No son días de celebrar muertos, gente que “ha dejado de existir” como algunos dicen por ahí, sino de recordar con esperanza a todos aquellos santos que están en la presencia del Señor, que han llevado una vida ejemplar y fueron examinados minuciosamente por la Iglesia para ser considerados como tales. También es día de recordar a aquellos fieles, cristianos de a pie, comunes y corrientes, que con sus virtudes y limitaciones, habiendo fallecido esperan alcanzar la gloria eterna junto al Señor.

Hoy recordamos a los segundos, los “fieles difuntos”, y ofrecemos una oración por el descanso eterno de su alma. La Iglesia nos invita a no olvidarlos, a visitar los cementerios y a orar por su alma. Pero, ¿por qué hemos enterrado a nuestros difuntos? ¿De dónde proviene esta costumbre? Seguro que nos parece un poco descabellado para nuestras cultura occidental actual, pero me imagino que has visto documentales y películas en donde vemos antiguos pueblos que tienen otro tipo de “trato” con sus difuntos. Los momifican, los queman en hogueras, los envían al mar sobre balsas, los embalsaman, los guardan dentro de envases herméticos con sus pertenencias y así, según la cultura, se les rinde un último homenaje a los difuntos. Nosotros enterramos a nuestros difuntos y de hecho, en la mayoría de nuestros países no solo se trata de algo propio del culto religioso, sino que es parte de las políticas sanitaras.


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Vamos a profundizar en esto que muchos vemos como algo natural y parte de la cultura, para mirar el trasfondo espiritual detrás del enterrar a los muertos.

1. Porque es una obra de misericordia

De hecho, es la última de la lista de las obras de misericordia corporales, y con razón, pues las seis anteriores hablan respecto del cuidado caritativo del sufriente, pero cuando su vida termina, se nos invita a darle un trato digno, cuidadoso, sin juzgar la vida y los méritos del fallecido, sino como un acto de amor al prójimo.

José de Arimatea, ese seguidor de Jesús que aparece cuando este es bajado de la Cruz, aunque improvisa y organiza apresuradamente, se preocupa de darle un trato digno al cuerpo de su Señor y no escatima en cuidados, dentro de la posibilidad de sus recursos y de la clandestinidad que los agobiaba, para obrar como todo cristiano lo haría. Por eso la importancia de un trato solemne, respetuoso; por eso le velamos y acompañamos, porque aquel que ha fallecido, aunque no lo haya vivido a consciencia, es una creatura de Dios, templo del Espíritu Santo, y merece dignidad y caridad.


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2. Porque creemos en la Resurrección

De hecho, los cristianos primitivos construyeron cementerios antes que templos. Los campos santos, antes llamados “necrópolis” (ciudad de los muertos) pasaron a llamarse cementerios (dormitorio, del griego koimeterion). Tanto es así, que nuestra fe en la Resurrección dio a luz un nuevo verbo latino: «depositar». Frente al rito pagano en el que se hacía «donación» del cadáver a la madre tierra, el rito cristiano subraya que el cuerpo es «depositado» en la tierra, en espera de la Resurrección. La «depositio» era una evocación de la promesa de Cristo de recuperar el cuerpo enterrado.

Si en nuestra fe no existiera la Resurrección, entonces podríamos hablar de los “restos mortales” de un individuo, pero no es así, pues no se trata solo de un envase biológico que queda como desperdicio y que debe ser desechado de forma limpia y respetuosa, sino que ese cuerpo, que descansa en paz, ha de ser resucitado en el último día.

3. El Señor resucitará nuestro cuerpo

Aunque Dios en su omnipotencia es capaz de resucitar el cuerpo de un difunto aun cuando este haya sido reducido a cenizas luego de la cremación, la Iglesia nos invita a que, en la medida de lo posible, demos sepultura al cuerpo sin alterarlo. Aunque desde hace algunos años está permitida la cremación, sigue siendo “fervorosamente recomendado” que se opte por el entierro, pues es la forma más adecuada a nuestra fe en la resurrección de los muertos. Nuestro cuerpo no es solo una envoltura que nos acompaña durante nuestra vida terrena, más bien existe una unidad entre cuerpo y alma, que justamente nos permite santificarnos y vivir conforme a la voluntad de Dios, pero al mismo tiempo esa unidad es la que será resucitada en su máxima dignidad el día de la segunda venida de nuestro Señor. Nuestra fe en la resurrección está fundada en la resurrección del mismo Jesús, que resucitó no solo en alma, sino también en cuerpo.

4. Porque nuestra intercesión les ayuda

Enterrar a los difuntos hoy en día, para muchos puede parecer incómodo, poco práctico, costoso y por sobre todo comprometedor, pues el hecho de dejar a un familiar en una tumba automáticamente nos compromete a visitar y cuidar de ese lugar. En cambio, mucho más sencillo es tener una ánfora con las cenizas en algún lugar de la casa o mejor aún, lanzar las cenizas al mar, a una montaña y así, simplemente conformarse con “recordarle” de forma abstracta sin la necesidad de tener que visitar un lugar en particular. Nosotros visitamos las tumbas de nuestros fallecidos no solo por compromiso, sino como una forma de oración y sobre todo intercesión por su alma, la cual creemos que está purificándose en el purgatorio. A estas oraciones les llamamos “sufragios”.

El mayor de los sufragios que podemos ofrecer por los difuntos es en una Eucaristía, haciendo oración por su descanso eterno. Por eso, no escatimes y cada vez que vayas a Misa anota a tus difuntos; no sólo les estás recordando, sino que con tu oración, les estar ayudando a purificar su alma.

5. Y, ¿cuál es la forma adecuada de hacerlo

Desde el Concilio Vaticano II se ha invitado a revisar con especial cuidado el rito de funerales, para que «estos expresaran más claramente el carácter pascual de la muerte cristiana, y que se incluyera una Misa especial al rito para funeral de los niños». De esta forma se establecen claramente tres momentos: la vigilia por el difunto, la liturgia funeral y el rito de despedida de los restos.

Respecto a la vigilia por el difunto, es un tiempo sumamente importante, pues es momento de sopesar la realidad, acompañar a la familia, animarles en el dolor y ayudarles a vivir el duelo en paz y acompañados. Se recomienda mantenerse orando constantemente mientras un difunto es velado, ya sea rezando la Liturgia de las Horas, el santo rosario o alguna otra piedad. No se trata solo de una despedida y ofrecer el pésame a los deudos, sino que de orar por el descanso de ese difunto.

La liturgia funeral en lo ideal debe celebrarse con una Eucaristía, es decir, una misa de funeral, aunque la mayoría de las veces esto queda a criterio de la familia y del celebrante conforme al contexto. Por lo tanto en ocasiones, se puede ofrecer esta liturgia sin Misa, aunque se invita a que posteriormente se celebre una en memoria del difunto.

El rito de despedida de los restos, con el que concluyen los ritos funerales, es el momento en donde se toma el cuerpo del difunto y es depositado en su tumba o sepultura. Siempre que sea posible, el rito de despedida deberá ser celebrado en el lugar del descanso final de los restos; es decir, debe hacerse al lado de la fosa abierta, el nicho o sitio del entierro.