La paternidad está hoy bajo acecho. Por un lado, el feminismo acusa al hombre en general y a los padres en particular de una «masculinidad tóxica», y especialmente de un «patriarcado» que parece ser la suma de todos los males de la humanidad.

Por el otro, la cultura de la segunda mitad del siglo XX ha llevado a la reevaluación del rol paterno a un punto en el que todo se cuestiona. Si es un padre presente pero no le deja un «futuro» (generalmente un futuro económico) labrado a sus hijos, entonces se lo acusa por no haber sido buen padre. Y si es un padre ausente, pero que deja un futuro promisorio a sus hijos, también se le cuestiona por no haber sido buen padre.

Pero hay un problema, solamente hacen grandes fortunas los hombres que son capaces de someterse a una rutina extenuante de trabajo. Semanas de 80 a 100 horas de trabajo, constancia, esfuerzo y sacrificio logran forjar una fortuna para poder dejarle a los hijos una base económica estable.

El video de BMW que te comparto a continuación me permitió reflexionar sobre muchos temas que están ligados a la paternidad.

El problema de la paternidad

El costo de dejarles esa base económica de la que hablábamos es que no pueden compartir el tiempo que quisieran con sus hijos, ya que la rutina y el trabajo se vuelven su principal actividad. Jornadas de 14 horas de trabajo dejan muy poco tiempo para interactuar con la familia. Y ese es el precio de dejarles un futuro económico a los hijos.

No me malinterpretes: entiendo perfectamente que es mucho mejor no dejarles heridas emocionales a los hijos, pero hay padres que se han levantado de la miseria en la que los dejaron sus propios padres y su pensamiento fue el mismo que el de este niño: «yo no le voy a hacer lo mismo a mis hijos».

Y entonces trabajaron como posesos para dejarles un futuro económico sólido a los suyos. Y en ese proceso se perdieron lo que este hijo le reclama a su padre (también con razón): «No me diste lo que yo necesitaba».

Una falsa disyuntiva

Pareciera, por lo que muestra esta publicidad que solo hay dos modelos de padres: el padre que está, y el padre que no está. Y pareciera que el padre que no está, lo hace por egoísmo o por falta de interés en sus hijos, pero probablemente no sea así. Y al parecer el padre que está, el padre presente, tiene todo facilitado para poder hacerlo.

Para que el hijo de padre abandónico pueda dedicarle más tiempo a sus hijos, se «para en los hombros» del padre que dio todo para que él pueda tener una vida más holgada en lo económico. Y no parece justo que le recrimine algo a su padre, cuando disfruta de los beneficios de haberle dejado un futuro económico holgado para que él pueda dedicarle tiempo a sus hijos.

Lo que nuestros hijos necesitan

En Argentina festejamos desde 1961 el día del niño el tercer domingo de agosto, y siempre es una alegría ver a los niños con sus regalos que son un esfuerzo grande de los padres para hacerlos felices. Los niños ciertamente disfrutan de esos regalos, y están alegres porque se sienten queridos por sus padres a través de esos presentes.

Pero en esa relación, lo único que sobra es el regalo material. Me hizo gracia cuando mi hijo mayor tenía dos años, su abuela le regaló un enorme tren con música, humo real y ruidos de locomotora. Él lo miró un rato, y después se puso a jugar por horas con el hilo que envolvía al enorme tren.

Nuestros hijos no quieren grandes regalos materiales que les llenen los huecos emocionales que les dejamos al abandonarlos: nos necesitan a nosotros, a su papá y a su mamá, y nos necesitan bien.

Esa es la mejor herencia que les podemos dejar. Nuestros hijos son fruto de un acto de amor, y ese acto de amor que les dio el ser los sostiene en su integridad emocional. Cuando la relación de sus padres está bien, todo lo demás es llevadero, y hasta una situación económica complicada se vuelve llevadera cuando la familia está unida.

El niño de la publicidad no parece tener madre, ya que no la menciona para nada, o la soslaya, cosa que es también un golpe bajo de la agencia de publicidad. Al lado de un hombre que quiere labrar un futuro económico sólido para sus hijos y que trabaja en consecuencia para ello, debería haber una mujer que ayude a compensar esa falta de presencia del padre con una presencia virtual: recordarle al padre las actividades en las que no puede faltar, establecer los horarios y las actividades de la familia, etc.

Si los dos padres colaboran, cada uno desde su originalidad, entonces forman un equipo formidable para criar hijos sanos y felices.

El camino del perdón

Todos tenemos un Padre perfecto: y es nuestro Padre que está en el cielo. Pero nuestros padres aquí en la tierra son tan humanos como cualquier otro, y tendremos que tener en cuenta esto al evaluar cómo nos criaron.

Muchas veces, por querer darle a nuestros hijos lo que nosotros no tuvimos, cometemos el error de no darles lo que sí tuvimos. Y por un rencor con ellos por su forma de educarnos, cometemos los errores opuestos.

Una amiga nuestra vestía a sus hijas para que fueran a su escuela con moños y peinados impecables, porque ella creía que su madre no lo había hecho con ellas. Cuando sus hijas tuvieron hijas, decían: «Yo no voy a peinar a mis hijas con peinados y moños, solo una discreta cola de caballo y suficiente».

