Mientras el sacerdote hace la señal de la Cruz sobre la cabeza de cada persona, imponiéndonos las cenizas, dice las palabras inspiradas del capítulo tres del Génesis, cuando Dios castiga a Adán y Eva. «Recuerda, hombre, que eres polvo y al polvo volverás». Con esta expresión, o «Convertíos y creed en el Evangelio», empezamos la Cuaresma.

Las cenizas recuerdan la muerte. Es lo que queda después que algo es consumido por el fuego. Por ello es un recordatorio que nos hace el Señor, para tener presente que todos estamos destinados a la muerte. «Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino solo mi Padre». (Mateo 24, 36) Pero que vamos a morir, de eso nadie se escapa.



Bien la muerte aguarda, quien vive como Dios manda

Rescato este dicho, pues nos muestra la actitud de alguien que no le teme a la muerte. Parecería algo raro, ¿cierto? No temerle a la muerte… la verdad es que si uno entiende desde la fe cristiana, lo que sigue después de la muerte, realmente no hay lugar para la desesperanza. El que, no solamente piensa y tiene la muerte presente, sino que vive esforzándose para merecer estar en el Reino, junto con el Padre, después de dejar esta existencia terrestre, no tiene nada que temer.

Entonces, nosotros como cristianos ¿cómo debemos acercarnos al hecho seguro de nuestro fin terrenal? Viviendo de la mejor forma posible nuestra vida cristiana. El Señor a lo largo de todo el Evangelio, varias veces nos dice que seguirlo implica cargar la cruz: «Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame». (Mateo 16, 24)



No solo eso, sino que el cristiano debe aceptar el dolor y sufrimiento que le toca en esta vida. No para sufrir. No es ese el sentido que nos enseña el Señor. Cristo, le da sentido al «sin sentido» del sufrimiento. Lo convierte en un camino de amor. Luego de su muerte, viene la Resurrección. Por ello, nosotros cristianos, que estamos unidos – como Iglesia – a Cristo, no solo morimos con Él, sino que participamos así mismo de su Resurrección.

Además, Cristo nos acompaña y nos ayuda a sobrellevar el sufrimiento en nuestras vidas. Nos dice: «Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón». (Mateo 11, 28-29) Por otro lado, refiriéndose a San Pablo dice: «Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí». (2 Corintios  12, 9)

¿Cuál es el origen del Miércoles de Ceniza?

¿De dónde sale esa ceniza que usa el sacerdote? Procede de los ramos que se bendijeron en el Domingo de Ramos del año anterior. Aquellos ramos (que suelen ser palmas y ramas de olivo) se queman y la ceniza se guarda hasta el año siguiente. Por lo tanto, somos marcados con la señal de «la muerte» de aquellas palmas, que recibieron al Señor, cuando entraba a Jerusalén ensalzado como el Rey-Mesías, que vino a liberar a su Pueblo de la esclavitud.

Es una simbología que encierra una contradicción, digna del cristianismo. Nuestra Patria es el Reino Eterno, pero debemos antes, pasar por las «cenizas» de la muerte. Es el camino obligatorio. «En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, produce mucho fruto». (Juan 12 , 24)

Es una práctica que tiene raíces bíblicas y se desarrolló especialmente en la Edad Media. El Miércoles de Ceniza, conocido también en la tradición litúrgica como «miércoles al inicio del ayuno». De este modo, empieza una preparación para celebrar  —después de los 40 días de cuaresma— el misterio de la Pasión, muerte y resurrección de Cristo.

Es por todo ello que, desde sus inicios este miércoles tiene sentido de penitencia, y es un gesto que posee gran carga simbólica. Los judíos ya tenían esa tradición, por la cual se cubrían la cabeza de ceniza y vestían un áspero paño llamado «cilicio». Jesús mismo pide la penitencia con ceniza y cilicio (Mateo  11, 21), a las ciudades de Corozaín y de Betsaida deplorando la impenitencia que vivían, y le vaticina la misma suerte de Tiro y Sidón, si no hicieran la penitencia respectiva a sus pecados.

¿Por qué seguimos a un hombre muerto y crucificado?

Desde los mismos padres de la Iglesia, Tertuliano, san Cipriano, san Ambrosio, san Jerónimo y otros escritores cristianos antiguos, hablaban de penitencia haciendo ya referencia «in cinere et cilicio» (a las cenizas y el cilicio), en vistas a lo que nos espera después de la muerte. Merecemos entrar en ese Reino Eterno, que nos tiene preparado el Padre para nosotros.

San Pablo, ya en la época de los primeros cristianos, nos dice una y otra vez: «Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe». (1 Corintios 15, 14) Por eso tiene sentido, para nosotros cristianos, meditar en la muerte. No es el fin de la vida. Es el paso a la vida que realmente vale la pena ser vivida. La vida en el Reino Eterno.