Ser catequista es un hermoso apostolado, es poner frente a frente a las almas con Dios. Enseñar a niños, jóvenes o adultos, quién es Dios, cómo hablarle, de qué hablarle y cómo tener una relación con Él, según lo que Él nos va pidiendo que vivamos. Conocerle mejor, para poder tratarle y amarle.

Pero, por estos mismos motivos, que hacen de la catequesis una linda tarea, también pueden surgir algunos miedos para el que se aventura en la tarea de ser catequista. ¡Es mucha responsabilidad! ¿Y si no doy la talla?, ¿y si me equivoco?, ¿y si no sé lo suficiente? Estas y otras interrogantes son normales, especialmente al inicio.

En lo personal, acaba de pasarme algo similar. Hace un año me mudé y, tras la mudanza, también comencé a ir a una nueva parroquia. Hace un par de semanas ofrecí mi disponibilidad para dar catequesis, ya que antes de mudarme enseñaba en otro lugar. Dar catequesis no es nuevo para mí, pero quizás el estar «estancada» un año entero, hizo que de pronto ahora reaparecieran todas las preocupaciones que creía superadas.

Quiero compartir contigo estas dudas y las respuestas que encontré, gracias a consejos, textos y un dialogo interior con Dios. Este último paso es ¡fundamental! te recomiendo practicarlo.

1. ¿Qué podría enseñar?

Cuando me inicié como catequista, me preocupaba no saberlo todo. Claro, conocía algo del catecismo, pero todavía me faltaba demasiado… descubrí algo que parece muy tonto, pero para mí fue toda una revelación: la mejor manera de enseñar, es aprender primero. ¡Claro que no lo sabía todo! Pero era la oportunidad para estudiar lo que luego me tocaría enseñar.

Eso fue lo primero que aprendí. Pero hay algo más: los alumnos necesitan (además de la doctrina) conocer tu testimonio. Eso que no se aprende en los libros: tu experiencia. ¿Cómo vives eso que enseñas?

2. ¿Y si me preguntan algo que no sé?

Es un error pensar que por estar al frente de un grupo somos superiores y lo sabemos todo. Simplemente, sabemos un poco más y eso lo estamos dando a conocer. Pero podemos tener lagunas que nuestros alumnos descubran. Mi sugerencia dependerá del motivo de esta preocupación. ¿Es acaso que no quieres dejar sin respuesta al alumno? ¡no pasa nada! Siempre es mejor ser honesto, decirle que esa información no la tienes muy clara en ese momento, pero que seguro la vas a tener para la siguiente clase.

Si lo que te preocupa es quedar mal, en ese caso: sé más humilde. Uff, suena muy difícil, así que lo replantearé de esta manera: intenta, de verdad trata de ser más humilde. Recuerda, aunque tengas toda la onda, no es por ti que van los alumnos a la catequesis, sino para conocer a Dios. Si tienes una actitud humilde, será más fácil que puedan ver en tu persona el reflejo de Dios. Si te reconocen como alguien cercano, natural, te escucharán con mayor predisposición y apertura para conocerle a Él.

En otras palabras, me atrevería a decir, gracias a nuestras debilidades podremos ser mejores catequistas, porque los vacíos que tengamos los llenará Dios, a nuestra poquedad se sumará Él mismo.

3. ¿Y si se aburren mis alumnos?

Esto no me preocupaba hasta que se quedaron dormidos mis alumnos de confirmación. Y no creí que era tan malo, hasta que encontré un papelito en el cual habían jugado «ahorcado» con las palabras que yo decía durante una charla.

Luego de sentirme fatal, como una pésima catequista, llegué a la conclusión de que era una oportunidad para salir de mi zona de confort. Ver si podía preparar mis clases de manera diferente, conocer más al grupo para saber qué proponerle, vencer la «vergüenza» y timidez y ser un poco más desenvuelta, para darle más soltura a la charla.

Es el mismo consejo que te doy. Encuentra la manera de sanar, de solucionar lo que te preocupa. Si es el aburrimiento, pues… ¡busca lo que consideras que hará más dinámico el encuentro! Cada grupo es único y especial, esfuérzate por encontrar cuál es la mejor forma de conectar con ellos. 

4. ¿Qué pasaría si finalmente no aprenden nada?

Un poco unido a lo anterior. Quizás no nos importe quedar como unos aburridos pero…¿Y si no se les queda nada?, ¿si no sé hablar de manera clara, aunque ponga mi mejor esfuerzo? Si efectivamente has puesto tu mejor esfuerzo, creo que lo único que puedes hacer es confiar en que el Espíritu Santo hace un muy buen trabajo. Él se encargará de que lo verdaderamente importante se quede grabado en los corazones de tus alumnos. Quizás algo de lo que les digas lo recordarán más adelante, cuando se les presente una situación en la que necesiten de un buen consejo.

5. ¿Me juzgarán más ahora?

Quizás pensamos que nos juzgarán con más rigor, y en parte es cierto. Si te contara cuántas veces escuché «¡pero eres catequista, cómo vas a…!». Aquí va un consejo: «No eres más santo porque te alaben, ni más vil porque te desprecien: lo que eres delante de Dios, eso eres y nada más» ¡Qué sabias palabras! No han sido mías por cierto, tomé el fragmento de «Imitación de Cristo» de Kempis, y es una guía ideal para esos momentos en los que nos cuesta tener una mejor actitud.

Lo importante no es lo que digan tus amigos, tu familia, los demás catequistas, tus alumnos… tu espectador, el único que cuenta, es Dios. Aprovecha los medios que tienes a tu disposición, tu nuevo apostolado (en este caso la catequesis), para crecer en tu interior, para acercarte más a Dios. Ya verás que, haciéndolo, Él se encargará de que tu servicio rinda muchos frutos, más por el esfuerzo y la oración que por lo capaz que puedas llegar a ser.

Recuerda compartir este posts con tus amigos, y dejarnos saber en los comentarios qué otras preocupaciones u obstáculos has encontrado en tu camino de catequista. ¡Ánimo! 😉