En Chile decimos que «el que nace chicharra, muere cantando»,  aunque quizás suene más familiar, para aquellos que son de otros países, la expresión «aunque la mona se vista de seda, mona se queda». Lamentablemente tenemos muy arraigado ese pensamiento que dice que la gente no cambia, que aquel que equivocó los pasos alguna vez los equivocará siempre, que el que traicionó nuestra confianza nunca será digno de ella.

Muchos hemos equivocado el camino, los conversos (y muchos católicos) hemos tenido un pasado “antes de Cristo”, antes de conocerlo realmente, en donde nuestra escala de valores, nuestros hábitos y nuestras conductas distaban mucho de lo que aspiramos a vivir hoy en día (y que probablemente no vivamos a cabalidad pero ponemos esfuerzo…vaya que de eso se trata la santidad). Quizá no solo nos comportamos mal, sino que hicimos daño, destruímos y fuímos motivo de dolor para muchos. Peor aún, algunos ya siendo cristianos “convertidos” hemos tomado pésimas decisiones, cometido pecados graves y escandalosos, dinamitando la confianza de los demás y ganando el merecido apelativo de “este no cambiará nunca”.  

En justicia hoy nos miran con desconfianza, recuerdan esa versión de nosotros que conocieron en el pasado y son escépticos sobre esta nueva forma de vivir. Que solo es una fachada, que somos hipócritas, que es por conveniencia o que aunque nos vistamos de seda, seguimos siendo monas, irremediablemente monas y aguardan a que tarde o temprano caigamos nuevamente…y eso no solo duele sino que también desanima.

Dicho esto quiero invitarte a ti, que caíste mil veces e intentas levantarte una y otra vez. Tú, que también intentas ser mejor, date la oportunidad de vivir abiertamente tu nueva vida en Cristo, como convertido, eso que nos invita la Cuaresma en estos días, sin temor al juicio público (que seguro vendrá), reconociendo en el Señor la fuente de inagotable misericordia y perdón, quien conoce la intención real de tu corazón y ve tus luchas y esfuerzos. Estas líneas van también, para los que estando dentro de una comunidad cristiana, juzgamos y cerramos las puertas a aquellos que tienen “mal prontuario” y cuyo historial contiene situaciones escandalosas, pecaminosas y erráticas. No pierdas la fe en ellos, anímalos a seguir el camino de Cristo.

1. He cambiado de opinión

Aquí hay una paradoja cultural que nos atrapa a todos, decimos que si alguien cambia de opinión es un inconsecuente, un incoherente, un vendido, un tibio que se acomoda solo donde calienta el sol. Por otra parte, aquellos que obstinadamente permanecen en una posición sin moverse de ahí, los tachamos de cerrados, intransigentes, tozudos. No hay como darle en el gusto a todos. 

Cambiar de opinión frente a un asunto no es falta de coherencia o carácter, sino que es un ejercicio de rigor frente a la verdad. No se trata de traicionar nuestros principios, persistir en el error no tiene nada que ver con los principios. Se trata de abrirnos a descubrir que hay “verdades” que nos hacen más sentido, que nos vuelven más plenos como personas.  Me he descubierto a mi mismo viviendo una vida que no era para mí, realizando cosas que estaban mal pero en su momento no lograba distinguir la maldad en ellas, por fin me he percatado de mi grave error, comprendí que las cosas no eran como yo creía, lo comprendí de verdad, he cambiado de opinión e incluso me arrepiento de haber abrazado todo aquello que abracé con tanto ímpetu. He cambiado de opinión y si no lo hubiera hecho, hoy no podría pedir perdón. Yo he descubierto a un Jesús que me ha hecho cambiar de opinión, he tenido una experiencia verdadera con Él y vista la situación con objetividad, he decidido que aquello que para mi antes era bueno y agradable, ya no lo es. He cambiado de opinión y no soy un traidor, solo quiero ser mejor.

2. El temor a vivir en público la fe

Pero habiendo cambiado de opinión frente a la verdad surge un nuevo problema. Ahora, que ya estamos de acuerdo con nosotros mismos y hemos alineado nuestros principios, creencias, valores y acciones en una sola línea llega el momento de llevar eso a la calle, al trabajo, a la vida misma. Aquí es donde muchos de los nuevos “nacidos en Cristo” pasan a formar parte de esta alta tasa de “mortalidad infantil en Cristo”. Personas que han cambiado de parecer, que han vivido verdaderamente la “metanoia”, pero no se atreven a reconcerlo y vivirlo en público pues sus conocidos y familiares harán todo para demostrarles que no es posible ser diferentes, que: “cómo se te ocurre ponerte de ejemplo sabiendo como eras antes”.

