pareja perfecta

Escucho a muchas jóvenes hablar de encontrar a su «san José» y, cuando comenzamos a describirlo, aparece una lista casi interminable: que sea creyente, trabajador, detallista, responsable, divertido, maduro, atractivo, emocionalmente estable, buen conversador, comprometido con la Iglesia, con proyectos, con valores, que rece, que quiera formar una familia… ¡y que además tenga química conmigo! No está mal saber qué buscamos, pero quizá conviene preguntarnos si, en la búsqueda de la pareja perfecta, se termina construyendo una persona que solo podría existir en la imaginación.

Porque cuando se espera encontrar una pareja perfecta, se puede terminar descartando personas reales por no cumplir una lista idealizada; y cuando se persigue una pareja perfecta, se corre el riesgo de olvidar que también cada persona llega a una relación con defectos, heridas, límites y una historia que el otro tendrá que aprender a amar.

¿De verdad se necesita una pareja perfecta?

Hace poco escuché una conversación de María Calvo sobre la elección de pareja que me dejó pensando. Su propuesta parte de algo muy sencillo: una persona puede ser una buena candidata para compartir la vida cuando se cumplen tres condiciones: que te guste, que te convenga y que no te necesite.

La primera puede parecernos evidente, pero no siempre la tenemos en cuenta cuando hablamos del amor cristiano.

A veces, con la intención de buscar una relación «con valores», podemos terminar hablando del noviazgo como si fuera una especie de proceso de selección: revisar características, comparar candidatos y comprobar si cumplen los requisitos establecidos.

Pero hay algo que una tabla de Excel nunca podrá medir: la atracción.

Es importante que la otra persona nos guste. Que haya alegría al encontrarnos, deseo de compartir, admiración, ternura, ilusión. Las famosas «mariposas» no son una garantía de que una relación vaya a funcionar, pero tampoco tenemos que avergonzarnos de sentirlas.

El cristianismo no pide elegir a una pareja como quien selecciona un producto con las mejores especificaciones técnicas.

La persona que se va a amar no es un proyecto que debe cumplir perfectamente nuestras expectativas, es ante todo una persona.

¿Pareja perfecta? Que te guste, que te convenga… y que sea libre

Que alguien te guste es importante. Pero no suficiente. También hay que preguntarse si esa persona te conviene.

¿Si comparten valores fundamentales? ¿Tienen una visión compatible de la familia, de la fidelidad, del compromiso, de la fe, del futuro? ¿Saben resolver los conflictos de una manera que les permita crecer?

Porque se puede sentir una enorme atracción por alguien con quien, sin embargo, sería muy difícil construir una vida compartida.

Y aquí aparece una distinción que puede ayudar mucho: no todo lo que siento es una señal de que debo elegir a esa persona.

La emoción puede abrir una puerta, pero después necesitamos entrar con los ojos abiertos. También está la tercera condición: que el otro no «te necesite».

Puede sonar extraño, especialmente porque estamos acostumbrados a escuchar que necesitamos a nuestra «media naranja». Pero amar no significa encontrar a alguien que llegue a completar aquello que me falta.

No somos mitades buscando desesperadamente la otra mitad. Somos personas completas que, desde nuestra propia historia y libertad, podemos decidir compartir la vida con otra persona.

El otro no está llamado a salvarme de mi soledad, solucionar mis inseguridades o darle sentido a toda mi existencia. Y yo tampoco estoy llamado a hacer eso por él o por ella.

Esto es profundamente importante en el amor cristiano: amar al otro no significa poseerlo ni necesitarlo para existir; significa elegirlo libremente y buscar su bien.

San José no era un personaje de Instagram

Quizá aquí podemos mirar a san José. Cuando pensamos en él, fácilmente podemos construir una imagen idealizada: el hombre perfecto, silencioso, trabajador, fuerte, piadoso, protector, paciente… Y todo eso tiene un fundamento en el Evangelio. Mateo lo llama «justo» (Mt 1, 19), y vemos en él a un hombre capaz de escuchar a Dios y actuar con generosidad.

Pero hay algo que no deberíamos olvidar: san José fue una persona real.

Tuvo que tomar decisiones concretas. Tuvo dudas. Tuvo que afrontar situaciones que no comprendía completamente. Tuvo que asumir responsabilidades que no había planeado de esa manera. Tuvo que ponerse en camino, proteger a María y al niño, trabajar y sostener una familia.

No encontramos en el Evangelio un personaje construido para satisfacer todas nuestras fantasías sobre el hombre ideal.

Encontramos a un hombre que respondió a Dios desde una historia concreta.

Y quizá esto nos ayuda también a purificar la imagen que se tiene de la pareja perfecta. Porque una cosa es tener criterios y otra muy diferente es fabricar un ideal imposible.

Necesitamos saber qué cosas son esenciales y cuáles son simplemente preferencias.

La fe, la dignidad, la fidelidad, la capacidad de compromiso y una visión compartida de la vida pueden ser fundamentales. Que tenga exactamente el carácter que imaginé, que siempre sepa qué decir, que nunca me decepcione, que comprenda cada una de mis emociones o que jamás tengamos un conflicto… eso pertenece a otro mundo.

Las mariposas no son el amor, pero tampoco son irrelevantes

Quizá algunos hemos cometido un error en el otro extremo. Después de escuchar tantas veces que «el amor verdadero es una decisión», podemos terminar pensando que los sentimientos no importan.

Entonces elegimos a alguien porque «es una buena persona», porque «nos conviene», porque «cumple todos los requisitos»… aunque en el fondo no existe ninguna atracción.

Eso tampoco parece una buena receta. El amor humano integra razón, voluntad, afectividad, cuerpo, historia y libertad. No podemos reducirlo a las mariposas, pero tampoco podemos expulsarlas de la ecuación.

La atracción puede comenzar una historia, pero tendrá que transformarse. Porque el enamoramiento es maravilloso, pero no permanece siempre con la misma intensidad. Llegarán días cansados, preocupaciones económicas, enfermedades, diferencias de carácter, discusiones, rutinas y momentos en los que el otro no se parecerá en nada a la persona fascinante que conocimos al principio.

Y ahí comienza una etapa diferente del amor. Ya no se trata solamente de «sentir», se trata de querer querer.

De decidir cuidar. De escuchar cuando sería más fácil cerrar la puerta. De pedir perdón. De volver a intentarlo. De hacer pequeños gestos de amor incluso cuando las mariposas están de vacaciones.

Eso no significa resignarse a una relación que hace daño. El amor cristiano nunca puede utilizar el compromiso como excusa para soportar violencia, manipulación o destrucción personal.

Significa algo mucho más sencillo y profundo: comprender que una relación verdadera se construye también cuando la emoción inicial deja de hacer todo el trabajo.

El amor también se construye después de la herida

Hay una imagen que puede ayudarnos a comprenderlo. Imaginemos una cuerda que se rompe. Cuando hacemos un nudo para unir nuevamente sus extremos, la cuerda queda marcada.

Pero precisamente en ese punto los extremos vuelven a encontrarse. Las relaciones también conocen rupturas, heridas y crisis.

Una pareja puede atravesar un conflicto, una decepción o una etapa difícil. No toda crisis significa que el amor haya terminado. Algunas crisis, cuando se afrontan con honestidad, diálogo y voluntad de reconstruir, pueden convertirse en lugares de crecimiento.

La pregunta no es: «¿Esta persona hará que mi vida sea perfecta?»; la pregunta puede ser: «¿Con esta persona puedo construir una vida real, con sus alegrías y dificultades, y crecer juntos en el amor?».