Henry Marrou, célebre historiador católico francés decía que la historia, como el conocimiento del pasado humano, siempre parte de un problema del presente que el historiador pretende solucionar. Si esta afirmación es cierta para la historia en general, lo es especialmente para la historia de la Iglesia, una tradición viva de veinte siglos. Quizás por eso el Papa Francisco, en enero de 2019, nos invitó a los católicos a estudiar la historia de la Iglesia para caminar hacia el futuro.

Conocer nuestra propia historia es en extremo importante, no solo por curiosidad o incluso por espíritu apologético, sino porque en ese pasado pueden encontrarse fuentes de inspiración para las necesidades del presente, formas de reorientar nuestra práctica religiosa y revigorizar nuestro encuentro cotidiano con Dios y el prójimo.



¿Cuál es la situación presente que nos inspira a efectuar esa mirada retrospectiva hacia el pasado?

Como puede resultarnos fácil de apreciar a cada uno de nosotros, vivir abiertamente como católicos — y lo mismo tal vez para otros hermanos cristianos — es cada vez más difícil. Lo es porque el mundo se vuelve estructuralmente más anti-cristiano, manifestando hostilidad abierta no solo al Evangelio sino hacia el derecho natural y el orden de la Creación. Este es en síntesis el escenario en el que nos toca vivir a los católicos del siglo XXI.

Si bien en diferentes contextos históricos existieron persecuciones u hostilidad hacia los cristianos, nos preguntamos ¿Qué momento del pasado es célebre por su aversión al cristianismo? Pues, el mundo romano anterior a Constantino, siglos en los que la Iglesia atravesó persecuciones episódicas. Ahora bien, lo que salta a la luz al posar la mirada sobre este período del cristianismo es también la fortaleza de la vida comunitaria, el espíritu fraternal y la atención al prójimo en medio de la tribulación, aunque — como hemos dicho — las acciones violentas fueron esporádicas y hubo interregnos de tensa paz.



En este artículo queremos ofrecerte algunas actitudes y espacios de vida cristiana de la antigüedad y ejemplos de instituciones y prácticas de acogida e integración que fueron importantes para los primeros cristianos. A pesar de que cada momento de la historia es único e irrepetible, mirar a las primeras comunidades cristianas, descubrir su vida cotidiana en un contexto de apatía al Evangelio puede ser instructivo para recuperar y reavivar ciertas prácticas que pueden guiarnos en un presente que nos interpela especialmente a los seguidores de Cristo.

Si quieres profundizar sobre estos temas puedes consultar «Qué se sabe de… La vida cotidiana de los primeros cristianos» de Fernando Rivas e «Historia de la Iglesia. Edad Antigua» de Jesús Álvarez Gómez.

Actitudes y espacios de vida cristiana

1. Comunión y diversidad

La Iglesia primitiva se componía de una extensa red de Iglesias locales que, aunque diferenciadas, estaban abiertas a la comunión con las demás comunidades cercanas y distantes. Cada una de estas iglesias encarnó el modo de ser y sentir de cada pueblo, y de ello se nutrió la espontaneidad y la creatividad que caracterizaron los primeros tiempos del cristianismo.

Ya desde el comienzo se manifestaron dos tendencias diferenciadas: la que se proyectaba desde la Iglesia-Madre de Jerusalén sobre las comunidades palestinenses que tomaron en su forma exterior elementos de la estructura sinagogal del cristianismo; y por otro lado, las comunidades paulinas, que al carecer del cuadro institucional de las sinagogas fueron más diversas en organización inspiradas en dones y carismas.

Aunque se respetaba la autonomía de cada una de las comunidades, existía un vínculo que las mantenía unidas: la comunión de los fieles entre sí, de los fieles con los obispos — y ambos con el obispo de Roma—, de los obispos entre sí y de todos con Cristo. Un aspecto curioso de esta unidad de las comunidades eran las «cartas de recomendación y las carta de paz» que, firmadas por un obispo, eran un carné de identidad cristiana que daba derecho a ser admitido en la eucaristía y a la hospitalidad, esta última otro signo fuerte de la comunión eclesial.

