Hoy quiero hablar de esa nostalgia que se siente al estar lejos de casa. De lo que otras personas sienten cuando llegan a tierras extranjeras y de cómo todos añoramos «volver a casa». Partiendo de la película «De Acá a la China», de la que hablaré con detalle más adelante y cuyo trailer encontrarán más abajo. No sin antes adentrarlos en el origen de los hechos.

En la República Argentina, las políticas migratorias han sido históricamente muy flexibles. Tenemos un país gigante y muy poca población, así que nuestras puertas estuvieron tradicionalmente abiertas. A tal punto que nuestra Constitución Nacional comienza diciendo «[…] con el objeto de constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino: invocando la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia: ordenamos, decretamos y establecemos esta Constitución, para la Nación Argentina».



Somos un país de puertas abiertas, al punto que tenemos un apodo con el que reconocemos a nuestro país como un «Crisol de Razas», es decir un lugar que asimila sin dificultades a las personas de los más variados orígenes. Entre mis bisabuelos, dos eran italianos, tres criollos, una croata, un vasco-francés y un francés. Nos jactamos de ser un cóctel de sangres y culturas. Desde la década de 1870 aproximadamente hemos tenido distintas oleadas migratorias que incluyeron mayormente Italianos y españoles, pero hay grandes comunidades de otras nacionalidades y orígenes.

Rusos, polacos, galeses, ingleses, portugueses, brasileños, y durante este siglo también hemos abierto las puertas a nuestros hermanos latinoamericanos, con comunidades muy grandes de paraguayos, bolivianos, chilenos, peruanos, venezolanos y un prolongado etcétera. La asimilación de estas comunidades extranacionales fue casi inmediata siempre, al punto que los hijos de inmigrantes se consideraban inmediatamente argentinos. El abanderado de la Bandera Nacional en el colegio donde mi padre hizo la primaria entre 1935 y 1941 era hijo de españoles, y estaba orgullosísimo de poder portar la bandera de «su» país.



La historia reciente

De las más recientes inmigraciones, una que comenzó a llamar la atención fue la inmigración asiática. Desde 1980 en adelante, aproximadamente, comenzó a llegar al país una «oleada» de inmigración desde la República Popular China. En total fueron alrededor de 120.000 personas, según algunas estadísticas, los ciudadanos chinos que se radicaron en nuestro país desde 1980. Y su asimilación es, como en casi todas las otras comunidades que vinieron a nuestro país, excelente. Una compañera mía de la facultad tomaba mate y hablaba con todos los modismos normales de una chica argentina de 18 años, con un ligero acento, ¡Pero hacía menos de 4 años que vivía en Argentina! ¿Y por qué comenzó a llamar la atención? Porque muchos, muchísimos de ellos comenzaron a dedicarse al comercio minorista, especialmente al comercio minorista de alimentos.

Y como tenían una cultura del trabajo muy tenaz, y tenían una perseverancia a prueba de todo, sucedió lo que tenía que suceder: los pequeños comercios de inmigrantes chinos comenzaron a prosperar, y a desplazar a los comercios argentinos que no podían competir con la organización y el control que esgrimían los chinos. Las pequeñas tiendas se convirtieron en «mercaditos» y luego en supermercados, supermercados «chinos» para más seña, y luego, por comodidad y apócope, en «Chinos» directamente. «Me voy al Chino» pasó a ser sinónimo en todo el país de «me voy al supermercado chino».

Aprendiendo a convivir

La asimilación no siempre fue fácil: los «argenchinos» aprendieron algunas de nuestras costumbres, como dije, pero no siempre nosotros nos adaptamos a algunas de las costumbres que ellos trajeron de sus tierras. Y los pequeños comerciantes barriales, sobre que ya tenían una competencia despiadada de las grandes cadenas de supermercados, fueron dejados de lado por la competencia de los «chinos». Entre los antiguos comerciantes barriales, hay un cierto rencor y encono. De ese «rencor» parte la idea de la película que me toca comentar hoy. Cuenta la historia de Facundo, un argentino que decide irse del país y elige como destino la provincia de China de donde vinieron más inmigrantes hacia Argentina, con el fin de fundar un supermercado allí. ¿A quién se le ocurre semejante locura? A una particular venganza: su padre tenía una pequeña tienda en la década de 1980, que quedó fuera del negocio por la «invasión china».

Con base a este deseo de venganza, Facundo se traslada a China y trata de abrir, con la ayuda de un amigo un supermercado argentino en China. En su mente, la venganza sería dulcísima cuando, en lugar de darle «el vuelto» de las compras a los chinos, en lugar de darles monedas o billetes de baja denominación, les daría caramelos, tal como hacen muchos de los chinos en Argentina cuando las monedas escasean.

