pruebas de fe

Vivir y predicar mi fe cristiana en el país en el que me encuentro, es algo natural que puedo ejercer plenamente. Es parte de mi elección y de mi derecho. En América Latina, continente donde vivo, las noticias acerca de las persecuciones y guerras que enfrentan los cristianos en el mundo a causa de la fe, se sienten lejanas y distantes, como si esas pruebas «no fueran con nosotros». Como si «ellos» no hicieran parte de mi iglesia.

En Nigeria, por ejemplo, profesar la fe cristiana no solo es extraño, sino que al hacerlo se corre el riesgo de ser secuestrado, torturado e incluso se puede perder la vida a causa de esto.

En medio de este panorama desalentador, se alza el testimonio de Monseñor Oliver D. Doeme obispo de la diócesis de Maiduguri, que como un faro en medio de su comunidad de católicos creyentes, contagia con su generosidad, alegría y determinación.

Una fe que es capaz de sostener su propia alma en medio de las pruebas, de la adversidad y a la vez, enciende y anima el camino de los fieles y la comunidad.

Sus palabras y su ejemplo inspiran a seguir predicando y anunciando la buena nueva a pesar de los escenarios adversos. Monseñor nos alienta al rezo constante del santo rosario. En él, la fraternidad se siente en el calor de los hermanos.

Con la mirada puesta en los bienes del cielo, se generan nuevas conversiones no solo en la propia comunidad que reza, sino también en la iglesia universal que ora unida, salpicando estas gracias y bendiciones a nuestros propios hogares.

¿Dónde encontrar paz y alegría en medio de la persecución?

Mientras veía la serie de videos «Siervo de la alegría», meditaba que de una u otra forma todos nos hemos sentido perseguidos, acorralados y angustiados por diversas situaciones, debido a que la existencia misma y nuestro estado de vida, nos retan constantemente.

Sin embargo, «la persecución fortalece al cristiano» nos dice monseñor. Es que Jesús nos lo ha enseñado en las bienaventuranzas, para que así trabajemos con amor, tratando de no desanimarnos aun cuando las condiciones se pongan oscuras y no encontremos la salida a nuestros propios inconvenientes.

Bienaventurado significa «feliz», «bendecido», «afortunado». Es que eso es precisamente lo que nos pide el Señor. Sentirnos bendecidos y alegres si: lloramos, porque seremos consolados; si tenemos hambre de justicia, porque seremos saciados.

Si tenemos limpio el corazón, porque lo podremos ver a Él; si trabajamos por la paz, porque seremos llamados hijos de Dios, aun si somos perseguidos, porque el Reino de los Cielos es nuestro. (Mateo 5, 3-12)

La alegría, el perdón y el amor, consiguen más que la fuerza

Nuestra humanidad es débil y nuestra carne quiere devolver el mal que recibe. Es un impulso que nos mueve a pagar «ojo por ojo y diente por diente».

A pesar de esto, Jesús nos pide todo lo contrario. Nos pide orar y amar a los que nos hacen daño, bendecir a los que nos ofenden, poner la otra mejilla y entregar hasta nuestra túnica. Nos invita a trabajar fuertemente en la «fiebre de la propia voluntad», como dice San Francisco de Sales.

Y es que este santo nos explica que no hay vocación sin molestias, disgustos y pequeñas dosis de amarguras y desacomodo. San Francisco lo compara como cuando tenemos fiebre, que no encontramos una buena postura debido al malestar que nos atormenta.

Él nos dice que solo quien está plenamente conforme en hacer la voluntad de Dios, no sufre de la «fiebre de la propia voluntad». Porque nos sentimos satisfechos con servir y glorificar a Dios.

Ciertamente, somos testigos en nuestros hogares y comunidades de que a pesar de nuestras propias imprudencias y malos gestos, en el momento que decimos y hacemos las cosas con amor, misericordia, empatía, compasión y amabilidad, y en especial, cuando pedimos y aceptamos el perdón, conseguimos calentar los corazones congelados, doblegar las rodillas soberbias y encausar los ríos rebeldes.

Aunque esto tome tiempo, esfuerzo y disciplina, no podemos olvidar que el camino que conduce a la verdadera vida es angosto y la puerta estrecha. (Mateo 7, 14)

La fe crece en las pruebas y la oración es el combustible de la alegría

Hay una cita bíblica que es mi faro en momentos de dificultad. Quiero compartirte para que también la hagas tuya: «Acepta todo lo que te venga y sé paciente si la vida te trae sufrimientos. Porque el valor del oro se prueba en el fuego y el valor del hombre en el horno del sufrimiento» (Sirácida 2, 4-5).

La fe crece en las pruebas porque nos vemos casi que forzados a depositar toda nuestra confianza y espera en Dios. La prueba nos muestra que no podemos todo en nuestras propias fuerzas.

Cuando meditamos esa lectura (Sirácida 2), se nos dice que no nos apartemos de Dios, que conservemos nuestro corazón puro y recto, que confiemos en Él y en su misericordia. Nuestra recompensa es la alegría eterna.

Para no apartarnos de Él, tenemos la línea directa y en doble vía de la oración. Monseñor nos cuenta que su única preocupación es la oración. La hace ante el Santísimo en la mañana antes de su jornada y luego en la noche antes de acostarse.

La oración es lo que nos mantiene en pie, nos regala fortaleza, paz, consuelo y alegría. Una alegría desbordante que somos capaces de compartir con los demás para que también sean animados en sus propias luchas y deberes diarios.

Predicar la palabra convence, pero nuestro testimonio de vida y sobre todo el amor con el que hacemos las cosas arrasa.

Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y la ciencia entera; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si me falta el amor, nada soy (1 de Corintios 13, 2).