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El coronavirus no trajo al mundo solo una enfermedad. Trajo muchas cosas, algunas buenas, algunas evidentemente no. Quiero hablarte de una realidad que creo que todos, sin excepción, estamos viviendo en distintos grados: hay planes que no salieron.

Posiblemente todos, el 31 de diciembre hicimos una lista de propósitos, deseos o planes para este año. Podría apostar que la mayoría de los ítems de todas estas listas no han salido como se pensó. Bodas que no se pueden realizar, alumnos que iban a vivir su último año de colegio ahora están encerrados sin poder disfrutarlo.

Estudiantes de universidad que se atrasan en la carrera, emprendimientos que tendrán que cerrar, viajes que habrá que reprogramar. Deudas que en vez de cancelarse aumentarán, dietas que ahora no funcionarán. Membresías al gimnasio que no se utilizarán, almuerzos familiares o salidas con amigos, tan esperados, que ahora tendrán que quedar para otro momento.


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Estos son solo unos ejemplos. De planes chicos y planes más grandes. Superar algunos puede ser algo difícil, y por eso hoy quiero hablarte de algunas cosas que seguro te pasaron o pasarán por tu mente, con consejos de cómo responder a ellas.

1. «¿Por qué Dios no lo querría, si es algo bueno?»

planes, ¿Los planes que tanto anhelabas se han venido abajo? Esta reflexión es para ti

Cuando hacemos un plan y no sale, nos podemos frustrar. Pero es absolutamente devastador cuando ese plan era el resultado de lo que veíamos como algo bueno, era un deseo hondo que entendíamos que también Dios lo quería.

Por ejemplo, cuando a pesar de habernos sacado callos en las manos por trabajar y callos en las rodillas por rezar, un apostolado no da los frutos que esperábamos. O cuando a pesar de un largo discernimiento, se ve una vocación a la que se desea responder, pero luego la misma no puede concretarse por uno u otros factores ajenos a la propia voluntad. Como dije, devastador.

No solo es motivo de gran angustia, sino también de gran confusión. ¿Por qué Dios no querría que esto resulte, si todo se hizo solo para intentar agradarle, si todo se hizo para buscar su gloria?

No hay una respuesta a esa pregunta, al menos no la respuesta que buscas. Pero, sí hay una manera de responder, que es aceptando el misterio. No es fácil, no obstante, en esto he encontrado de mucha ayuda lo que san Josemaría recomendaba a un alma atribulada:

«¿Estás sufriendo una gran tribulación? ¿Tienes contradicciones? Di, muy despacio, como paladeándola, esta oración recia y viril: Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima voluntad de Dios, sobre todas las cosas. Amén. Amén».

De esa frase, me ha llamado siempre la atención que no dice «amén» una vez, sino dos veces. En lo personal, he entendido que aceptar el misterio de Dios, el misterio en la propia vida, en el sentido de nuestra vida, es una aceptación similar a las olas del mar, va y viene. Y habrá que renovar el amén que dimos no una vez, sino muchas veces.

2. «¡Pero puse todo de mí!»

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Con cierta semejanza al punto anterior, quiero también hablar de escenarios buenos, en los que uno pone su máximo esfuerzo, su mejor voluntad, su mejor sonrisa, incluso también sus lágrimas más saladas. Pero a veces, poner los medios no basta.

¿Cómo entender que, tras años de formación, de acompañamiento, de oraciones por ellos, los hijos pierdan la fe? ¿Por qué un matrimonio entra en crisis, de las que pareciera que no hay manera de aplacar la tempestad, aún cuando uno puso su entrega, sus sacrificios, su amor, su paciencia? No, a veces, poner los medios no basta.

Leí una vez que el abandono es desear las cosas buenas, rezar, poner todos los medios, y si no salen, aceptarlo, y con tranquilidad, seguir diciendo «seguiré trabajando para que salgan». Es así: quizás creemos que pusimos todo de nosotros… pero, ¿«todo»? Una crisis puede ser momento para redescubrir qué más podemos hacer, qué otros medios nos faltan por explorar.

En otras palabras, las de san Agustín: «Dios no manda cosas imposibles, sino que, al mandar, te enseña a que hagas lo que puedes y pidas lo que no puedes».

Es cierto que a veces ya no hay medios que se puedan poner, porque hay situaciones que son más definitivas y no pueden cambiar. En esos casos, no es cuestión de buscar medios para cambiar lo sucedido, sino buscar los medios para sacar frutos de la situación, o para crecer en la confianza en Dios, en la esperanza.

3. «No es justo»

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Quizás no queramos decirlo en voz alta, pero creo que no me equivoco si digo que muchos hemos pensado en esto. Le hemos dicho a Dios, esto no es justo o nos hemos sentado frente al Sagrario (cuando todavía podíamos) y le hemos dicho a Jesús: «Sé que eres justo… pero, perdóname por decírtelo, ¡esto que me ocurre en este momento no es justo!».

No queremos quejarnos, pero ¿cómo entender que luego de haber pasado noches en vela para estudiar, se falle en un importante examen?, ¿cómo es que después de meses de trabajo, nos rechacen una tesis?, ¿cómo puede ser que tras sacrificios, deudas, esfuerzo, una empresa quiebre? Perdón, Señor ¡Pero no veo cómo es que esto puede ser justo!