¿Venganza? No tanto

En la película, Facundo comienza a descubrir que la tan dulce venganza que le llevó tanto tiempo y esfuerzo planificar no le «rinde» los frutos que esperaba. Más que una dulce venganza, descubre, poniéndose en el lugar de aquellos a los que pretendía «castigar» con su ridículo esfuerzo vengativo. Y a partir de ese momento comienza una epifanía: no es fácil irse del propio país. No es fácil emprender un comercio en una cultura ajena. No es fácil asimilarse. Nada es fácil para el migrante, especialmente si hay una barrera idiomática. Estar lejos de la familia, en una cultura que no se comprende y que cuesta asimilar. Cambiar las propias costumbres para poder ser parte de una sociedad que en el fondo tiene una aceptación dificultosa de la realidad del migrante.

En todo ese descubrimiento, Facundo comienza a percibir que en su valoración de sus supuestos enemigos, los «chinos», había personas, con sueños, inquietudes, deseos y sobre todo, con historias terribles que dejan atrás y con futuros inciertos que los amenazan adelante. La valentía de los migrantes para dejar todo lo conocido y lanzarse a la aventura en una tierra desconocida, con un lenguaje distinto, y con leyes, costumbres e idiosincrasia completamente diferentes a lo que se vivió hasta el momento de tomar la difícil situación de emigrar.

¡El migrante es mi hermano!

Detrás de toda decisión de migrar hay una historia, muchas veces terrible. Historia de privaciones, de persecución, de guerra, de tristezas, pero al mismo tiempo hay una luz de esperanza, de crecimiento, un anhelo de superación y muchas veces un profundo amor por la familia, por los esposos o los hijos, que nos llevan a «lanzarnos al vacío» para buscar un futuro mejor para los que amamos.

El Papa Francisco dijo en la inauguración de la jornada para migrantes y refugiados:

«Cada forastero que llama a nuestra puerta es una ocasión de encuentro con Jesucristo, que se identifica con el extranjero acogido o rechazado en cualquier época de la historia (cf. Mt 25,35.43). A cada ser humano que se ve obligado a dejar su patria en busca de un futuro mejor, el Señor lo confía al amor maternal de la Iglesia. Esta solicitud ha de concretarse en cada etapa de la experiencia migratoria: desde la salida y a lo largo del viaje, desde la llegada hasta el regreso. Es una gran responsabilidad que la Iglesia quiere compartir con todos los creyentes y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que están llamados a responder con generosidad, diligencia, sabiduría y amplitud de miras —cada uno según sus posibilidades— a los numerosos desafíos planteados por las migraciones contemporáneas».

Y allí está la clave: tenemos que ver en el migrante a «otros cristos», a una persona que necesita de nuestra comprensión, nuestro cariño, nuestro respeto y muchas veces de nuestra compañía. En esta época en la que hay tantas migraciones internas en América Latina, donde las desgracias nacionales, los enfrentamientos entre hermanos y las malas políticas hacen que las fronteras sean cada vez más difíciles de atravesar, tenemos que tender una mano generosa al hermano migrante y darle la posibilidad de crecer y desarrollarse en nuestra tierra si nuestro país tiene mejores condiciones de vida.

Ofrecer nuestro «terruño» a los desterrados

La patria chica, el terruño al que uno ama, muchas veces queda desplazado por estas circunstancias difíciles. No olvidemos que Nuestro Señor fue migrante en Egipto por persecución «política» del infanticida Herodes. Hay que darle la bienvenida al migrante de forma tal que no se sienta desplazado, sino que pueda sanar sus heridas y hacer su propio «terruño» en las tierras distantes, en nuestra propia tierra. Para ello, tenemos que dejar de mirarlo con desconfianza, y reconocer en él al hermano perdido, al hijo pródigo que intenta volver a su padre, al necesitado que nos interpela con su necesidad.

Si esta acogida fuera posible, si viéramos en el migrante a alguien con necesidades que podemos ayudar a satisfacer, entonces sería muy distinta la cuestión migratoria para aquellos que necesitan migrar y para aquellos que reciben también, porque ¡Hay más alegría en dar que en recibir! (Hch, 20,35).

Veamos a cada migrante como una oportunidad, como dice el Papa Francisco, a cada desterrado como un hermano, y Nuestro Padre nos va a recibir en la Patria Celestial después de este destierro, junto con Nuestra Madre que nos mostrará a Jesús, Fruto Bendito de Su Vientre. ¡Amén!