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En enero de 2015 los escaladores de roca americanos Tommy Caldwell y Kevin Jorgeson cautivaron al mundo con su esfuerzo por escalar «The Dawn Wall», cuyo nombre se debe al hecho de ser una de las paredes de la mítica roca llamada «El Capitán» sobre la que caen las primeras luces del sol cuando amanece. Esta pared, aparentemente imposible de escalar, supera los 900 mts y está ubicada en el Parque Nacional Yosemite, en California. 

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Más allá de lo apasionante de la meta, para Tommy Caldwell, conquistar «The Dawn Wall» era mucho más que escalar una pared de roca. Era el culmen de un tramo de su vida que había estado lleno de obstáculos y dificultades.

A sus 22 años, mientras escalaba en Kirguistán, fue tomado como rehén por un grupo armado junto a tres jóvenes americanos y poco tiempo después —pensemos en lo fundamental que es toda la mano para un escalador— perdió un dedo índice en un accidente casero.

Más adelante, luego de sufrir por unos problemas amorosos, decidió retomar su vida con mucha más fuerza, entrenar más que nunca y clavar sus ojos en la meta de escalar y conquistar «The Dawn Wall» para renacer.

Con un fuego indescriptible que reconoció percibir dentro de sí, Tommy Caldwell pasó con su compañero de escaladas seis años tramando cómo llegar a la cima. Para eso realizaron cálculos y practicaron bastante.

En el intento final, con todo el mundo pendiente de su hazaña, Tommy se tuvo que enfrentar a una experiencia límite. Cuando veas el recomendadísimo documental que ahora te compartimos, se conmoverán tus fibras más profundas.

Es que ante estas hazañas, las superaciones personales, la consecución de lo impensable, las metas más altas y los ideales más lejanos, tenemos la experiencia de palpar algo muy profundo en nosotros, que se despierta por un momento, se asoma y nos inspira.

¿Entendemos nuestra vida como un camino?

¿Hacia dónde nos dirigimos? ¿Vivimos nuestra vida con esa pasión e intensidad? Hace unos años, luego de tener la bendición de realizar varias caminatas deportivas en distintos parques naturales de Sudamérica, me preguntaba cómo se podía hacer para poder vivir la vida ordinaria.

Por lo general entre edificios, autos, bulla, pendientes y problemas; con el mismo espíritu que se despertaba en mí y en otros cuando hacíamos estos trekkings: entusiasmo, alegría, esperanza, motivación hacia las dificultades, magnanimidad ante los problemas, generosidad para atender a quien sufre dificultades, capacidad de asombro ante la belleza, disposición al sacrificio y tantas otras cosas más.

El fruto de mi reflexión u oración desembocó en que podía entender y vivir mi vida como un camino hacia Dios, la montaña más alta que hay. Ningún suceso podía quitarme la realidad de estar caminando hacia su encuentro y eso hacía de mi vida una aventura apasionante.

Nada ni nadie podía arrebatarme la libertad, el sentido y la esperanza. Así como Tommy Caldwell, yo podía inspirarme por una «roca firme», descansar en ella, vivir a su lado y siempre querer alcanzarla.

Hacia la montaña

Estas reflexiones terminaron plasmadas en un libro de poemas que escribí y que titulé «Hacia la montaña». Aquellos poemas escritos coincidían en ser un modo de plasmación telúrica y geográfica del camino de la vida humana. Las más diversas experiencias existenciales, tales como el anhelo y la frustración, la alegría y el sufrimiento, la certeza y la duda, la soledad y el encuentro, el amor y la esperanza, encontraban un rostro en la naturaleza.

El mundo interior buscaba comprenderse, explicarse y comunicarse tras la intuitiva percepción de sus propios dinamismos reflejados en el mundo exterior. También se daba lo contrario. Una atenta y reverente percepción del mundo exterior evocaba a realidades humanas y ayudaba a comprenderlas.

Me parecía ver en los poemas aquella vocación del hombre a alturas misteriosas expresada en palabras que transparentaban su lucha por ascender y elevarse. Ellas parecían esmeradas en expresar el hecho de encontrarse viviendo inmerso en el misterio de lo existente.

Comparto ahora, como para cerrar la reflexión de manera distinta, algunos poemas de ese poemario. Ojalá que su lectura reposada motive un poco a alguien a responder con libertad y amor a aquel eco que proviene de lo alto y nos llama hacia la montaña. (Si te interesa adquirir el poemario completo puedes escribir al correo del autor: flanataz@gmail.com).

Voz del horizonte

¿Sed de qué altura,

de qué fuente fugitiva,

de qué perspectiva,

cansó nuestros pies?

¿Qué espacio vacío?

¿Qué tiempo arrugado?

¿Qué silencio ingrato?

¿Qué ahorcada feroz

de la rápida rutina?

¿Qué aburrimiento y qué ansia

nos lograron acalambrar?

¿Qué esperanza mereció el dolor,

allanó el camino y empujó la vida?

De no haber camino

no valdría el caminar,

pues la nostalgia y el ideal

no son sino dos caras

de una misma moneda

que gira y baila sobre el eje

de nuestro interior.