Ante esto, por mucho que cueste, aceptemos la justicia divina, que no siempre se asemeja a la justicia humana ni se entiende en los mismos términos. Pero porque nos supera, Dios pudo haber perdonado de cualquier manera el pecado de Adán y Eva que cayó sobre la humanidad, pero en cambio ofreció la vida de su Hijo.

¿Llamaríamos justo a esto, según nuestros criterios? Pongamos el corazón en la cruz, seguros de que la que nos toca es la mejor.

«Dios Padre no defrauda nunca. Si deseamos sinceramente parecernos a su Hijo, Él no nos priva de la cruz, que adoptará mil formas distintas, todas personales y siempre la más llevadera, la que elegiríamos», apuntó el autor espiritual Pedro Beteta en el libro «Mirarán al que traspasaron».

4. «Si tan solo entendiera por qué…»

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A veces, algunos podemos pensar que solo puede haber un alivio posible, en medio de la angustia, de la incertidumbre… y es al menos sanar esta última con alguna certeza. Aunque el dolor de un plan roto sea grande, creemos —genuinamente, creemos— que si entendiéramos por qué Dios lo permitió, quizás sería más fácil aceptarlo.

Pero es un engaño. No sé si un engaño de nosotros mismos, o una tentación para que perdamos la confianza. Puede ser que de verdad solo queramos una guía que encamine nuestro «proceso de abandono». Pero lastimosamente, Dios no nos dirá el por qué tal como nosotros quisiéramos y en el momento en que se lo exigimos. 

Quizás en el cielo entenderemos muchas cosas. Pero, si de algo quisiera que estés seguro o segura, es que aunque Dios no nos muestre ese tan deseado porqué, al menos sí nos lleva a encontrar el para qué de las cosas. Pero primero debemos hacer eso tan difícil que ya he mencionado un par de veces: abandonarnos. ¿Cómo? Como decía el Padre Pío: «Reza, espera y no te preocupes».

Preguntarnos qué podemos hacer con los aprendizajes que nos llevamos. Y en eso, ver el sentido de lo que ocurre. Pero, ¡ojo! algo puede tener un sentido, y aun así, no gustarnos, al menos, no al principio. No lo «queremos», no «nos nace» querer eso.

De cualquier forma, podría ser «un gusto adquirido», si rezamos así a Dios: «Quiero querer lo que Tú quieras, como Tú quieras, hasta que Tú quieras».

En esto puede confortarnos lo que decía el alegre santo Felipe Neri: «Quien quiera algo que no sea Cristo, no sabe lo que quiere. Quien pide algo que no sea Cristo, no sabe lo que pide».

5. «Es que el golpe es demasiado duro…»

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Hay planes y planes. Quizás una cita que al final no se concreta puede ponernos de mal humor y luego pasar. Pero un plan como el de lograr tener un hijo que al final no llega es muy duro. O el de al fin quedar en embarazo pero no poder disfrutarlo como se debe. Es entendible que, como Job, uno sufra y se pregunte: «¿Por qué aprietas tanto, Señor?».

Dios nos conoce mejor de lo que nosotros nos conocemos. Él no mandaría o no daría su beneplácito para que algo ocurra si de ese algo no se puede sacar algo bueno. Además, Él entiende. Nuestros golpes también lo golpean. Recuerdo a un sacerdote que una vez, en un retiro, durante una meditación dijo que cuando uno está deprimido, Jesús está deprimido con nosotros. Si uno llora, Jesús llora con nosotros.

Tiene sentido, ¿no llora una madre, aunque sea su hijo el que tiene que pasar por una quimio? Quizás los padres hasta escogerían ser ellos los que atraviesen el dolor, el malestar, la incomodidad, con tal de que su hijo no sufra.

Y no es posible, debe ser el hijo quien pase por todo ello con tal de sanar. Pero, con toda seguridad, no se apartarán del lecho de este y le sostendrán las manos mientras. Sostengámonos, entonces en las manos de Dios. Creamos firmemente que Él no se aparta de nuestro lado.

Decía el santo fundador de la congregación betharramita, san Miguel de Garicoits: «Si Dios está con usted, todo irá bien… no sin trabajo, ni dificultad, ni angustia».

Mientras, sentados al lado de Dios, tomándole la mano, podemos preguntarle: «Señor, ayúdame a ver esta situación con tus ojos, porque los míos están llenos de lágrimas, y no veo. ¿Qué quieres que haga?».

Dos últimas ideas

Para finalizar, quiero decirte dos cosas. Primero, a veces queremos algo, demasiado. Puede ser algo bueno, pero estamos muy aferrados a ello, y cuesta mucho entregarlo. Podemos tener un plan que queramos defender a capa y espada, aunque veamos las dificultades que parecen señalarnos que ese plan tan espectacular… quizás no sea, finalmente, tan espectacular.

Se nos hace evidente —aunque queramos convencernos de lo contrario— que Dios tiene, en cambio, otra idea. Para estos casos, leí una frase que podría ayudarte: «Te doy permiso Señor de que tomes lo que yo no tengo fuerzas para entregar».

Y en segundo lugar, aunque no sea fácil o divertido renunciar a lo que uno ideó o se propuso inicialmente, recordemos que no todo es dolor y sufrimiento, aunque estos aparezcan a veces. Y aunque los haya estos pueden transformarse en una alegría más sobrenatural.

Como dijo Jesús a santa Brígida: «Mis caudales y tesoros están cercados de espinas, basta soportar las primeras punzadas, para que todo se trueque en dulzura». Confiemos en Él, en su consejo, y en que siempre, siempre, siempre, hay una Pascua.

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