Mi amiga había sido cargosa hasta el extremo partiendo de esa pequeña falencia que veía en sí misma. Y sus hijas veían esa actitud, que provenía de una falencia de su abuela, como un exceso de celo en una nimiedad.

¿Qué pasa cuando juzgamos a nuestros padres desde nuestras propias heridas?

Cometemos frecuentemente este mismo error: proyectamos el error contrario en nuestros hijos. Y los hijos que se han sentido desprotegidos sobreprotegen a sus hijos o los que se han sentido sobreexigidos, no exigen a sus propios hijos. Y así, el pecado de los padres se arrastra de generación en generación.

El único modo de cortar esta cadena de extremos es aceptar que nuestros padres no fueron perfectos. Hicieron lo mejor que pudieron en el momento que pudieron, con los elementos que tuvieron a mano para hacerlo del modo que lo hicieron.

Nadie nace sabiendo, y en la escuela de la humildad, la paternidad es nuestra graduación. De pronto nos encontramos con una personita que depende de nosotros para todo, y no tenemos ni la más remota idea de cómo hacerle todo el bien posible, minimizando los daños que le podemos causar.

Ejercicio infalible de paternidad

Aquí es donde entra la función del perdón sanador: si nuestros padres están vivos, mejor. Pero si no lo están, también podemos hacer el ejercicio. Te propongo lo siguiente:

Un día, con mucho amor y cariño, acerquémonos a ellos, y digámosles con todo el amor posible, que ahora que tenemos nuestros propios hijos, comprendemos los miedos y las dificultades que enfrentaron ellos para criarnos.

Que les agradecemos enormemente por todos los aciertos que tuvieron al criarnos. Que les pedimos perdón por todas las veces que nos rebelamos contra su autoridad, y que esperamos que nuestros hijos reciban todo lo mejor que ellos nos dieron a lo largo de su vida.

¿Y los reproches por sus faltas? Bueno, eso se lo podemos decir a nuestro director espiritual o a nuestro confesor para que nos ayude a poder superar esas taras de nuestra infancia. Para que podamos sinceramente perdonar a nuestros padres por sus faltas, y que ellos encuentren el perdón de Dios si el daño fue muy grave.

Los padres imperdonables

Hay padres que son imperdonables. Padres que han hecho mucho daño, ya sea desapareciendo o abandonando a la madre con sus hijos. Hay padres que nunca se hicieron cargo de sus acciones, o que han cometido delitos y están pagando por ellos en la cárcel. Hay padres que han hecho daño, incluso daño físico a sus hijos, y nos parece que esos padres no merecen el perdón de sus hijos.

Pero el mandamiento dice «honrarás a tu padre y a tu madre», no dice «honrarás a tu padre y a tu madre si son buenos padres». ¿Debemos perdonar a esos padres que ostensiblemente nos hicieron daño, a aquellos padres ausentes, que no dejaron ninguna huella en nuestra vida?

Pues la respuesta es sí. Por dos causas, principalmente: la primera es que más allá de lo que hayan hecho después, esos padres nos dieron lo más valioso que tenemos, que es nuestra propia vida. Una vida que puede ser de felicidad eterna si sabemos ser dóciles a la gracia.

Y la segunda es que para poder tener esa vida de felicidad eterna, debemos ser dóciles a esa gracia, y poder perdonar a esos padres imperdonables. Parece contradictorio, pero no lo es para nada.

El perdón es lo único que nos ayudará a continuar

Es el único modo de resolver este intríngulis: si queremos superar las heridas que nuestros padres nos dejaron, y no repetirlas en nuestros hijos, tendremos que perdonarlos.

El perdón que vamos a dar a nuestros padres si fueron padres malos, no va a ser un favor que le hacemos a ellos. Va a ser una tabla de salvación para nuestra propia salud mental. Especialmente va a ser un favor que le vamos a hacer a nuestros hijos, para no cometer los mismos errores con ellos.

Nuestro perdón no tiene que ser necesariamente ir a buscarlos y agradecerles como dije en los párrafos anteriores. Puede ser que genuinamente solo tengamos para agradecerles el don de la vida, y nada más. Sería heroico poder ir a agradecerle eso a un padre que luego de darnos la vida se dedicó a arruinarla de todos los modos posibles.

El perdón que tendremos que dar a nuestros padres en ese caso, es similar al que dio Jesús a sus ejecutores: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Primero, pedirle a Dios que Él los perdone, porque muchas veces nosotros no podremos.

Y segundo, darles al menos ese atisbo de comprensión: no sabían lo que estaban haciendo. Probablemente, estaban haciendo lo mismo que hicieron con ellos sus padres, y tal vez no tenían conciencia plena de la maldad que nos hicieron.

Pero ese perdón, aunque sea esa conmiseración, será el comienzo de sanar nuestro propio corazón. Será el modo de que podamos finalmente un día perdonar de corazón todas las cosas malas que recibimos de nuestros padres.

Y luego, nuestro Padre verá ese perdón heroico y conmoveremos su corazón, de tal modo que nos invite a participar de su vida eterna junto al amor infinito.