El video que quiero compartir hoy, es muy especial, me recuerda a mi abuela. Ella era una mujer hermosa en todo el sentido de la palabra, su porte imponente y su mirada fuerte de un verde profundo como las olas del mar, hacían que no pasara desapercibida por donde transitara. De un carácter intenso, siempre feliz de estar viva y con un sentido del humor que por fortuna, varios de sus descendientes hemos heredado.

Me enseñó que, a pesar de las épocas duras siempre había una buena razón para celebrar y estar alegres de estar vivos. Solía empezar sus días con una plegaria y terminar las noches de igual manera. Aún recuerdo cuando sentadas en las escaleras me repetía la oración del Niño Jesusito mientras juntaba mis manitas pequeñas. Llevaba la costura en la sangre, bordaba como un ángel. Aún la recuerdo moviendo la cabeza con resignación cada vez que observaba mis bordados o mis tejidos. Nunca fue mi fuerte.



Como buena abuela, tenía la capacidad de hacer creer a cada uno de sus nietos que era el preferido. Debo confesar que en realidad la preferida era yo y solo yo (no se lo digan a mis primos…ni a mis hermanos).

Crecer a su lado fue toda una aventura, filósofa por naturaleza y apasionada de la vida, sus historias y anécdotas le han dado a nuestra vida un color que aún resplandece en cada uno de sus hijos y sus nietos. Amaba los libros, las películas de suspenso y la música de Barry White. Soñaba con viajar por el mundo y conocer las pirámides de Egipto. De una fortaleza admirable sacó adelante a sus 7 hijos y más de una decena de nietos aún vivimos bajo su leyenda.



Con el tiempo mi abuela empezó a perder su memoria, a olvidar fechas, y a repetir las cosas una y otra vez. Se desorientaba con facilidad, poco a poco esa fortaleza de sus ojos se fue apagando y el verde de las olas del mar se convirtió en apenas un verde musgo como el de aquella laguna insomne. A veces se sentía perdida y desconfiaba del que tenía al lado. La última vez que la vi con vida, por un minuto creí volver a ver ese fulgor que duró apenas unos instantes para después, volver a ese mundo que solo ella conocía. A sus recuerdos, a ese tiempo que parecía tenerla atrapada.

«The head vanishes» (La mente que desaparece) es un corto de Franck Dion que nos trae una historia familiar, inspirada en su bisabuela, nos habla del duro golpe emocional que representa ver a un ser querido deteriorarse de esa manera.  

Un ser querido extraviado en sus pensamientos

No puedo dejar de identificarme con la historia, ver a un ser tan extraordinario apagarse así, no ha sido una experiencia fácil y, sin embargo, nos ha servido de tanto como familia. Cuidarla ha sido duro. El cuidado hacia los ancianos requiere tanta abnegación.

No es solo el deterioro físico. Más fuerte y exigente, creo que es el enfrentar la pérdida, entendida como el extravío de tu ser más querido, en la profundidad de sus pensamientos. Ese intercambio de roles, ser el cuidador del que algún día fue casi tu guardián. ¡Qué difícil no sentirte reconocido!, cómo no extrañar el cariño, las palabras dulces y la mirada, esa mirada de amor profundo que de pronto se transforma en una mirada de desconfianza y angustia.

Es válido preguntarse una y mil veces el por qué de este final. Una y mil veces no tendremos respuesta, y sin embargo entendemos que en el amor todo tiene un sentido. Y que esa vejez, ese cuerpo deteriorado, esos ojos que ya no me reconocen y esos brazos que ya no me abrazan, aún me enseñan de amor. Todavía mantienen una familia unida que se desvive por darle lo mejor y retribuir todo lo que con su vida nos ha dado.

El cuidado de nuestros ancianos o abuelos, es duro, pero con paciencia, de la mano de Dios y por qué no, con el humor que el corto nos presenta, se vuelve más llevadero.

La vejez nos llegará a todos

Y el temor ante ella y sus consecuencias es algo ineludible. Recordemos que la vida vale la pena vivirla, que siempre tendrá un valor incalculable, y que aunque parezca que no aporta nada, siempre va a dejarnos una riqueza inimaginable: la alegría de haber amado…hasta el extremo.

«La calidad de una sociedad, quisiera decir de una civilización, se juzga también por cómo se trata a los ancianos y por el lugar que se les reserva en la vida en común». (Benedicto XVI)

Si estás al cuidado de tus padres o abuelos, te invito a verlos con amor, hoy más que nunca. A ofrecerle a Dios cada sacrificio que haces y a susurrarles al oido cuánto les quieres. El sufrimiento es un misterio profundo que merece la mayor reverencia, no es algo que podamos entender a la primera o despreciar simplemente. Por eso te invito a participar en la conferencia online «Aprender a sufrir bien», allí encontrarás algunas pautas para entender su significado y poder.