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Muchas veces pregunto a grupos de papás y padrinos, que reciben su charla de formación espiritual (porque su hijito se está por bautizar): ¿Por qué nosotros cristianos, tenemos como estandarte a un hombre muerto, colgado de una cruz, clavado, todo ensangrentado, con una corona de espinas?

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Adrede, permanezco unos «largos» segundos en silencio, esperando que alguien me responda. La pregunta tan explícita y directa, suele causar, usualmente, cierta confusión. Con razón, el mismo san Pablo, hace como dos mil años ya decía, que «mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles». (I Corintios 1, 22 – 23)

Pero, para nosotros cristianos, hago de nuevo la pregunta… ¿qué valor tiene colgar la imagen de Cristo crucificado en nuestros cuartos, oficinas, a la entrada de la casa? La respuesta es clave e imperativa, pues es la razón por lo cual, precisamente, somos cristianos.

1. ¿Por qué soy cristiano?

Si no damos con la respuesta de modo casi espontáneo, valdría la pena revisarnos y preguntarse: ¿Por qué soy cristiano? Son muchas las respuestas que escucho cuando formulo este interrogante a un grupo de papás.

«Es la fe que me enseñaron mis padres», «así me formaron en el colegio», «mi familia siempre ha sido católica», «yo sí creo en Dios»… y otras respuestas parecidas a estas. Todo eso está muy bien, y alabado sea el Señor por habernos proporcionado la formación y educación para que, hasta el día de hoy, sigamos creyendo en Él. Sin embargo, la razón principal sigue sin mencionarse.

¿Por qué san Pablo, que era un judío estricto, perseguidor de cristianos, fiel a la ley y los profetas, conocido anteriormente como Saulo de Tarso, se convierte en uno de los grandes pilares de la Iglesia? ¿Qué es lo que lo convierte de acérrimo perseguidor y asesino de cristianos, en un apóstol y mártir ejemplar de nuestra fe? San Pablo mismo, manifiesta en distintos pasajes esa razón: «Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe» (1Cor 15,14).

2. La Resurrección es la razón central de nuestra fe

Es más, me parece necesario mencionar, que esa fe tiene un fundamento histórico. Nuestra fe no solamente es una creencia, sino que está atestiguada por centenas de personas que lo han visto resucitado después de tres días de haber muerto, colgado de la cruz. (Juan 20, 6 – 18. 19 – 29. 30 / 21, 1 – 14)

Si no fuese así, ciertamente sería una persona extraordinaria, que hizo maravillas, hizo cosas sorprendentes y murió como cualquier otro ser humano. ¡Pero no! En Él se han cumplido las promesas. Él es, realmente, el Mesías esperado. El que vino para vencer el poder del pecado y de la muerte. La cruz nos recuerda que Él nos ha traído la victoria sobre el mal.

Es una verdad que no solamente leemos en las Sagradas Escrituras, sino que la recibimos de boca en boca, desde los tiempos de Jesús. Es lo que conocemos como la tradición escrita y la tradición oral.

Nuestra fe no es solamente una religión de libro, sino que creemos en las palabras de la Iglesia, que son predicadas a lo largo de los siglos, y custodiadas por el Magisterio, que se encarga de preservar el depósito de la fe.

3. Predicar con confianza

Finalmente, teniendo todo eso en consideración, podemos predicar con toda confianza, que el Señor Jesús, que anunciamos a todos los pueblos – como Él mismo nos lo pidió – está vivo. Es real, es una persona que históricamente, resucitó y pisó nuestra tierra con su Cuerpo Glorioso.

Que compartió, comió y celebró esa victoria inusitada en la historia de la humanidad, junto con muchas personas como nosotros. Por eso tiene sentido vivir la «locura» de la vida cristiana. La «locura» de aceptar con amor las cruces que a cada uno le toca cargar, sabiendo que «si morimos con Él, viviremos con Él». (2Tim 2,11)

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