qué es el acompañamiento

Todos hemos sido dirigidos en la vida en algún momento. Cuando éramos niños, alguien nos enseñó a hablar, a contar números, a saludar, etc. Siempre alguien ha sido el primero en introducirnos en una realidad de nuestra vida. Aquellas personas que nos fueron enseñando sobre la vida, a su vez, nos fueron conociendo. Fuimos sintiendo confianza en ellos para abrir nuestro corazón y confiábamos en que aquello que nos decían era cierto.

Asimismo, a medida que fuimos creciendo, fuimos aprendiendo más y más cosas sobre nuestra profesión, sobre la vida, el amor, etc. Lo que hay en común en todas estas vivencias son dos cosas. La primera es nuestra propia experiencia en el proceso y la segunda es alguien que nos acompaña en el proceso.

Por eso, en este artículo quiero hablarte sobre la importancia del acompañamiento espiritual y contarte un poco de mi experiencia personal.

Abiertos al amor de Dios

El primer punto que es importante recordar al hablar del acompañamiento espiritual es que necesitamos una apertura al amor de Dios. Acompañar a otros espiritualmente es una tarea en sí que nos supera, como todo aquello que nuestra vida nos demanda.

Por eso, lo primero es buscar siempre, junto con quien te acompaña espiritualmente, que ambos estén en búsqueda del amor de Dios. De aquí brotará todo lo que tu acompañante pueda decirte.

Es necesario buscar la fuerza en los sacramentos y en la oración que ambos puedan hacer por el proceso de acompañamiento. De ahí Dios les mostrará poco a poco la ruta que tiene pensada que caminen.

Dios lo hace todo

qué es el acompañamiento

«Es necesario que Él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30). Es una expresión hermosísima que nos dejó San Juan Bautista en el Evangelio. Creo que es una síntesis espectacular sobre el itinerario espiritual que todos estamos llamados a recorrer como bautizados. Es necesario dejar que Dios se encargue de todo en el proceso de acompañamiento espiritual.

Tanto quien dirige como quien es dirigido deben tener la certeza en el corazón de que, si son fieles y perseveran en el amor y obediencia a Dios, de manera progresiva y con mucho amor, Dios irá encargándose de todo en la vida de ambos. La vida cristiana es un permanente morir a nosotros mismos para dejar que sea Dios obrando en nosotros.

Una palabra en esta cita es «necesidad». Poco a poco, para quien quiere avanzar en la vida espiritual y en el acompañamiento a otros, experimentará la necesidad de orar más, de hacer más silencio, de estar más disponible delante de Dios para disponerse así a hacer su santísima Voluntad.

Pero para abrirnos verdaderamente y abandonarnos en Dios, necesitamos tener la certeza de que Dios lo hace todo al final de cuentas. Lo que se nos pide siempre será cooperar en el proceso de nuestra vida.

Mi experiencia en el acompañamiento

Mi experiencia acompañando a otros puedo resumirla en 3 palabras: insuficiencia, abandono y confianza en la Iglesia. Siempre que empiezo un proceso nuevo y veo la profundidad de la vida del otro y Dios me revela sus heridas más profundas en las primeras sesiones, la primera experiencia que tengo es «Dios, qué insuficiente soy para todo esto».

Sin embargo, en el proceso terapéutico, he aprendido que esa es la manera que Dios ha elegido para recordarme que quien dirigirá el proceso es Él, y yo solo le presto mi voz. Ciertamente, al empezar el proceso me pregunto ¿por dónde se orientará todo el proceso? Poco a poco, Dios va mostrando la ruta a seguir, y confío en eso que Él muestra en los diálogos que tenemos durante la sesión. El segundo elemento es el abandono.

Es necesario confiar ante todo que Dios está a cargo en todo momento del alma que me confían y de mi propia alma. Necesitamos aproximarnos a la vida de quienes acompañamos con la absoluta certeza de que Dios está en control todo el tiempo.

