”teologia_del_cuerpo”
”teologia_del_cuerpo”

Una de las opciones más importantes en la vida de cualquier persona, es el fruto de un maduro discernimiento del plan amoroso que tiene Dios para cada uno de nosotros. Se trata de descubrir cuál es el sentido que le vamos a dar a nuestra vida.

Cuál es el propósito con el que viviremos para el resto de nuestras vidas. El camino del matrimonio es mucho más importante que decidir qué carrera queremos estudiar, o dónde deseamos vivir, etc… descubrir la razón por la cual Dios nos ha creado, es una necesidad, si es que queremos descubrir nuestro camino hacia la felicidad.

Si queremos vivir felices, obviamente, como todas las cosas esenciales de la vida, no la tenemos fácil. Implica algunas consideraciones importantes para dar ese paso con un fundamento sólido. Les propongo cuatro puntos que se deben tener en cuenta que, seguramente, pueden dar algunas luces para esa opción tan trascendental. Ideal para discutir en pareja.

1. Se trata de un amor incondicional

Sobre este punto, menciono dos elementos clave. Primero, cuando le digo a mi pareja, que me dispongo a vivir el camino del matrimonio, en la salud y en la enfermedad, la alegría y la tristeza, la adversidad y prosperidad, para el resto de la vida, debe ser un compromiso total. Una entrega total.

Es decir, ninguno de los dos sabe qué pasará mañana, en un año o dentro de 10 años. Se puede decir —gráficamente— que es un «salto al vacío». En ese sentido, decimos que es incondicional, porque cuando ambos estén delante del altar, no van a están pensando —por ejemplo— que, si pasa determinada situación, entonces la solución será separarse. Eso no es matrimonio. O entregas todo tu corazón toda tu vida o no lo haces. El amor es una entrega incondicional. Total.

Pero, en segundo lugar, también se puede decir que tiene condiciones. Parece raro decirlo así. Suena incluso algo contradictorio, pero no lo es. Más bien, diría yo que, justamente porque no se tienen actualmente en consideración esas condiciones, es que vemos cada vez más separaciones.

Para que el amor matrimonial sea incondicional —como decíamos en el párrafo anterior— son necesarias algunas condiciones. Por ejemplo, la opción por mi esposo (a) implica una renuncia radical a querer estar con otras mujeres.

El amor matrimonial implica, por supuesto, las condiciones que se dirán en el mismísimo momento de ese compromiso incondicional: en la alegría y tristeza, la salud y la enfermedad, la prosperidad y adversidad. ¿No son acaso condiciones para que sea posible ese amor incondicional?

2. Tu felicidad es mi felicidad

Cuando uno se casa, busca ser feliz en esa aventura que está emprendiendo para el resto de su vida. Sin embargo, debe quedar muy claro que mi cónyuge no es, de ninguna manera, el medio con el cual alcanzaré mi felicidad.

Yo no me caso, porque ella me hará feliz. Nos casamos, porque descubrimos que juntos, los dos, queremos ser felices. ¿Cómo? En la entrega generosa y sacrificada del uno por el otro. Eso significa que el camino de la felicidad, en la opción matrimonial, está en mi entrega por el otro.

Cuanto más yo opte por renunciar a las cosas que a mí me gustan, caprichos personales, o no necesariamente cosas malas… pero opto por vivir algo que nos ayuda a realizarnos a ambos, entonces somos felices. No nos olvidemos que, el esposo y la esposa son una sola carne.

No está mal decir que quiero ser feliz. Pero sí puede estar mal, pensar solo en mi felicidad. Cuando esa idea empieza a tomar posesión del corazón, el paso para la infidelidad se acerca más, porque cada vez se descubrirán más razones que no lo hacen a uno feliz.

Todos podemos tener problemas, estilos de vivir y maneras de ser, que no nos gustan. Justamente, se trata de renunciar a esa felicidad egoísta, según la cual, el otro debe ser tal y cual deseo yo. Una persona que opta por el matrimonio solamente puede ser auténticamente feliz, mientras entienda que su felicidad está en la felicidad común, que ambos deben aprender a vivir y construir a lo largo de su vida.

