La vida nos ilusiona. ¿Quién no se ha ilusionado haciendo planes a futuro? Cuando miramos para adelante siempre encontraremos algo que nos ilusiona. Deseamos tantas veces, desde lo más profundo de nuestro corazón, que ese sueño se cumpla tal cual como lo hemos pensado en nuestra mente y como lo sentimos en el corazón (a quién no le ha ocurrido tal cual así). Y podríamos decir que también ¡Dios se ilusiona con nosotros! 

Hace un par de años Dios me permitió experimentar lo que fue uno de los eventos que más me ha marcado en la vida: la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) en Panamá, compartiendo con el Papa Francisco y tantos hermanos del mundo entero. En su discurso de bienvenida, el Papa nos dijo algo importantísimo:

«El cristianismo es Cristo, es desarrollar el sueño por el que dio la vida: amar con el mismo amor que nos ha amado. No nos amó hasta la mitad, no nos amó un cachito, nos amó totalmente. Nos preguntamos: ¿Qué nos mantiene unidos? ¿Por qué estamos unidos? ¿Qué nos mueve a encontrarnos? ¿Saben lo que es? La seguridad de saber que hemos sido amados con un amor entrañable que no queremos y no podemos callar, un amor que nos desafía a responder de la misma manera: con amor. Es el amor de Cristo que nos apremia (cf. 2 Co 5,14)».

¿Qué nos mueve?

Recordar estas palabras me hace mucho sentido, cuando pienso en tantos esposos que viven diariamente su paternidad y maternidad, luchando juntos por llevar un matrimonio santo y dando lo mejor de sí para sus hijos.

Pero, ¿y si no todo sale como lo teníamos planeado? En el video «Playa y montaña» de la Fundación Mehuer que aquí les mostramos, encontramos una familia que se dirige a la playa, pero al llegar, el oficial les dice algo que es desconcertante: «Bienvenidos a la montaña», a lo que la mujer responde «¿A la montaña? ¡Pero si yo iba al mar!».

Después reflexiona «aunque te cuesta asumirlo, te das cuenta de que no has llegado a un lugar tan horrible». Cambió por completo el plan y asumieron lo que era posible asumir en ese momento: Estar en la montaña.

 

Dejarnos interpelar por Dios

Cuando nos damos cuenta de que nuestros planes no resultan ser lo que esperábamos, nos sentimos frustrados, incluso tristes o decepcionados sobre esa realidad. Sin embargo, una postura que no puede perder quien está dispuesto a abandonarse en las manos amorosas y paternales de Dios es la de desprendimiento y renuncia.

Cuando los planes cambian, cuando el rumbo que toma nuestra vida es otro, no podemos olvidarnos de que detrás de todo está la voluntad operante de Dios, que gobierna y guía todo cuanto acontece.

Es necesario aprender a ser abiertos a la intervención de Dios en nuestra realidad particular. Por eso hay que aprender a pedirle a Dios la gracia de un corazón abierto a su Amor. No nos imaginamos lo que Dios haría en nuestras vidas si nos abandonamos por completo a su Voluntad.

Acoge la libertad de tus hijos

No podemos olvidarnos de una realidad propia del ser humano: fuimos creados en libertad. Dios mismo es el primero en respetar nuestra libertad, incluso cuando decidimos alejarnos de Él. Vale la pena recordar la parábola del Hijo pródigo, cuando este le pide a su padre la parte de la herencia que le correspondía.

Se va de la casa, malgasta la herencia y termina en un estado de sufrimiento devastador. Al final, el hijo decide volver a la casa del padre arrepentido. Y ¿cuál fue la actitud del padre? Acogerlo, devolverle la dignidad.

Probablemente, este padre no habría planeado que su hijo experimentara todo lo que atravesó, pero respetando su libertad permitió que se fuera de casa. Podríamos plantearnos, ¿el padre deseó que su hijo se fuera?

Probablemente no. ¿Salió algo bueno de esa experiencia? ¡Sí! Ya sabemos como aquel hijo se arrepintió, volvió a casa y a una vida nueva. Aunque no era lo esperado por parte del padre, hubo un buen fruto que salió al final de esa experiencia.

No idealices la realidad

Algo que continuamente nos hace sufrir no es tanto lo que acontece, sino nuestras idealizaciones sobre la propia realidad. Si bien hemos dicho que el futuro nos genera ilusión, que incluso Dios se ilusiona con nosotros, también encontramos algo: El amor es realista, es decir, se plasma sobre una realidad, no un ideal.

No olvidemos que cada persona es única, es un misterio y es un don que necesita ser acogido como tal. Por eso, cuando la mirada que tenemos sobre el otro está totalmente atravesada por un ideal, podemos perder de vista lo esencial de la persona y al final eso nos puede hacer sufrir a nosotros y a nuestros hijos. 

En el video «Playa y montaña» se dice una frase hermosa:

«y aunque te lleva un tiempo asumirlo, comienzas a pensar que no has llegado a un lugar tan horrible, simplemente es diferente. Porque si te pasas la vida quejándote de que nunca llegaste a ir a la playa puede que nunca tengas la libertad de disfrutar de todo lo especial que tiene la montaña».

Cuántas veces nos perdemos de disfrutar un momento de la vida o nuestra relación con una persona (familia, amigos, pareja) solamente porque tenemos idealizado cómo debería ser. Dios no ama un ser ideal, no ama lo que tú deberías ser, sino simplemente lo que eres ¿Y si intentamos lo mismo?