Y, por grande y aterrador que parezca el mal en la vida de alguien, por dolorosa y pesada que sea la cruz que esté llevando, ya Jesús ha vencido todo dolor, sufrimiento y maldad en la cruz. Por tanto, es un camino que tiene garantizado un buen fin, por la misericordia de Dios.

Por último, un elemento que me ayuda en el proceso es la confianza en los medios que Cristo ha dejado a través de su Iglesia para ayudarnos a reconciliarnos con Dios. Usualmente, quien busca dirección espiritual tiene uno o varios elementos en su vida donde presenta una ruptura: en su autoestima, en su relación con su familia, en su sexualidad, afectividad, etc. Y estos elementos rápidamente se descubren en la sesión.

3 consejos de mi experiencia de acompañamiento

qué es el acompañamiento

1. Descubre ataduras espirituales:

Un elemento fundamental para quien acompaña a otros es descubrir aquello que ata a la persona interiormente y que se vuelve un punto de permanente conflicto en su vida. ¿Qué te ata? Puede ser la vivencia de la afectividad, la vivencia de la sexualidad, la falta de perdón y reconciliación, una autoestima totalmente herida por comentarios de otros, etc.

Muchas de estas cargas se van construyendo con el tiempo en nosotros y muchas se empiezan a estructurar usualmente desde los primeros años de vida. Dos preguntas sencillas para descubrir aquello que nos ata son: ¿Qué es lo que más confiesas a menudo en el sacramento de la reconciliación?, y ¿Qué es lo que más te conflictúa en tu vida?

Seguramente lo que más te hace sufrir tiene una herida de fondo que es necesario desatar por medio del proceso psicoespiritual de la terapia.

2. Identifica los falsos juramentos que nos hacemos:

Otro elemento que rápidamente se identifica en terapia son los falsos juramentos que hacemos a nosotros mismos y con los que vamos andando por la vida.

Algunos ejemplos: Los hombres son malos; no sirvo para ser un(a) buen(a) amigo(a); no se puede confiar en nadie; no sirvo para nada. Estos falsos juramentos que aprendimos, fruto de heridas a lo largo de nuestra vida, se vuelven fuertes cadenas interiores que no nos dejan ver lo que somos. Y, con ello, ver lo que Dios quiere de nosotros y para nosotros.

A medida que estos se identifican en terapia, le pedimos a Dios que nos ayude a recordar ese momento en el que la idea se empezó a estructurar en nosotros, para comprender qué me hizo llegar a ese falso juramento sobre mí mismo. Una vez identificado, será importante pedir a Dios que nos restaure en esa área de nuestra vida.

3. Invita a la comunión con Dios:

Finalmente, la persona se restaura en la medida en que vuelve a experimentar la comunión con Dios. Él es quien sana interiormente las heridas causadas a lo largo de las múltiples vivencias de nuestra historia.

En este punto se invita a la persona para que ore por su herida. También por la persona que la hirió o a la cual hirió y por esas situaciones que le hicieron sufrir.

También se invita a la persona a ofrecer actos de reparación, pues las heridas laceran permanentemente su corazón. Esto se hace confiando en la misericordia de Dios, con la convicción de que Dios siempre buscará la restauración de nuestro corazón.

En conclusión, recordemos que siempre seremos un medio del cual Dios se valdrá para hacer su obra en sus hijos. Ni la terapia, ni la dirección espiritual son propiamente una obra nuestra, sino que necesitan hacerse de cara a Dios. Con la confianza de que por ese medio, Dios buscará la sanación de aquellas ataduras y heridas que mantienen abierta en una persona el sufrimiento en su vida en determinadas áreas personales.

Es muy importante discernir bien las personas en cuyas manos se pondrá nuestra vida y que nos conduzcan siempre a la comunión con Dios, que es el fin último de toda vida.

Si quieres saber más sobre este tema, te recomendamos echar una mirada a nuestro curso online: «Acompañamiento Espiritual: claves para sostener al otro desde la psicología, la gracia y la libertad.»

Los autores Gary e Isabela cuentan con un proyecto, Volver a lo esencial, donde tratan temas sobre el amor humano y las relaciones de pareja.

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