¿Cómo contribuir al cambio social, y no a cualquiera sino a uno verdadero? Muchos países de Latinoamérica (y del mundo) están atravesando crisis políticas muy fuertes. Esto, sumado a la pandemia, trae un escenario difícil y casi desesperanzador para muchos a todo nivel.

La corrupción es un mal real, un peligro constante para nuestras naciones. Frente a un poder nefasto tan grande, nosotros, los ciudadanos, algunas veces nos sentimos impotentes y con ganas de rendirnos.

¿Hay algo que desde nuestra pequeñez podamos hacer y signifique? Solemos sentir que frente a tales injusticias y poderes tan enormes, lo que hagamos por nuestra cuenta no sirve o no tendrá impacto.

Si nos compramos esta idea, es decir si empezamos a creerla como real, lamento decir que estaríamos actuando como aquél que escondió el talento que le dio el Señor. Todos podemos y tenemos el deber de hacer el bien con lo mucho o poco que nos ha sido dado.

Todos tenemos una responsabilidad moral con nuestra sociedad. Se hace efectiva de una manera tangible en las elecciones gubernamentales, pero definitivamente no se queda ahí.

Es algo constante que se manifiesta en el día a día en cada actividad que como personas realicemos. Por eso hoy te compartimos cinco cosas que puedes hacer desde ya para ser parte del cambio aunque tus gobernantes no te representen.

1. Ser fieles en lo pequeño, para ser fieles en lo grande

Los ciudadanos estamos obligados a proceder de acuerdo con las leyes que rigen nuestras naciones. Como cristianos, nuestras acciones deberían apuntar hacia la búsqueda del bien común en la medida de nuestras posibilidades y capacidades.

Amar a Dios y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, tiene que ver también con nuestro papel dentro de la sociedad. El amor al prójimo, que se vive en primer lugar dentro de nuestro hogar, hay que vivirlo a través del servicio a los demás y al proceder recto y justo dentro de la sociedad.

El amor al prójimo implica vivir con verdad, honestidad, responsabilidad y respeto por el otro, servicio, entrega, perdón, justicia. Por lo tanto, no podemos menospreciar el actuar personal dentro de la sociedad, es demasiado valioso.

2. La educación, la puerta para una sociedad próspera

Para ser hombres y mujeres que apunten al bien y contribuyamos a nuestra sociedad, a nuestra nación, necesariamente tenemos que formarnos.

Como cristianos, formarnos en la fe, una formación que pasa primero por una relación personal con Dios, el estudio de las Escrituras y el magisterio de la Iglesia. 

Como ciudadanos, también necesitamos formamos. Desde pequeños con la educación cívica que aprendemos en el hogar y en la escuela, y de adultos siendo responsables e interesándonos en conocer la historia de nuestras naciones. Aprendiendo de ella, sobre todo a no cometer los mismos errores. 

Así también necesitamos conocer las leyes, nuestros deberes y derechos. Solo así podremos apuntar a ser ciudadanos respetuosos del orden y del bien común. Un bien que no significa lo que quiere la mayoría, sino uno que tiene que ver con el orden natural de las cosas.

Es decir el bien de la persona humana, aquello que nos hace cada vez más humanos, un bien que se distribuye casi de manera personal.

El bien común no es la suma de los bienes particulares (ni lo que diga la mayoría), más bien tiene que ver con las relaciones que forjamos entre los seres humanos: parte de mi bien es que los otros también estén bien.

3. Aprender a dialogar para escuchar y no para responder

La educación pasa no solo por aprender a leer y escribir, también pasa por aprender a dialogar y sobre todo a escuchar al otro tratando de entender y no solo tratando de responder.

Aprender a discrepar con respeto y tender puentes, es clave para ir construyendo una sociedad orientada hacia las elecciones democráticas responsables a todo nivel. 

4. Apuntar al bien no se trata de ser idealista

¿Cómo contribuir al cambio social? Acciones concretas

Al hablar de un bien común verdadero, sobre todo hoy que el relativismo abunda, no solo es complicado, sino que a ojos de muchos imposible. El bien y la verdad se convierten en conceptos y no en realidades alcanzables. La excusa, la bajeza del ser humano.

Es cierto, el ser humano es un ser roto, herido, con tendencia a corromperse «y a querer ser como dioses». Y aún así, esta realidad de ninguna manera se contrapone con la posibilidad de lograr el bien y conocer la verdad. Como cristianos tendríamos que tener esto claro. Hace más de 2000 años que nos regalaron esta posibilidad en una cruz.

Así como tenemos una tendencia a corrompernos, tenemos una capacidad también de orientarnos al bien. Rotos, como estamos, llevamos dentro la huella de nuestro creador. Una huella fuerte, que nos llama, que hará que estemos inquietos hasta no descansar en Él. 

Nuestra inteligencia y voluntad pueden ser orientadas al bien por decisión propia (elegimos libremente) y más aún si pedimos y contamos con la asistencia de Dios.

5. ¿Qué puedo hacer en concreto?

¿Cómo contribuir al cambio social? Acciones concretas

No enterremos el talento. No nos compremos la idea de que no podemos hacer nada. Hagamos uso de lo que nos ha sido dado en cada ámbito donde nos desenvolvamos. Multipliquemos esos dones y talentos que nos ha dado el Señor

Algunos ejemplos de cómo proceder los podemos encontrar en estas simples acciones del día a día: hablar con la verdad, nunca robar ni apropiarse de lo ajeno. Educar a los hijos con coherencia y liderando con el ejemplo.

Trabajar arduamente y proceder con justicia. Escuchar al otro con respeto, levantar al caído, más aún si es tu enemigo. Perdonar, no guardar rencor ni buscar venganza. Tratar con cordialidad y mirar en el otro a un hijo amado por Dios.

Servir a los demás. Formarse constantemente, la libertad empieza por ahí, amar, el amor todo lo puede. Solo así contribuiremos como decía san Juan Pablo II, con una sociedad más justa, más fraterna y más reconciliada.

«La caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo, porque no es un sentimiento estéril, sino la mejor manera de lograr caminos eficaces de desarrollo para todos». (Papa Francisco, Fratelli Tutti)