«Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). ¿Qué quiere decir este versículo de Juan? Dios, al ser infinitamente perfecto, se conoce desde toda la eternidad como infinitamente perfecto, y ese conocimiento infinito es a lo que Juan denomina Logos. Dios no solo se conoce, sino que además ama a ese conocimiento de sí mismo, y ese amor es el Espíritu Santo. 

Hay algo que me gusta contemplar de ese ser infinitamente perfecto: Dios, EL Señor, quiso hacerse uno de nosotros. ¿Se comprende la magnitud del amor inconmensurable que significa esta locura? El Todopoderoso quiso hacerse un bebé. El Infinito quiso estar 9 meses confinado en el seno inmaculado de María Santísima. El que su nombre era tan santo que no se podía nombrar, quiso llamarse Jesús, Yeshuá, el Salvador. La segunda persona de la Santísima Trinidad, en persona quiso tomar un cuerpo humano. Y lo hizo, y ¡cómo lo hizo! En toda su vida Nuestro Señor fue mostrándonos distintas facetas de su vida corporal, para enseñarnos cosas que aun hoy repercuten en nuestras vidas cotidianas. Veamos algunas de ellas:


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1. En la concepción inmaculada de María

La Virgen María, en atención a los méritos que más tarde habría de obtener su Hijo, fue concebida sin mancha de pecado original. De este modo, nos mostró cómo habríamos sido los seres humanos de no mediar el pecado. Jesús tomó de su carne inmaculada, su propia carne, así que podríamos decir que Jesús es María más la acción del Espíritu Santo. Y para parecernos a Jesús, tendremos que parecernos a María, y dejar que el Espíritu Santo actúe en nosotros.

2. En la encarnación


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Cuando el Arcángel visita a María, le dice «alégrate, llena de Gracia, el Señor está contigo» (Lc, 1, 28) La encarnación del Verbo es un misterio insondable. Aquél que no entra en el universo, de pronto fue una célula, un cigoto, casi nada. Y aquél por quien todo fue hecho, de pronto era ese casi nada. «Jesucristo, que era de condición Divina […] se anonadó (se hizo nada) a sí mismo» (Fil 2, 6-7). Y muchas veces nosotros nos creemos la gran cosa por cualquier tontería que hacemos, y no tenemos en cuenta esta humildad extrema del Señor.

3. En la visitación de María 

Cuando María visita a su prima santa Isabel pasan muchas cosas maravillosas, como el «bendita tú eres entre todas las mujeres» de Isabel o el Magnificat. Pero lo más maravilloso que pasa es el diálogo de dos nonatos. Un diálogo mudo, en el que el más grande reconoce al más pequeño, y salta de gozo en el vientre de su madre. Hoy que tanto se habla del aborto y se dice que el aborto temprano no importa, que no pasa nada, nos damos cuenta de que Jesús ya generaba gozo desde que era una célula, un cigoto, ¡casi nada!

4. En el nacimiento

No solo se anonadó a sí mismo. El que era “rico en misericordia” (y en todos los otros aspectos) podría haber nacido en el palacio más hermoso del mundo. Pero para demostrarnos lo pobres que éramos y cuánto lo necesitábamos, tuvo que nacer en un pesebre, en una cueva, de una aldea perdida en el confín más remoto del Imperio Romano. Y su nacimiento vino a ser en una aldea que se llama curiosamente “Casa del Pan” o “Casa de la Carne”, ¿coincidencia? ¡No lo creo!

5. En la infancia de Jesús

En la película «La Pasión de Cristo» hay una escena maravillosa, en la que la Madre ve la una de las caídas de Jesús en la pasión, y recuerda las caídas de Jesús cuando comenzaba a caminar. Y esa escena, al mismo tiempo terrible y tierna nos cuenta algo hermoso del cuerpo de Jesús: ¡tuvo que aprender a caminar! ¡a hablar! ¡a rezar! ¿Quién le enseño a rezar a aquél a quien dirigimos nuestras oraciones? Un papá y una mamá. ¿No nos dice nada sobre nuestra misión de llevar a que nuestros hijos sepan y quieran hablar con Dios?

6. En su vida adulta

Nuestro Señor tuvo varios gestos con su cuerpo cuando comenzó su vida pública. Por ejemplo, cuando curó a la hemorroísa, ella se curó con solo tocar el fleco de su manto. Pero Jesús “sintió” que la mujer se había curado. Y su cuerpo era completamente humano: sentía, sufría, se cansaba, como cualquier hijo de vecino. Jesús era verdadero Dios, y verdadero hombre.

7. En la institución de la Eucaristía

Muchas veces me quiero imaginar las discusiones entre los discípulos que se querían ir con los que finalmente se quedaron. ¿Qué pensarían cuando Jesús les dijo que debían comer su cuerpo y tomar su sangre? Y cuando finalmente instituyó la Eucaristía, ¿habrán dicho «aaaah, era eso»?, ¿o habrán seguido con dudas e incertidumbres? Una cosa está clara. Jesús estaba ahí, su cuerpo era visible para ellos, pero también estaba sacramentalmente en el pan.

8. Durante la pasión

En la Pasión, el Señor “usó” su cuerpo como instrumento de redención de nuestros pecados. Ya Isaías decía que «Él fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre Él y por sus heridas fuimos sanados. (Is, 53, 5). ¿Qué nos estaba indicando Nuestro Señor? Que los sufrimientos que padezcamos en nuestro cuerpo son para nuestra salvación.

9. El cuerpo glorioso

Y luego el santo cuerpo resucitado, el cuerpo que nos enseña cómo serán nuestros cuerpos después de la resurrección de los muertos. ¿Atravesar paredes? ¡Suena divertido! ¿Trasladarnos de un lado al otro sin necesidad de pasar por los lugares intermedios? ¡Suena económico! Pero lo que más me gusta es la impasibilidad, es decir la capacidad de no sentir dolor de ningún tipo. Yo que me estoy poniendo viejito y que ya mi cuerpo comienza a sentirse “crocante” (todo cruje) pienso que es la característica más interesante.

1o. En cada Eucaristía

Y cada vez que lo recibimos, también recibimos su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. El Amor infinito de Dios no quiso que nos quedáramos solos, y por eso decidió quedarse sacramentalmente, para poder hacernos cada vez más “otros cristos” y para que, viendo con los ojos de la fe a Cristo en una pequeña oblea de pan, también seamos capaces de ver a Cristo en los más necesitados, en los más alejados y heridos.

Cada vez que meditamos sobre Cristo hecho carne, hecho pan, hecho hombre, podríamos quedarnos horas encontrando riqueza para aplicarla a nuestra vida. Por eso la Iglesia, en su sabiduría ha querido dejarnos la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, para que podamos meditar en qué importante fue que el Verbo Eterno de Dios se haya hecho carne, pan, uno de nosotros, y mediante este misterio, conseguirnos la vida eterna. Amén.