno, retomemos el camino. Si Dios nos hizo, Dios nos conoce mejor a nosotros que nosotros mismos. Podemos confiar —y qué importante es poder confiar en estos tiempos— en lo que Él quiere de nosotros.

Él nos llama a la plenitud. Es decir, a ser según nos ha creado, o sea, según nuestra existencia. Y ya por si seguimos confundidos: no somos lo que queremos ser, somos lo que Dios hizo. Con un amor que le queda grande a cualquier otro.

Es un amor de Padre, el modelo de todo amor. Amor hacia el que todas las mamás y los papás apuntan. Que llena de sentido el anhelo de sus padres de quienes lamentablemente no los tienen o nunca los tuvieron.

¿Qué tienen que ver la libertad y la plenitud con el amor?

Como buen Padre, no quiere que seamos mejores. ¡No, señor! Mucho más que mejores: Dios quiere que seamos santos. Además, quiere que queramos serlo.

Entonces, si Dios nos hizo y quiere que seamos santos, ¿por qué no nos hizo santos en un principio? Bueno, esa pregunta es muy complicada, como toda buena pregunta. Nos basta, por ahora, recordar que cuando Dios terminó la Creación, vio «todo lo que había hecho, y era muy bueno» (Gn 1, 33).

Y luego… ¡catapum!, el pecado original. Pero no te preocupes: Él ya tenía un plan para que el hombre pudiera volver a Dios. Hace veinte siglos nació el perfecto Hombre, Dios mismo se hizo Hombre. Y en el Dios hecho Hombre, los hombres aprendemos a ser hombres. Eso es plenitud.

Dios también quiere que queramos ser santos. Pero con las cosas tan «atractivas» que hay en este mundo, oro que brilla con luz ajena, alimento y bebida que saben muy bien, pero no terminan de saciarnos, victorias que se disfrutan, luego se olvidan y a veces llegan hasta el punto de convertirse en derrotas que decepcionan.

Sí, con «atractivas» estaba ironizando, ¿lo notaste? ¡Es que todo eso no es plenitud! Pero está más a la mano y se le parece mucho. Entonces nos vamos conformando y dándole la espalda a la verdadera plenitud. Qué esclavitud, ¿no crees? A eso me refiero, libertad.

En definitiva, la verdadera libertad está en poder escoger la plenitud. No está en hacer lo que me apetece, lo que el apetito me pide, sea mi comida favorita o un buen libro, porque eso no sacia la sed de plenitud.

Tampoco está en la mera privación que, quieras o no, puede ser un clamor de soberbia. La libertad está en encontrarme con Dios cuando como, leo o me privo (1 Co 10, 31). La Plenitud, Dios, se ha querido meter en cada rincón para que donde lo busquemos, lo encontremos.

Pero principalmente ha querido estar muy cerca de nosotros, tan cerca que dentro. Por eso se ha quedado y viene en el Pan y en el Vino consagrados. Esto es lo que llamamos Eucaristía.

¿Qué es adorar?

Adorar: esta palabrilla tiene su complejidad. ¿Qué es adorar? Consiste en postrarnos ante Él y abrirle nuestro corazón. Esto, de nuevo, suena a «qué lindo y bello es el mundo» y también esconde una verdad tumbativa para quienes sufrimos y también hacemos parte de esta sociedad individualista.

O, para llamar a las cosas por su nombre, nuestro egoísmo choca con la necesidad de poner el centro de nuestra vida en Aquel que saliendo de Sí mismo creó todo, a nosotros y a nuestro entorno.

Para adorar, la propuesta es salir de nosotros mismos, y examinarnos desde los ojos misericordiosos de Dios. Sabiendo que Dios lo perdona todo, pero también quiere restaurar el daño causado por nuestros pecados.

¿Cuánto vale el hombre?

El Santo Padre en la homilía de la que partimos hace referencia al Evangelio leído ese día, la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro (Lc 16, 19-31). En ella, el Papa centra su atención en el personaje del rico y nos hace notar que:

«no está abierto a la relación con Dios: piensa solo en el propio bienestar, en satisfacer sus necesidades, en disfrutar la vida».

Es el egoísmo personificado, pues en realidad, como indica el papa Francisco, lo llamamos Epulón no porque sea su nombre, sino porque es un hedonista. Por eso, sentencia: «no hay lugar para Dios en su vida, porque solo se adora a sí mismo».

El Papa también señala la actitud de valorar a las personas por sus riquezas, sus títulos, sus logros, etc. Ninguno de ellos es malo en sí, pero no pueden ocupar el lugar de Dios. No les corresponde y no suplen el valor que tiene quien es imagen de Dios.

Es decir, reconocerles esa posibilidad implica ponernos a sus pies. Es por esto que la reacción adecuada frente a esas actitudes, propias o ajenas, es denunciar su engaño: las riquezas y honores solamente tienen el valor que los hombres les damos, están a nuestra disposición, al servicio de nuestros fines. Y nuestro fin último es hacer la Voluntad de Dios.

Destacamos entonces la importancia del desprendimiento, deshacernos de las riquezas y lujos innecesarios, mostrando nuestro dominio sobre ellos y, lo más importante, la perennidad del valor de la persona humana por el solo hecho de ser imagen de Dios.

Es necesario recordar que lo que valemos viene de Dios, porque por su Amor existimos. Y por eso, a Él debemos servir (Mt 6, 24-34). Aunque Él no nos obligue, sino que, como ya dijimos, nos ha hecho libres.

Llamados a adorar

Al valorar a las personas por aquello que está al servicio del hombre, no nos puede dejar de llamar la atención aquella noche en que el Señor nos mandó hacer memoria de su entrega (Mt 26, 20ss; Mc 14, 17ss; Lc 22, 14ss; 1 Co 11, 23ss).

Él ha querido quedarse en ese trozo de pan y ese poco de vino, ¿qué valor damos a ese Pan y ese Vino? Dice santo Tomás de Aquino en el Adoro Te devote que en la Cruz se escondía solamente la divinidad, pero en ese Pan se esconde también su humanidad (In cruce latebat sola Deitas, at hic latet simul et humanitas). Eso es humildad.

¿Qué podemos darle a Dios? Nada, solamente las gracias y seguirle pidiendo. Pedirle su mirada, que nos convierta también a nosotros en pan que se deja partir. Pedirle que nos ayude a unirnos a Él en la entrega por amor a los hombres.

Que nos recuerde que cada hombre vale su Sangre (1 P 1, 18-19). Arrodillados, adorar y pedirle que podamos encontrarlo en los hermanos más débiles.

«Porque no hay un verdadero culto eucarístico sin compasión para los muchos “Lázaros” que también hoy caminan a nuestro lado» (Papa Francisco)

 

Artículo elaborado por Nacho Peré