2. Los cristianos y la sociedad pagana

Durante los tres primeros siglos de vida, las comunidades cristianas fueron perseguidas por las autoridades estatales romanas y repudiadas por la sociedad. Sin embargo, la mayoría de los seguidores de Cristo no se aislaban por completo sino que cumplían con sus deberes cívicos y se insertaban en la vida cotidiana al igual que otros romanos. No obstante, estaban plenamente conscientes de que estaban direccionados a un fin superior, y que la política, la sociedad y la cultura eran relativos y pasajeros.

Frente a la sociedad romana, el cristianismo asumió dos posturas diferentes. La primera, minoritaria, fue radical y abogó por una total condena del mundo romano. La segunda fue conciliadora y buscó compatibilizar todo aquello que fuera posible con el Evangelio. Dentro de esta última corriente se destacaba un modelo conciliador pragmático que consideraba la autoridad como algo positivo y querido por Dios e invitaba a practicar cierto grado de fidelidad a las instituciones imperiales siempre y cuando no estuvieron en contradicción con los mandatos divinos.

En relación a los aspectos culturales, la postura predominante fue aquella en la cual la comunidad cristiana se reconocía como minoritaria pero capaz de generar una cultura de resistencia que implementaba la aceptación y la crítica de la cultura dominante y proponía alternativas. La abstención de asistir al circo donde se desarrollaban las luchas de gladiadores y fieras, las luchas a caballo o con carro, iban acompañadas de una invitación a participar en espectáculos como la contemplación de la naturaleza, la escucha de la Escritura, las celebraciones litúrgicas, el canto de salmos o himnos, o el culto a los mártires donde se peregrinaba entre cantos, luces, flores y comidas.

3. La centralidad de la casa-familia

Las primeras comunidades cristianas tomaron del mundo grecorromano este espacio o  institución que constituía el núcleo elemental desde el cual se organizaban el resto de las estructuras sociales. Si bien en el mundo romano la organización de la casa-familia era jerárquica, con el paterfamilias en la cúspide y una división espacial de las presencias en función del sexo (el espacio público destinado al hombre y el privado a la mujer), las comunidades cristianas modificaron en forma sustancial estos aspectos al atribuir a Dios el rol de paterfamilias.

En los momentos iniciales de evangelización, la casa fue el vehículo para hacer germinar la Buena Nueva en cada comunidad. La casa era el lugar donde se reunían los cristianos, una casa inclusiva que procuraba eliminar las divisiones y discriminaciones que se daban en la sociedad, era un espacio social alternativo donde las diferencias desaparecían por la condición de hijos e hijas de Dios.

4. La apertura completa a los más necesitados

En el cristianismo primitivo, la caridad no solo constituía el núcleo en torno al cual gravitaba gran parte de la vida comunitaria, es decir, sacramentos, ministerios, reflexión teológica u oración; sino un medio privilegiado de evangelización. Más aún, evangelización y diaconía eran una sola cosa: el culto a Dios exigía el servicio a la persona concreta con sus necesidades y aspiraciones. Los cristianos estaban llamados a aliviar la situación de todos los oprimidos y marginados de la sociedad como una forma de expresión de su fe y su culto. Entre estos grupos de excluidos se encontraban los enfermos, los huérfanos, las viudas y los presos.

En la sociedad romana la situación de los huérfanos era muy precaria, los hijos no deseados eran abandonados y los caminos que les quedaban era la esclavitud o la prostitución. Para atender a estos niños vulnerables los cristianos crearon instituciones para atender a los niños huérfanos o expósitos. El obispo como cabeza de la comunidad era el responsable de la acción frente a los niños sin padres. Por lo general, confiaba a los niños huérfanos a alguna familia cristiana.

