
Durante mucho tiempo he trabajado formando padres de familia para la prevención del abuso. Ha sido una labor gratificante, aún lo es. Y sin embargo, muchas veces me pregunto si es suficiente lo que hacemos.
Tantas noticias escalofriantes. Me resisto a criar hijos que tengan miedo del mundo constantemente, pero a la vez no puedo negar una realidad que nos arroja números tan alarmantes: 1 de cada 6 niñas y 1 de cada 10 niños ha sufrido violencia sexual durante la infancia (UNICEF América Latina y el Caribe)
Hace poco me encontré con una serie de videos correspondientes a la campaña «Start to Talk», una campaña del Consejo de Europa para romper el silencio frente al abuso sexual infantil en el deporte.
La voz de un niño
La prevención del abuso infantil se ha centrado en formar a los padres para educar a sus hijos en afectividad y sexualidad. Una educación que pretende fortalecer factores de protección como la autoestima, la confianza, los límites, el pudor, el sentido del cuerpo para levantar muros frente a los peligros del mundo.
A nuestros niños les venimos repitiendo una y otra vez que no se queden callados, que griten, que pidan ayuda, que papá y mamá los van a escuchar siempre, les van a creer y los van a ayudar.
Esta campaña me remueve porque dice algo muy potente: la responsabilidad no puede recaer solo en el niño, ni en confiar en que podrá levantar la voz. La responsabilidad mayor cae sobre nosotros, los adultos.
No solo se trata de prestar nuestra voz, sino de ser los absolutos responsables de crear ambientes seguros para nuestros niños, reconocer las señales de alarma y romper el silencio. No solo ellos deben hablar, nosotros también. Si vemos un límite transgredido, debemos hablar. Si observamos una conducta que no nos parece, debemos decirlo con firmeza.
Muchas veces nosotros también callamos cuando alguien toma una foto de nuestros hijos sin nuestra autorización o cuando tal vez alguien cercano masajea las piernas de nuestros hijos, incluso enfrente nuestro, pero nunca le preguntó al niño si podía tocarlo, o cuando los obligamos a saludar con besos a quienes no conocen o a dar un beso cuando se sienten incómodos. A nosotros también nos cuesta, cuánto más le costará poner límites a un niño.
El cuerpo no es «algo»
Las transgresiones al cuerpo son duras, dejan marcas que no son sencillas de borrar y esto es porque el cuerpo no es accesorio, no es algo que tenemos, es algo que somos.
San Juan Pablo II nos decía que el cuerpo tiene la capacidad de hacer visible lo invisible, es decir, nos permite «ver» la dimensión espiritual de la persona y su llamada al amor. El cuerpo no es un mero recipiente que pueda ser tomado o utilizado al antojo.
Mediante el cuerpo se hace visible la persona que somos. Si pudiéramos comprender la grandeza del cuerpo, estoy segura de que nos aproximaríamos unos a otros con mayor reverencia.
El abuso, entonces, es grave y empieza mucho antes de cruzar la línea de tocar el cuerpo de otro sin consentimiento. El abuso empieza cuando dejamos de mirar el cuerpo como la presencia de alguien y empezamos a tratarlo como algo de lo que podemos disponer.
El cuerpo como don y no como posesión
Una persona puede darse, pero nunca puede ser tomada, arrebatada de su intimidad. El abuso, este arrebato de la intimidad de otro, más aún si es un niño, es lo radicalmente opuesto a la lógica del don: es un robo, un crimen, una deuda que puede costar la vida misma.
A través del cuerpo nos damos a conocer al mundo, nos entregamos, amamos, aprendemos a amar. El valor del cuerpo es tan grande. ¿Será que no lo vemos así porque nos han hecho creer que podemos hacer con nuestro cuerpo lo que los sentidos nos dicten? Y ya vemos los enormes vacíos existenciales en los que podemos caer cuando utilizamos el cuerpo intentando divorciarlo de su lógica relacional.
La prevención del abuso infantil también es responsabilidad del adulto
Como padres, en primer lugar, hemos recibido la autoridad sobre nuestros hijos, pero también la responsabilidad de custodiarlos. La familia es el lugar ideal para educar en afectividad y sexualidad humana. Es el lugar ideal para que nuestros hijos formen su identidad y se descubran amados y capaces de amar.
La prevención del abuso infantil no solo empieza enseñándole a nuestros hijos a cuidarse de un posible agresor. La prevención incluye que, como adultos —más aún quienes trabajan directamente con niños—, nos entendamos como autoridad responsable, obligados a custodiar su condición de persona humana especialmente frágil y vulnerable.
No solo es el abuso de la intimidad
La prevención del abuso infantil exige entender por qué es particularmente grave: no solo porque la relación de asimetría de poder es enorme (el abuso incluye el abuso de poder), sino porque no consiste solo en una conducta sexual desordenada sino que existe una traición de la confianza y una utilización de la autoridad, que debe proteger, para hacer daño.
«Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino…» Mateo 18,6
El texto no edulcora nada; el texto habla con dureza; Jesús no relativiza el daño.
Y vuelvo a mi pregunta inicial sobre la prevención del abuso infantil: ¿es suficiente lo que hacemos? Creo firmemente que proteger la infancia no es solo cuestión de programas o protocolos (aunque son necesarios), sino de una conversión de mirada — ver el cuerpo del niño como don y no como territorio disponible. Cuidar la infancia, tan llena de esperanza y a la vez tan vulnerable, es uno de los actos apostólicos más grandes que podemos asumir. Porque proteger a un niño es defender su dignidad, custodiar su historia y recordarle, con hechos, que su vida es sagrada.
Un niño amado, custodiado, que mira su cuerpo con reverencia, se convertirá en un adulto llamado a un amor similar, un amor que es don para el encuentro con otro, la libertad, consentimiento y reverencia.

A los padres nos cuesta hablar con las palabras directas un tema que esta latente en nuestro mundo y cada momento se comete un abuso. tenemos que ser valientes y con amor orientar a nuestros hijos..♥️♥️♥️