Este video habla de las tradiciones que pasan de generación en generación. De manera semejante, encontramos que los antiguos realizaban un rito llamado «traditio lampadis», «transmisión de luz», que consistía en la simbólica entrega de una «antorcha» de parte de un maestro (o padre de familia) a uno de sus discípulos para que lo sucediera en su tarea. En el caso de la academia se elegía normalmente a aquel discípulo que había heredado o incluso superado la gloria del maestro. Este gesto era de crucial importancia, pues indicaba en el fondo la necesidad de una fidelidad en la comunicación de la sabiduría pasada, pues de ella dependía a su vez la preservación de la cultura de una generación a la otra. En latín la palabra tradición, de hecho, viene del verbo «tradere» que significa entregar, transmitir, y en griego «paradothésomai»: literalmente equivale a «mano a mano», o en otras palabras, se trata de pasar de mano en mano la sabiduría de los antepasados. En esa línea, el video de hoy cristaliza todos estos elementos en el preciso gesto de entregar la llave de la viña, de mano en mano, a las nuevas generaciones.



La generación sucesiva debe amar la tradición precedente

Ahora bien, para que esto sea posible, la generación sucesiva debe asumir, aprender y amar la tradición precedente. Esto lo podemos constatar en la hermosa imagen del abuelo que se regocija al contemplar a su hijo mientras enseña a su nieta a gustar el buen perfume de las uvas, a caminar y disfrutar de la belleza del viñedo. De otro modo, si esto no sucede, es imposible que se dé una continuidad en la transmisión. Es obvio: Si esto no ocurriese, la historia sería muy diferente.

Si el abuelo al contemplar desde su ventana no viese a nadie que enseña y transmite la sabiduría a la generación sucesiva, entonces no podría bajar a la cava donde guarda las botellas para recordar con gratitud el pasado y proyectar con esperanza su mirada hacia el futuro, ya que faltaría el nuevo eslabón que permite y da vida al proceso de continuidad. Entonces, si falta, la posibilidad de entregar la llave se vería en riesgo y el regocijo se trocaría en congoja y desesperación. ¿Y si la llave cayese en el olvido para siempre? ¿Y si no llega nadie que la reciba…Quién abrirá la puerta para poner en marcha la prensa de vino y continuar con la tradición?



Analogía de la historia de la humanidad 

Por supuesto, este video es también una analogía de la historia de la humanidad, que para nosotros cristianos es siempre una historia de salvación. Del mismo modo, podemos decir que Dios, cual viñador, ha educado con una paciente pedagogía divina a las generaciones para que pudiesen asumir, aprender y amar la progresiva luz de su revelación, y así luego pudiesen transmitirla a través de ritos y fiestas a las generaciones posteriores. Sin embargo, al contemplar desde su ventana el buen Padre, no siempre nos encontró respondiendo y transmitiendo con fidelidad los dones de su alianza. El profeta Isaías así denunciaba esta interrupción de la cadena de las generaciones:

«Voy a cantar a mi amado la canción de mi amigo a su viña: Mi amado tenía una viña en una loma fértil. La cercó con una zanja y la limpió de piedras, la plantó de cepas selectas, construyó en medio una torre, y excavó un lagar. Esperó a que diera uvas, pero dio agraces. Ahora, habitantes de Jerusalén y hombres de Judá: juzgad entre mi viña y Yo. ¿Qué más pude hacer por mi viña, que no lo hiciera? ¿Por qué esperaba que diera uvas, y dio agraces? Pues ahora os daré a conocer lo que voy a hacer con mi viña: arrancaré su seto para que sirva de leña, derribaré su cerca para que la pisoteen, la haré un erial, no la podarán ni la labrarán, crecerán cardos y zarzas, y mandaré a las nubes que no descarguen lluvia en ella.  Pues bien, la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel, y los hombres de Judá, la cepa de sus delicias. Esperaba juicio y encontró perjuicios, justicia y encontró congoja.» (Is 5,1-7)

La magnífica canción de la viña nos recuerda cuántas veces la humanidad no ha sabido acoger con amor y responsabilidad el don del Señor. Aún así, la transmisión ininterrumpidamente no cesó, no tanto como decíamos por la fidelidad de los hombres, que en tantas ocasiones traicionaron al Señor, cuanto más bien por la fidelidad infinita del mismo Dios que renovó sin escatimar una y otra vez su alianza de amor porque el Señor que es siempre bueno y eterna es su misericordia (Cfr. Sal 117). Sin embargo, los hombres no eran capaces de ser fieles a su alianza, y ante sus fracasos continuos rezaban al Señor: «¿Hasta cuándo, Señor de los ejércitos, vas a desconsiderar las oraciones de tu pueblo? […] ¡Oh Dios de los ejércitos, restablécenos, haz brillar tu faz y sálvanos! Tenías una viña que arrancaste de Egipto, para plantarla, expulsaste naciones. Delante de ella despejaste el terreno, echó raíces y repletó el país. De su sombra se cubrieron las montañas y de sus pámpanos, los cedros divinos. Extendía sus sarmientos hasta el mar y sus brotes llegaban hasta el río. ¿Por qué has destrozado sus cercos? Cualquier transeúnte saca racimos, el jabalí de los bosques la devasta y los animales salvajes la devoran. ¡Oh Dios de los ejércitos, es hora que regreses; mira desde lo alto del cielo y contempla esta viña que tu diestra ha plantado, y protégela!» (Sal 80)