Un grupo relevante al cual se asistía eran las viudas. En la Antigüedad ser viuda significaba, en la mayoría de los casos, pasar a la condición de pobre debido a que, siendo el marido el garante de los ingresos económicos, la mujer quedaba desguarnecida.

Instituciones y prácticas de acogida e integración

1. La Caja común y la lista de necesitados 

La caja común se componía de la donación de los creyentes, esto es, las donaciones espontáneas que los fieles brindaban en la eucaristía, contribuciones fijas de otros o de personas adineradas que cedían parte de sus bienes a la comunidad. Junto a esta caja para hacer frente a las necesidades de la comunidad existía frecuentemente una lista de personas necesitadas que incluía viudas, enfermos, presos, gente de paso por la ciudad y permitía estar informado de las necesidades de la comunidad.

2. El Ágape 

Esta práctica refería a la comida ofrecida a los pobres de la comunidad en casa de un cristiano rico o en los locales de la comunidad presidida por el obispo o un delegado suyo. Como afirmaba Clemente de Alejandría, el objetivo era compartir, es decir, que la caridad no era la comida pero la cena debía estar inspirada por la caridad. A diferencia de la eucaristía que se celebraba durante el día, los ágapes se realizaban en la noche. Estas reuniones constituían un signo del amor fraterno, de alegría y de virtud, y en muchas ocasiones un medio idóneo y testimonial para la evangelización.

3. La limosna

Para poder representarse lo que significaba esta práctica para las primeras comunidades cristianas hay que comprender dos nociones económicas que guiaban el pensamiento antiguo. Por un lado la «economía de los bienes limitados» según la cual se entendía que los bienes existían en cantidad escasa y por tanto, si la riqueza venía del interior de la comunidad suponía la privación de otro miembro. De allí que existieran mecanismos sociales que obligaban al rico a distribuir sus bienes.

Por otro lado, la «economía moral» establecía el acceso a un conjunto de cosas elementales que debían garantizar la supervivencia de las personas, es decir, casa, alimento y vestido. De esta idea se desprendía el ideal del justo medio que pretendía evitar los excesos y las carencias.

Es en este contexto en el que ingresa el cristianismo y eleva estas nociones al introducir la idea del amor fraterno y la centralidad de los pobres y necesitados en la experiencia religiosa. Así, la limosna comienza a ser practicada como una obligación social de compartir y crear comunidad. La limosna estaba asociada al esfuerzo, y se compartía aquello que había costado trabajo conseguir.

4. La hospitalidad

Si bien el concepto de hospitalidad era conocido desde la antigüedad y practicado en Caldea, Asiria o Egipto — y especialmente por el Pueblo de Israel —; luego, con el cristianismo, la práctica adquirió un significado mucho más profundo y religioso de misericordia para con los pobres y los enfermos.

Era una de las prácticas sociales más valoradas en un doble sentido: desde una dimensión ética que llamaba a acoger al extranjero o necesitado, y desde una dimensión teológica en tanto se descubría la presencia de Dios en el huésped. La hospitalidad era un servicio prestado Jesús en la persona de los hermanos y que aún causaba burla en los paganos, quienes tildaban a los cristianos de ingenuos explotados por oportunistas que los utilizaban.

En los inicios toda la comunidad se encargaba de recibir al huésped que se hospedaba en la casa donde se reunía la iglesia local. La carga de la hospitalidad recaía sobre la comunidad y, en algunas ciudades como Roma o Cartago, existía un fondo común con las aportaciones que se recaudaban en la celebración litúrgica de los domingos. Como hemos mencionado, el cristiano que se ponía en camino hacia una comunidad llevaba una carta de recomendación un obispo. El forastero podía gozar de hospitalidad gratuita por tres días, si debía permanecer más tiempo, se le buscaba un trabajo para ganarse el pan.