Es usual que nos aproximemos al Jueves Santo y a la lectura de Getsemaní cuestionando nuestra posición frente a Jesús que sufre. ¿Soy de los que se quedaron dormidos frente a  la invitación de velar con Él?, ¿soy de aquellos que por miedo abandonaron al Señor?, ¿soy de los que permanecieron fieles hasta el final?

El pasaje de Getsemaní es uno de los pasajes más intensos sobre la naturaleza de la relación entre el Padre y el Hijo; y si nos habla del Padre y el Hijo, necesariamente nos habla de nuestra relación con ellos. Nos habla de nosotros mismos. Es uno de los relatos donde la figura de Jesucristo se hace muy cercana a la propia realidad humana. Me atrevo a decir que es el momento en el que podemos percibir de una manera clara, casi tangible, la humanidad de Jesucristo; verdadero Dios y verdadero hombre.


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Getsemaní nos habla de la oscuridad del alma cuando enfrenta la prueba, lo incierto. Cuando la fe se pone a prueba y las fuerzas flaquean. Getsemaní es el pasaje que nos recuerda que el mismo Dios vivió en carne propia esas experiencias que nosotros a veces creemos no podría entender porque Dios es ¡Dios! y no hombre. Si solo nos detuviéramos a reflexionar lo que Getsemaní le dice a nuestra propia fragilidad, no solo entenderemos un poco más de nosotros mismos, sino también de la grandeza del amor de Dios por nosotros (si quieres profundizar sobre este tema, te queremos invitar a hacer click aquí). Una grandeza que quiso acercarse a los más pequeños, y amarnos hasta dar la última gota no solo de sangre sino de dolor y oscuridad. Jesús hasta en esa hora tan amarga nos abre una luz para poder ir entendiendo mejor nuestra fragilidad y la necesidad honda de permanecer a Su lado.

1. La tristeza y la angustia

«Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo» (Mateo 26, 37).


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Cuando atravesamos eventos en los que pareciera que el corazón se nos parte, cuando la angustia se apodera de nosotros y no vemos la salida, el recuerdo de un Jesús, quebrado hasta el punto de morir, no solo podría significarnos un consuelo, sino ayudarnos a entender que ese sufrimiento que atravesamos por enfrentar lo inenfrentable es natural al hombre. Esa fragilidad de sentirse no solo indefenso sino también incapaz y que empuja a levantar los ojos al cielo y pedir por misericordia.

2. La fragilidad física

«Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra» (Lucas 22, 44).

El cuerpo es la expresión visible de quienes somos, de la persona que somos. A través de él nos expresamos, nos damos a conocer a los demás en distintas dimensiones, y es a través de él que nos relacionamos los unos con los otros. Jesús en Getsemaní, nos habla también del cuerpo, su cuerpo que tiene que soportar el dolor de entregarse en sacrificio por los hombres. Un cuerpo humano que enfrenta un estrés tan intenso que  “exhuda” miedo en forma de gotas de sangre. Así de frágiles somos, nuestro cuerpo cambia, se enferma, nuestro cuerpo duele y es temporal. Llamados a la eternidad no es raro que nos revelemos frente a los límites de nuestra propia corporalidad cuando necesitamos aceptar que envejecemos, que hemos enfermado, que nos han herido de muerte.

3. La rebeldía frente a la voluntad del Padre

«Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú» (Mateo 26, 36-39).

Jesús, que amorosamente siempre aceptó la voluntad del Padre llega al punto de rebelarse contra ella, de no querer hacerla, agacha la cabeza y es honesto con su Padre. ¡Es honesto! «Padre no quiero hacerlo», «Dios mío, por favor no», «No te lleves a mi hija», «Ahora no, Dios mío», «Apiádate de mí, Señor». Así nosotros también nos rebelamos a la voluntad del Padre al punto de reclamarle: «¿Por qué, Señor?, ¡por qué!». El Padre escucha, incluso cuando pareciera que no. Así como no le retiró el cáliz a su Hijo, pero le envió un ángel para consolarlo y luego le dio la gloria de la Resurrección, así con la misma ternura nos envía su consuelo, a través del otro, a través de una mirada, un abrazo, de una compañía silente y nos recuerda que la vida que viene es eterna.

4. La soledad de sentirse abandonado

«Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle» (Lucas 22, 43).

La soledad de sentirse abandonado es algo que casi todos hemos sentido alguna vez. La soledad de cargar con la vida de tantos. Un sacrificio que tiene sentido en la vida de otros. Como el padre de familia que en la soledad de la noche se enfrenta a una oficina vacía y a la difícil decisión que afectará no solo a los suyos sino a los demás. La madre sola, que se despierta al alba, para amar a sus hijos en silencio, y que no les falte nada. Esa soledad que enfrenta el responsable, una soledad que necesita no solo consuelo sino también fortaleza.

5. El peso del propio pecado y la culpa

«Simón, ¿duermes? ¿No has podido velar una hora?» (Marcos 14, 37).

Simón, duerme, mientras su mejor amigo lo necesita. ¿Duermes tú también? La culpa de despertar sabiéndote débil, incapaz de ser recíproco con ese amor tan grande que te han dado y que aún te dan. Ese pesar que quieres tapar con excusas, que quisieras borrar, deshacer y reescribir la historia. Simón nos lo recuerda. Pedro lo ama, pero es incapaz de retornar en la misma magnitud un amor tan grande y el maestro entiende. ¿Entiendes tú también?

6. La debilidad frente a la tentación

«Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mateo 26, 41).

Nuestros límites, provienen de nuestra propia naturaleza quebrada por el pecado original. La debilidad que nos hace dar cuenta que nuestra sola intención espiritual no es suficiente, que necesitamos aquella fuerza que viene desde lo alto, esa fuerza a la que le debemos la propia existencia. Aceptar que somos débiles y que necesitamos una asistencia que sobrepase lo humano y lo fortalezca en aquello que lo vuelve débil. «Velad y orad», pareciera que Jesús nos dice: «No basta que estén atentos, necesitan de otro, necesitan de mí».

7. Enfrentar la propia muerte

«Está hecho, llegó la hora» (Marcos 14, 41).

¿Estás listo para enfrentar que tu muerte es algo ineludible, que no vas a poder escapar de ella? ¿Estás listo para hacerle frente con aplomo, con la fortaleza de saber que la muerte no tiene victoria? A pesar del dolor, del miedo y de lo desconocido, poder entender que la muerte es aquel gran paso hacia la eternidad. No sabemos la hora, ni el día, solo sabemos que algún día llegará. ¡Qué difícil! ¡No quiero morir! Y Jesús, con aplomo y sin duda en sus labios afirma: «Está hecho, llegó la hora». Fortaleza que proviene del amor y por el amor. El amor es la clave, porque no olvidemos que a la hora de nuestra muerte «seremos medidos por el amor».