El origen, la raíz y la esencia de Jesús que es Dios

Escuchando nuestras súplicas decidió entonces Dios enviar a su propio Hijo para llevar a su plenitud esta frágil y amenazada sucesión. Así la Luz que era con Dios desde el principio fue enviada en la plenitud de los tiempos para constituir la irrevocable «transmisión de luz», poniendo su morada en medio de nosotros, iluminando así definitivamente las tinieblas de nuestro mundo, que es la viña del Señor. Porque «todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada. Lo que se hizo en ella era la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron». Y aún cuando «era la luz verdadera que ilumina a todo hombre, viniendo a este mundo», «el mundo no la conoció». Sí «Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron». Aún así, a pesar de esto, «a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no nacieron de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre sino que nacieron de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Unigénito, lleno de gracia y de verdad». (Cfr. Jn 1, 1-28)

El Prólogo de San Juan nos recuerda una cosa fundamental: El origen, la raíz y la esencia de Jesús que es Dios, se engarza con la historia de la humanidad y por ende con la historia personal de cada uno de nosotros. También Mateo y Lucas, por su parte nos lo confirman, en los primeros capítulos de sus evangelios (Cfr. Mt 1,16-Lc 3,23) que Dios ha venido ha transfigurar con su luz nuestras generaciones, que remontándose hasta Abraham o incluso hasta Adán, continuaban pasando la tradición en la espera que llegase el Salvador.

Lo que nos quieren transmitir los evangelistas con un sentido teológico, cargado de dramaticidad, es que yendo hacia los orígenes de la creación y pasando por los grandes personajes de la historia de Israel, entre los cuales encontramos también grandes pecadores, encontramos al Señor como Alfa y Omega que unifica para siempre los eslabones de las generaciones con Dios. Sí, porque ha venido a asumir, a aprender y a amar toda nuestra genealogía, toda nuestra historia y su tradición (con sus fracasos y traiciones incluidas), para purificarla, salvarla y reconciliarla otra vez con Dios. Como intuía con profunda belleza Guardini en su libro «El Señor: «En los largos años de silencio que pasó en Nazaret, Jesús debió de meditar más de una vez en estos nombres. ¡Con qué profundidad debió de sentir entonces lo que significa «historia humana»! Todo lo que esta tiene de grande, de fuerte, de confuso, de miserable, de oscuro, de perverso, todo lo que amenazaba su existencia y bullía a su alrededor tenía que asumirlo, presentarlo a Dios, y responder de ello ante Él».

La historia de las familias se transmitía a través de las tradiciones 

Para la gente de aquella época además, las genealogías no eran una cuestión accidental, porque de alguna manera incidía directamente en la identidad misma de la persona que era mucho más colectiva e involucraba también a los antepasados (algo que se ha perdido mucho en nuestra sociedad que tiende al individualismo). Esto incluso tenía una especie de carácter casi sagrado, por ejemplo, «las genealogías de las familias nobles se conservaban en el archivo del templo. Sabemos que Herodes mandó destruir muchos de esos documentos porque era un advenedizo y quería hurtar al orgullo de las antiguas familias la posibilidad de compararse con él» (Cfr. R. Guardini, El Señor, Ed. Cristiandad, 38).

La historia de las familias, de los pueblos y naciones se transmitía con mucha reverencia a través de las tradiciones, porque en gran medida nos ayudan a entender y a responder a las preguntas fundamentales de la existencia: ¿Quién soy? Y según esto ¿A dónde voy? En ese sentido, la Buena Noticia (Evangelio) que la Iglesia celebra y pasa de mano en mano a través de las generaciones y los siglos, es justamente este increíble advenimiento: que la transmisión de la Luz, del Amor y de la Vida, han llegado a su plenitud, porque la Luz, el Amor y la Vida misma de Dios se han hecho carne en Cristo, el cual entrando en el tejido de nuestras genealogías e historia nos dona otra vez la posibilidad de ser hijos de Dios.

Las preguntas ¿Quién soy? y ¿Dónde voy? ahora se enmarcan en esta nueva condición. La «traditio apostólica» de la Iglesia, no es otra cosa que la transmisión de la experiencia de fe, de esperanza y de amor, que nacen de constatar este don increíble e irrevocable de la infinita Misericordia de Dios. Esta tradición que pasa de generación en generación, continua gracias a aquellos que hacen vida esta noticia con su testimonio de Amor y su anuncio de esta Verdad. Es decir, quienes viven en la libertad de los hijos de Dios por la cual podemos clamar ¡Abba, Padre! (Rom 8, 15).

No es tampoco una casualidad que la palabra apóstol en griego signifique «enviado», porque a partir de este evento maravilloso de la encarnación, pasión, muerte y resurrección de Cristo, las generaciones son enviadas a pasar de mano en mano esta llave que es Cristo. Llave que puede abrir la puerta de la prensa mística donde el Vino se transforma en su Sangre. Sangre preciosa del Cordero sin mancha que nos lava de nuestros pecados y abre los sellos de la Historia (Cfr. 1Pe1,19-Apo 5, 1-5), permitiéndonos dar frutos de vida eterna. Solo en Él podemos producir ese vino nuevo que renueva la Viña y reconcilia la historia, porque «Él es la vid verdadera, y su Padre es el viñador» y nos enseña que: «Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos». (Jn15, 1-8)