¿De qué paisaje nunca visto

te acordaste con nostalgia?

Ese horizonte, hermano,

que persigues,

lo veo durmiendo en tus ojos.

Pesa como tu equipaje,

y yace primitivo e intacto

en el fondo de tu corazón.

Montaña mística

La niebla es incienso

que vela su rostro,

que vuela y humea,

y muere al caer.

Iré a respirarla

a la cima que grita,

sacro santuario

del hombre y de Dios.

He de ir a fundirme

con fuego y con rayos

que derriten sus hielos

en místico hervor.

Vertical

Aquí todo es vertical.

Todo es liturgia ascendente.

Incienso vuelto nube

que vela el rostro del sol.

Una ciudad hecha ofrenda.

Casa trocada en catedral.

Las cimas son espinas erguidas

cargando el lecho de Dios.

Hombre de roca

Hombre de roca,

que a golpes robaste

los hijos de la piedra

y los criaste con rigor entre tus manos

para hacerlos rendir en las alturas:

¿Por qué tan alto?

¿Por qué tu vértigo hecho cultura?

¿A quién rendías la perfección

conquistada tras tu combate

contra la dócil rebeldía

de las piedras indefensas?

¡Místico habitante de la tierra!

La gente ya no busca a Dios,

los nuestros ya no quieren ascender,

los hambres ya no empujan nuestro obrar.

Sólo pan, ya no cielo,

sólo circo, ya no más.

Ya no esfuerzo fervoroso al trabajar,

ya no hay cimas,

ya no montes que alcanzar.

“¡Nada de hombre antiguo!

¡Nada de cambios esenciales!”,

seguramente me dirás.

¡Cómo sería que, como en tu ocaso,

el rayo nos alcance transpirando,

la muerte nos encuentre caminando!

Sed de un semblante

Los abismos afilados

arañan y sangran

inseguridades, casas de arena,

y arañan también

las puertas del cielo

abriendo rendijas de luz

que flechan reclamando corazones.

Heme aquí conquistado por las grietas.

Germina de mis raíces

un deseo tiránico de ver

y conocer el rostro de esta espalda,

trepar sobre sus hombros,

mirar lo que ella mira,

acercarme a sus oídos,

decir que quiero,

creer que espero.

No atisbar sino encontrarme.

Un río caudaloso de luz,

y a todos ahogados de alegría

nadando hacia lo más alto,

hacia la respuesta del gran secreto,

que entre luces y sombras,

anuncia una gran sonrisa

en medio de este paisaje

que expulsa y que guarda.

Luz aullando

Voy prendiendo caminos,

paso a paso, frente en alto.

Con sed de futuro,

con la insistencia del río,

con pregunta de ahora,

con afán de dilatarme,

de ocupar espacios designados

buscando y respondiendo

en cada lágrima y sonrisa

que arranque el camino.

Llevando a cuestas

el digno peso de la libertad

hasta que termine al fin el día

con luz aullando en las heridas,

tal vez medio muerto,

pero medio resucitado.

Develaciones

La verdad puede ser dura,

pero otras veces acaricia.

Hay que subir a la montaña

para encontrar la noticia.

Hasta ahí donde arriba y adentro

son un mismo lugar.

Quizá la cima nos desvele

la belleza de la roca,

la roca de la realidad,

la realidad de la belleza.

Palabras de idioma nuevo

Las palabras son cortinas brisadas

que entreabren el camino a un rostro.

Veo cumbres afiladas,

marrones y agresivas,

y digo «montaña» por decir algo

después de vivir algo sin nombre.

¡Montaña! Háblame

con tu voz de piedra,

tu elocuencia inaudita,

tu acento solitario,

tu orgullo de nube.

¡Montaña! Mírame

con tus ojos de Adán.

Remólcame a lo más

cierto y verdadero.

¡Montaña! Tu rostro

es de otro ritmo.

Es arduo verlo,

es larga la charla

y lento el cariño.

Alcanzado tu paso

de talante eterno,

me despejas, me calibras,

me nutres y aceleras.

Vine a cantar altitudes

y vuelvo a pie en otro idioma,

otra lengua congelada

en el olvido más íntimo,

pero que en la nube se condensa

y en el silencio se torna materna.

Basta ver para saber toda la vida

que ha parido el silencio.

Ante un rostro

El letargo de las luces

se recuesta en la tierra…

Y nadie, nadie, nadie,

nadie explica

quién le ha enseñado

violín a las montañas.

Ellas llevan de la mano

al silencio del misterio,

cuando agonizan los colores en el lago

y lo lógico se desgarra en impresiones

de minutos fríos que terminan en calor.

Llevan al desafío de estar vivo

cuando lo falso da la espalda.

Al reclamo más profundo,

ante el miedo y la nada.

Desde lo que más nada parece por oscuro

y lo que más todo parece por eterno.

De la mano, llevan a dormir al verso

sobre la curva del sueño,

la hamaca de las pestañas,

en esta jornada embarazada de día,

con los ojos cediendo

con tardía cadencia

y el alma inquieta amaneciendo,

saciándose ante un semblante,

clamando en lo alto de la montaña:

¡Padre!

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