Creo que a nadie le gustaría que lo amen por conveniencia. De hecho, lo primero que pensaríamos es que eso no es auténtico amor. Sería, por el contrario, algo más parecido a la manipulación, y eso es completamente opuesto al amor. Si hay una característica esencial al amor es que debe ser libre y gratuito, nunca forzado.

Aunque eso lo entendemos con facilidad, muchas veces en lo cotidiano vivirlo se nos vuelve muy difícil. Más aun en un mundo como el nuestro en el que pensamos que basta aplicar la voluntad para alcanzar lo que deseamos, y que está tan sujeto a una mentalidad «comercial», donde todo se puede comprar. Creemos que si doy algo debo por fuerza recibir también algo a cambio.



Esta mentalidad, que se aplica perfectamente en muchas cosas de lo cotidiano, es sin embargo muy dañina en la vida espiritual, y puede obstaculizar seriamente nuestra relación con Dios. Puede ser incluso más difícil de vencer en las personas de buen corazón y que usualmente viven una fe más comprometida cuando, a la primera dificultad, les surge el siguiente pensamiento: «Dios, si yo he sido bueno contigo, ¿porque no me das lo que te pido?»

Detrás de ese pensamiento hay una idea que nos surge con mucha naturalidad, pero en la que se evidencia que a veces tenemos un amor hacia Dios «demasiado humano». Esa idea es la siguiente: pensar que puedo hacer méritos para que Dios me ame y por consiguiente obtener lo que le pido.



El amor de Dios no es así. No se condiciona, no se fuerza, no se «obtiene». En realidad, tampoco el auténtico amor humano puede ser así. No está regulado, ni se cuantifica, ni se exige. Si Dios no me da lo que le pido puede ser sencillamente por una de estas razones:

— Porque no me conviene.

— Porque no lo estoy dejando actuar (le estoy cerrando el corazón).

— Porque tiene preparado para mí algo mejor.

Si esto se te pasa a veces por la cabeza, quizás te ayuden las siguientes reflexiones:

1. Dios te ama incondicionalmente

Esto es a veces lo más difícil de creer. No importa qué haga o qué deje de hacer, Él no deja de amarnos. Pidámosle a Dios que aumente nuestra fe precisamente para creerle con todo el corazón cuando me dice que me ama sin medida y sin condiciones.

2. El amor de Dios no se obtiene, se recibe

En realidad, no hay nada que podamos hacer para «merecer» el amor de Dios. ¿Qué podríamos ofrecerle? Absolutamente nada. Dios nos creó por amor, sin exigirnos nada a cambio, y nos amará siempre: «Con amor eterno te he amado» (Jer 31,3)

3. Disponer el corazón para recibir lo que Dios me quiera dar

Esto sí puedo hacerlo: preparar mi corazón para que esté más abierto a recibir la gracia que Dios me quiere dar. Esto de ninguna manera significa que Dios condiciona su amor a los méritos que yo haga, sino que los actos virtuosos que realice me hacen más dócil para dejar que su amor actué en mí. Puede parecer una diferencia sutil, pero es muy importante entenderla. ¿Cómo hacerlo? Orando y creciendo en las virtudes cristianas, siempre dejándonos acompañar por la gracia de Dios.

4. Reconozcamos nuestra pequeñez

Meditemos en este pasaje bíblico, la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18,9-14). El fariseo le hace a Dios un recuento de todo lo bueno que hace, pensando que así saldrá justificado… y el que sale justificado es el publicano que se reconoce pobre y pecador ante Dios… quizás no hizo nada bueno, y solo reconoció su total dependencia y su pequeñez ante Dios. Así fue como obtuvo lo que de verdad necesitaba.

Reflexión final

Dale libertad al amor de Dios. Obvio debemos pedirle a Dios las cosas que creemos necesitar, pero es bonito decirle también a Dios lo siguiente: «Dios, dame lo que te pido, pero si me quieres dar algo distinto pero que es mejor, te dejo libre para que lo hagas».

El verdadero amor deja libre al amor, y confía. No condicionemos a Dios, y más bien dejémoslo libre para que nos de lo que Él cree mejor. Eso asusta un poco a veces, pero sin duda es lo que más desea Dios precisamente para que lo dejemos con la libertad de darnos lo que Él quiere, que sin duda alguna es lo mejor para nosotros.