
A veces, la vida nos lleva a sentirnos como en una isla: aislados, incomprendidos y rodeados de un silencio que parece imposible de romper. Todos, en algún momento, hemos pasado por pérdidas, un proceso de duelo, dolores o vacíos que nos han dejado a la deriva.
Pero incluso en medio de esa soledad, siempre existe la posibilidad de que un rayo de luz atraviese la niebla y nos recuerde que no todo está perdido.
El siguiente cortometraje (que te comparto) me movió a escribir este artículo. Aquí te cuento una historia sobre el proceso de un duelo, la esperanza y el poder de abrir nuestra isla interior para dejar entrar la luz de quienes nos aman.
«Cuando mi mundo se quebró, sentí que me encontraba en una isla, sola»
Al hablar de una isla, la mayoría imaginamos un lugar paradisíaco. Un sitio ideal para vacacionar, lleno de palmeras, con árboles, plantas, arena, frutas. Al menos eso veía yo, pues cada vez que me deprimía quería escapar a una, lejos de todos…
Luego ocurrió lo inevitable, uno de mis más grandes terrores: la muerte de mi padre. Mi mente se nubló de miedo, tristeza, del suficiente dolor como para dejarme en una isla sin ninguna luz de esperanza, lejos de todo y de todos.
Mi padre era una gran luz en mi vida, me enseñó todo lo que sé; gracias a él aprendí a amar y hacer arte, dibujar, pintar y contar historias. Que él se fuera me dejó vacía, como una isla solitaria, llena de dolor y culpa por no poder hacer más.
Sin embargo, incluso en los momentos más oscuros, se puede hallar la luz.
No fue fácil. Después de aquel suceso, me aislé por dos meses, sufriendo en silencio. Pero las sonrisas de quienes amo, las interminables llamadas con ellos y las largas conversaciones me hicieron comprender que no estaba completamente sola, que mi dolor también era el de mi madre, mi hermana, mis seres queridos.
Entendí que podía abrir esa isla a visitantes para que ellos me compartieran su luz y así yo pudiera volver a ver.
¿Cómo encarar un proceso de duelo? (Esto descubrí)
«Yo viví mi vida, ahora te toca a ti vivir la tuya. Estoy orgulloso de ti». Justo cuando estaba dejando entrar a esos rayitos de luz que me compartían, pude encontrarme a mi padre en sueños, en “coincidencias” y en mi corazón.
Con cada paso que daba en mi vida, como graduarme de mi carrera, podía percibir lo orgulloso que él estaba de mí.
Recordar nuevamente el gran amor que él tenía por mí fue el gran rayo de luz que me permitió salir adelante y, finalmente, dejar de estar completamente ciega.
La luz se comparte, las islas se visitan y el amor se multiplica
Finalmente, comprendí que uno debe estar dispuesto a compartir su dolor y dejarse acompañar, visitar, en sus pequeñas islas.
Nuestra Isla —el cortometraje que inspiró esta reflexión— es un reflejo de lo que digo. Es estar dispuesto a sufrir con el otro, para luego, en total libertad, amar con el otro. Verlo me hizo pensar que, incluso en la oscuridad, cuando todo parece cerrarse, la luz encuentra siempre por dónde entrar. Ser vistos y volver a ver no es imposible.
Probablemente, tú también te sientas solo muchas veces, en tu propia isla. Puede que no veas salida. Sin embargo, mientras no apagues el faro de tu isla, podrás ser encontrado. Brilla mucho buscando ayuda; de esa forma, los demás podrán visitarte. Así ya no será solo tu isla, sino Nuestra Isla.
Artículo elaborado por Leslie Carrasco
📨 ¿Te gustaría ser parte de nuestra más selecta comunidad? Si quieres recibir contenido exclusivo, recomendaciones geniales y alguna que otra sorpresa más… suscríbete gratis a nuestra nueva newsletter y recibe en tu correo novedades que no encontrarás en otra parte.
Haz clic aquí para suscribirte gratis.

Lo describe tal cual. «Compartir tu dolor y dejarte acompañar «
gracias, es justo lo que necesitaba