¿Pobreza de espíritu? La palabra pobreza suele alarmarnos a todos, nos da miedo hablar sobre el valor evangélico que tiene. Cuando empiezas a leer el Evangelio te encuentras muchas veces con esta palabra, con «los últimos», «los pobres», con que «es más fácil para un camello entrar al ojo de una aguja que para un rico».

Se nos vienen a la mente un sin fin de interrogantes. ¿Qué quiere decir eso?, ¿tendré que vivir en la pobreza para ser aceptado en el cielo?, ¿es pecado ser rico?, ¿qué voy a mostrar en mis redes sociales?

Pero en experiencias estos últimos años me he dado cuenta lo bien que sienta al cuerpo, a la mente y al espíritu ayunar. Y no me refiero al ayuno convencional de pan y agua, sino al ayuno de mil opciones, de «infinitas posibilidades» que me ofrece el mundo, del que dirán, de la crítica y el egoísmo.

Si tan solo recordáramos que Dios (el amor) basta. Hace unos meses tuve la oportunidad de viajar a la India y me di cuenta que cuando hay poco, entiendes qué es lo verdaderamente esencial. Comprendes que no se necesitan grandes cosas, lujos, nombres o títulos para sentirte en paz.

Nos hace falta la pobreza de espíritu

¿Qué significa la pobreza de espíritu y cómo alcanzarla?

Cuando somos niños entendemos el valor de las cosas: nos molestan los platillos de restaurante de cinco tiempos, las sillas envueltas en listones, los tres diferentes tenedores, ¿para qué tanta cosa?

Pero cuando crecemos nos preocupan demasiado estos detalles. La pureza de corazón, que va de la mano de la pobreza de espíritu es la que nos hace falta por montones en estos tiempos. No dejemos que estas cosas que parecen mucho nos deslumbren la mirada.

«Hay dos maneras de obtener suficiente. Una es acumulando más y más. La otra es deseando menos» —G.K. Chesterton. Demos más espacio a lo que en verdad vale, a lo esencial, a lo que no se ve a simple vista, a aquello que cada uno guarda en el corazón.

«Me gusta porque es una mujer sencilla», me decía un amigo de su nueva novia. Le gustaba que si se quedaban varados en medio del pueblo durante un viaje, se reía y hasta disfrutaba en lugar de preocuparse por no ensuciarse o por comer en la carretera.

Cuando la vida se nos va en alcanzar expectativas de escenarios ideales para subir en redes, para alardear de lo poco o mucho que tenemos, perdemos lo que de verdad importa.

La pobreza de espíritu también nos impulsa a querer compartirlo todo

Compartir con las personas que tenemos a nuestro lado. Nos impulsa a querer escucharlas, reírnos, llorar, apoyarnos. Vivir la
vida a fondo, descubriendo que hay más de lo que queda en la superficie.

Si hablamos de pobreza material, me viene a la mente esta frase de san Josemaría Escriva: «Los pobres… me duele verlos, y en cada uno de ellos, a Cristo. Y porque duele, me doy cuenta de que lo amo y los amo». ¿Qué hermosa frase no? Es diferente hablar de pobreza material y de pobreza espiritual. Puede que alguien que vive con muy poco, tenga más riqueza espiritual que tú, ¿lo habías pensando?

Los santos que se decidieron por la pobreza encontraron que era un medio para decir «no» al mundo, ¿por qué? Porque el dinero, el poder, la fama, el placer y los aplausos nos llenan solo momentáneamente. Y cuando no los tenemos corremos el peligro de estar dispuestos a hacer de todo.

A traicionar a nuestros compañeros de trabajo, chismear sobre otros, inventarnos identidades falsas, utilizar a las personas, mentir, lastimar… ¡y permitir que lo hagan también con nosotros! Nos esclavizamos por más dinero, por subir de puesto, por ganar seguidores, por quedarnos con el crédito. Perdemos de vista el amor, perdemos de vista a Dios y nos volvemos aves rapaces.

Eres muchísimo más de lo que tienes, no lo olvides

¿Qué significa la pobreza de espíritu y cómo alcanzarla?

«No me vendo, es el único lujo de los pobre», decía santa Teresa de Jesús. Eres muchísimo más de lo que tienes, recuerda esto siempre.

Cuando paseaba por una zona exclusiva en mi ciudad, me daba pena ir mal vestida… incluso dentro de la Iglesia de esa zona me daba miedo ser juzgada (levante la mano a quien le ha pasado).

Pero había un señor campesino que disfrutaba de tal modo la misa que me daba envidia. Él no tenía ningún estatus que sostener ni aparentar: sencillamente era él. Como Dios lo veía era suficiente. Seguro hasta era más feliz que todos los que estábamos comparándonos.

Esto me hizo recordar una frase muy poderosa de san Francisco de Asís: «Y yo tengo por dignidad real y nobleza muy alta seguir a aquel Señor que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros». ¡Qué verdad más grande! Preocupémonos por agradar a Dios en lugar de andar pensando qué dirán otros de nosotros.

Dios te ha hecho libre

En un viaje por estudios que hice, tuve que llevar pocas cosas en la maleta. Pasaban los días y la ropa no me preocupaba. Me sentía muy feliz de saber que la gente me quería por quien era y no por lo que aparentaba. Que lo que era no estaba disfrazado ni sometido a la expectativa de los demás.

Cuando somos libres podemos decidir en qué ocuparnos. Ya no gastaba mi tiempo en maquillarme o elegir la ropa perfecta, sino en estudiar, conocer gente, platicar, rezar, pasear, enterarme de nuevos proyectos.

¿Cómo empezar a vivir esa libertad para tener un espíritu pobre? Se me grabó un buen tip del papa Francisco, él recomendó que cuando quieras empezar a ser libre, humilde y sencillo: empieces por pedir siempre la opción más sencilla del menú. ¡Qué preciosidad!

Que esto no aplique solo para el menú del restaurante, sino para el menú de la vida. Que pongamos siempre al otro por delante, que nos preocupemos más por las necesidades de los demás que por las nuestras. Que estemos dispuestos a dar una mano cuantas veces sea necesario. Que compartamos sin miedo ese amor que es el mismo Cristo viviendo en nosotros.

«La pobreza no fue creada por Dios. Es creada por ti y por mí cuando no compartimos lo que tenemos» —Madre Teresa.