Te sorprendería saber a cuántos nos ha pasado esto, escuchar la poca fe que nos tienen, las recriminaciones… Puedo decirte que esto causa dolor, vergüenza y dan ganas de dejar todo hasta aquí y marcharse a casa. Imagino que has vivido cosas así en tu camino de conversión; puertas cerradas en tus narices por aquellos que no olvidan quién fuiste y lo que hiciste.

El camino de los apóstoles fue más o menos parecido, Jesús mismo nos previene de esta situación cuando dice: “igual que me han perseguido a mi, los perseguirán a ustedes” (Juan 16, 20b) dándonos a entender que seguir sus pasos implica una confrontación con los demás. Por lo tanto, si te da temor exponer tu fe en público, ánimo, persevera y vívela sin temor; y por otra parte, si ves a alguien vivir su fe y conoces su pasado, no le hagas tropezar, anímalo y felicita su valentía.

3. Quiero compartir las razones de mi nueva vida

El Papa Francisco lo explica bien en su exhortación apostólica «Evangelii Gaudium», cuando nos dice que: «todo cristiano es misionero en la medida que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús; ya no decimos «discípulos» y «misioneros», sino que somos siempre “discípulos misioneros”» (EG 120), dándonos a entender que todo aquel que se encontraba con Jesús inevitablemente, además de seguirlo (discípulo) lo anunciaba por todas partes (misionero) pero no como actos separados sino que son parte de una misma experiencia.

Aquí aparece la “autoridad moral” para hablar de un asunto u otro como la piedra en el zapato que detiene a muchos de los que nos sentimos impulsados a compartir esta Buena Noticia que nos cambia y renueva la vida. ¿Cómo un desordenado va a hablar de sexualidad o de castidad? ¿Cómo un mentiroso va a hablar de honradez y virtud? ¿Cómo un tacaño va a hablar de solidaridad y caridad?. Y así es como muchos nos privamos de compartir las razones de nuestra nueva vida, nos censuramos o peor aún, nos “editamos”, hablando solamente de aquello que no nos compromete limitando el mensaje del Evangelio en su integridad. Justamente eso es lo maravilloso del Evangelio, que tenemos enfermos que siendo sanados por Jesús salen a anunciar la esperanza de una vida mejor.

No se trata de venir con esos discursos del tipo: «yo antes de conocer al Señor era borracho y mujeriego y ahora que tengo fe he cambiado», no queremos exponer nuestros pecados ni ventilar nuestra vida personal sino animarnos a comunicar nuestra esperanza, nuestra fe. Aquí cada cual hará su examen personal y si el asunto está superado, pues entonces hablamos de “testimonio” narrando cómo es que el Señor ha cambiado nuestra vida, de dónde nos ha sacado y en dónde nos ha puesto ahora.

4. Volveré a caer

Me ha pasado que frecuentemente me siento como el “Hijo pródigo”, es decir, regreso a casa pero renuncio a mi dignidad de hijo, no quiero la misericordia de Dios, es tanta la culpa y la vergüenza que casi inconscientemente le digo al Señor: «ya no quiero ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros» (Lucas 15, 19).

He aprendido que soy un pecador, siempre lo seré. San Juan nos lo enseña y nos ayuda a tomar consciencia de esto cuando nos dice que «si decimos que no hemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos» (1 Jn 1, 8a), argumento más que suficiente para comprender que aunque luche por alcanzar la virtud y la santidad, caeré; temprano o tarde caeré, volveré a caer, tomaré el arado y de reojo miraré hacia atrás, volveré a sacar del closet la ropa del hombre viejo; queriendo o no, caeré. Pero la fragilidad tan propia de nuestra condición humana y la concupiscencia, esa inclinación natural al pecado, no son motivo para ocultarnos y privarnos de vivir una fe a plenitud. Sabemos que caeremos, pero sabemos que una y otra vez seremos levantados.  

“Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores. ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido!. Insisto una vez mas: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia” (Papa Francisco, «Evangelii Gaudium», 3).

Debemos comprender que tenemos una necesidad constante de Dios. Todos la tenemos. Por eso, juzgar es un mal ejercicio, pues por criteriosos que nos creamos, todos caeremos y todos estamos invitados a levantarnos. La invitación no es a asumirse como pecadores sin arreglo, condenados al error y al dolor, sino a buscar la santidad, reconociendo nuestra fragilidad y que esa fragilidad no sea impedimento para seguir luchando por vivir en la virtud y la verdad.