Es más, el matrimonio no puede quedarse solamente en una dimensión «horizontal» de amor. El matrimonio, como opción explícita católica, implica una apertura al amor de Dios. Es una participación de la comunión de la Santísima Trinidad.

El amor que viven los esposos debe nutrirse diariamente del amor que tiene Dios por los dos. Incluso, diría que sin esa referencia, sin ese manantial de amor, es muy difícil, por no decir imposible, que esa relación perdura hasta la muerte.

3. La comunicación es fundamental

El famoso tema de la comunicación en el matrimonio es algo universalmente conocido, pero trágicamente, es una de las razones principales de divorcio. Las razones son muy diversas. Pero quiero centrarme en dos aspectos importantes a tener en consideración, cuando hablamos de la comunicación en el matrimonio.

Primero, la importancia de saber vivir el silencio. Sí, el silencio. Algunos me dirán que me contradigo, que se opone a lo que dije anteriormente de la necesidad de comunicarse. Pero existe una forma de «silencio», que implica una armonía interior, una sintonía consigo mismo, que solo se logra en cuanto la persona está en contacto con su interior. Y que es la que finalmente me permitirá saber comunicarme con el otro.

Saber quién soy, no dejarnos apabullar por la bulla y ritmo frenético del mundo en que vivimos. Ser dueños de sí mismos, y por lo tanto, capaces de entregarnos por entero a nuestro cónyuge. Una persona que no sabe vivir ese silencio —que no es un silencio de no decir nada, sino de tener paz interior, donde no haya bulla ni frenesí— es incapaz de un encuentro auténtico con su pareja.

Segundo, la comunicación va mucho más allá de las palabras que pueda decir. La relación conyugal, tiene —lo que se conoce como metalenguaje— dimensiones que van mucho más allá de lo que puedo escuchar con mis oídos. Es una mirada, una caricia, un abrazo, un besito, un estar sentado al costado en silencio. Si no hay espacio para cultivar ese amor, desde lo corporal hasta lo espiritual, el matrimonio se va muriendo poquito a poquito.

4. Las diferencias no son un obstáculo

Hoy en día, parece que para estar de acuerdo en algo, todos tienen que pensar lo mismo. Hablando en términos absolutos, eso es algo muy equivocado. El otro extremo, es esa tolerancia mal entendida, según la cual, uno debe respetar las opiniones del otro, sin cuestionar, y sin importar un mutuo acuerdo.

Los dos extremos son equivocados, y quiero plantear un camino más difícil, pero mucho más hermoso. Es el camino de la unidad en la diversidad. Lo hermoso de un hombre y una mujer que se quieren es precisamente, apreciar cómo dos personas, con características, riquezas y dones personales distintos, se aman, y se complementan de forma maravillosa.

Siempre van a tener, posiblemente, opiniones distintas y diversas, formas de acercarse a un mismo problema o situación. El punto es que ambos, deben tener una postura común, en la cual los dos aportan su propia riqueza personal. Entonces, no solo es un complemento mutuo, sino que es una nueva idea, una nueva percepción, fruto de la relación amorosa entre los dos.

Yo doy un paso más, pues no se trata solamente de mente y corazón, sino que deben buscar la unidad de vida. Cuando los dos viven la finalidad a la cual están llamados por Dios —esto es algo hermosísimo de decirlo— nace de esa unión amorosa, una vida totalmente nueva.

El fruto maravilloso del amor del hombre y la mujer es una nueva persona. Una sola carne. Única e irrepetible en toda la historia de la humanidad. Y la expresión singular y encarnada de esa «sola carne» es el hijo concebido.

Exhorto pues, a todos los que tienen esa vocación hermosa a la felicidad a través del matrimonio, a compartir y esforzarse por vivir con un solo corazón, a que no se desalienten y nunca pierdan la esperanza. Dios los ama y quiere que sean felices, más allá de cualquier cruz que tengan que cargar a lo largo del camino.

Te recomiendo una excelente conferencia online que puedes disfrutar con tu pareja llamada: «Hasta dónde llega un católico en la cama». Es un excelente recurso para aquellas parejas que desean alimentar su amor en Dios. ¡Ánimo, el Señor nunca los abandona! Él es quien más desea que sean felices.