Recuerdo que en una ocasión me llamó un antiguo compañero de trabajo para saber qué era de mi vida. Y es que me había trasladado por motivos laborales a su ciudad natal. Estuvimos charlando de muchas cosas, especialmente de cómo le iba la vida a cada uno.

De las diferencias de vivir en un lugar o en otro, desde el punto de vista económico, ya que la ciudad en la que estaba mi amigo el nivel de vida era francamente más gravoso para un salario medio. Profundizando más en nuestra conversación, nos sorprendía dónde iba a parar todo nuestro esfuerzo laboral y profesional. Que era vivir de la forma más sencilla posible, pues los alquileres y demás gastos del día a día menguaban nuestras posibilidades de disfrutar más de la vida que llevábamos. Se podía decir que vivíamos para trabajar más que trabajábamos para vivir.



Un encuentro que alimentó el alma

En una de mis últimas salidas en bicicleta por el monte, coincidí en el tren con otro ciclista como yo y la conversación que mantuvimos me dió qué pensar. Tengo que aclarar que soy un «biker» muy discreto. Primero por la edad, que influye en cierto modo la condición física. Y luego por el hecho de haber tenido algún que otro batacazo, en forma de rotura del brazo, que hace que te tomes los paseos con discreción, prudencia y tranquilidad.



El caso es que en el tren me encontré a Miguel, con el que realicé una estupenda ruta de 47 kilómetros, acompañado de su sabia conversación. Me comentó que era tornero, una ocupación con la que gana lo suficiente para vivir. Y que le encanta el campo y la naturaleza. Sale todos los fines de semana si no hay causa mayor que lo impida. Bien en bicicleta de montaña o haciendo senderismo con su novia y resto de amigos con los que comparte esta sana afición.

Su ilusión es hacer el «centenario», que consiste en subir cien cumbres de la provincia, casi todas de mediana altitud. Ello le ha hecho llevar una vida ordenada, le gusta levantarse pronto por las mañanas, por lo que cuida la hora de acostarse, para poder disfrutar del mayor número de horas de luz en sus salidas. No tiene televisión en casa porque apenas la ve, y para eso «mejor no tenerla». Este es Miguel, con quien me encontré en una salida con la bici de montaña.

La vida y el ejercicio

Lo relatado son dos realidades bien contrapuestas que me han hecho reflexionar sobre la vida y el ejercicio de la libertad en los tiempos actuales. Como dice Jutta Burggraf en su libro «La libertad vivida»: «Las personas somos libres a pesar de las circunstancias adversas en las que nos podamos encontrar y vivir; y siempre podemos ejercer esa libertad para librarnos de la tiranía que pueden ejercer esas lazos, circunstancias de nuestra vida, que nos tienen atados a tantos cosas que impiden que podamos gozar de nuestras profundas elecciones».

Eso es lo que hacen personas como Miguel y tanta otra gente, una opción por vivir disfrutando de las cosas que más les gustan y llenan, disfrutando del magnífico entorno que Dios ha puesto para nuestro gozo.

Por ello he querido hacer unas breves consideraciones sobre lo positivo que es disfrutar de nuestra vida, haciendo lo que más gusta, de manera libre, descubriéndolo en la naturaleza que nos rodea.

1. Descansar en espacios verdes está asociado con la longevidad y la disminución del riesgo de enfermedad mental, según algunos estudios. Si somos un poco curiosos, veremos a gente en «edad de jubilación» paseando por el campo los días de fiesta.

2. Se tiene menor sensación de fatiga (percepción del esfuerzo). El medio ambiente provee a nuestro sistema nervioso de diversos estímulos agradables que sirven de distracción y reducen la conciencia sobre las emociones negativas.

3. Beneficia nuestra salud psicológica, ya que desde los primeros minutos de ejercicio al aire libre,  nuestro estado de ánimo y autoestima, cambian.

4. Mejora nuestro manejo del estrés. Y es que los marcadores endocrinos relacionados con el estrés como la adrenalina, noradrenalina y cortisol, caen después de estar en contacto con la naturaleza.

5. Tener cabeza, ser prudentes en los entornos naturales. Significa ser conscientes en todo momento de nuestros límites. Claro que es bueno ponerse metas, pero que sean asumibles y no demasiado ambiciosas, pues el sobreesfuerzo y la posible decepción por no llegar, pueden tener consecuencias negativas.

6. Compartir nuestro descanso. No olvidarse que somos seres sociales y que tenemos tendencia a reunirnos en equipo a practicar lo que nos gusta. Compartir aficiones e intereses aporta un efecto positivo en la felicidad de las personas.

7. Piensa y reflexiona. La naturaleza y el aire libre son el lugar más adecuado para pensar en la trascendencia de nuestra vida. Como cuenta una montañera en su blog, Pilar del Moral, «En mi primera cumbre me di cuenta de lo insignificantes que somos y empecé a valorar aquellos pequeños detalles que antes pasaba por alto».

Nada mejor que una buena cima, después de recorrer un sendero entre hayas, pinos y eucaliptos, para contemplar la belleza que nos rodea y contemplarnos como criaturas pequeñas e indefensas, que buscan esa explicación al afán de plenitud que llevamos dentro, y que las circunstancias de nuestro día a día no nos saben dar.

«Exaltad siempre todo lo que es auténticamente bueno, mediante un leal testimonio de los valores exigidos por el auténtico deporte; y no temáis dar a conocer, con serenidad y equilibrio, al mundo de vuestros admiradores los principios morales y religiosos en los que se debe inspirar toda vuestra vida». (San Juan Pablo II)

Te invito a recordar cuando fue el último viaje que realizaste solo o en compañía de tus amigos y familiares. Si ha pasado mucho tiempo sin que tengas contacto con la naturaleza, tal vez ya sea hora. ¡Anímate a encontrar el reflejo de Dios en su creación y a encontrar paz y tranquilidad en medio del ajetreado mundo en el que vivimos!😉