Padres de la Iglesia

Hace un par de días celebramos a San Basilio Magno y San Gregorio Nacianceno. ¿Alguna vez oíste de ellos? Fueron dos personajes que, además de ser grandes amigos, fueron Padres de la Iglesia.

¿Qué significa esto? Significa que tuvieron vidas santas, pertenecieron a la Iglesia primitiva, fueron testigos (casi directos) de los apóstoles —y del mensaje de Cristo— y defendieron la doctrina de la fe, con escritos y con su ejemplo, ante diversas herejías y contra persecuciones del Imperio Romano.

Por su especial conexión con las Sagradas Escrituras, su estudio —en filosofía, teología, retórica…— y sus dones, para transmitirnos sus conocimientos, nos han permitido un mayor y mejor conocimiento de la Revelación. También, son considerados la base de la tradición viva de la Iglesia: nos han transmitido aquellas verdades que, al comienzo, se transmitían oralmente.

San Basilio y San Gregorio pertenecen al grupo de los Padres de la Iglesia que se conoce como, «Padres Capadocios». Vivieron durante el siglo IV en la región de Capadocio (actualmente Turquía, pero en ese tiempo una provincia del Imperio Romano), defendieron la fe contra las herejías del arrianismo (negaban que Jesús fuera Dios) y de los pneumatómacos (negaban la divinidad del Espíritu Santo). 

El inicio de una amistad entre Padres de la Iglesia

Padres de la iglesia

No es casualidad que ambos acudieron a la mejor escuela de su tiempo, en Atenas, —compartieron aula incluso con futuros emperadores—. Lo que sí sorprendió a todos es que, al comienzo de su exitosa carrera, abandonaran el mundo y dedicaran su vida a Dios. 

Sin embargo, esto los separaría por un tiempo. San Basilio comenzó una peregrinación por diversos monasterios para aprender de ellos y dedicar su vida a la predicación.

Por su lado, San Gregorio se encargó de la educación de sus hermanos y del cuidado de su madre viuda. Pero Dios les había preparado otra misión.

Una vida entregada

Un grupo de jóvenes, ansiosos por la verdad, rodearon y sacaron a San Basilio de su vida retirada. De ellos formó el primer monasterio de Oriente Próximo. Además, cuando una gran hambruna y sequía azotó la región, no dudó en vender todas las posesiones familiares para dar de comer, personalmente, a los más necesitados. Muchos quedaron admirados de su santidad, por lo que fue nombrado arzobispo.

Cuando vio que sus fuerzas no eran suficientes para combatir el arrianismo —incluso el emperador había abrazado la herejía—, no dudó en llamar a su amigo San Gregorio y sacarlo de su «retiro», para que combatiera a su lado. Este había preferido una vida solitaria, entregada a Dios. Por un lado, su padre le reclamaba para que cuidara de su diócesis y su amigo, San Basilio, para que fuera nombrado obispo, y le diera una mano. 

Ambos lo dejaron todo para entregar su vida a Dios, a la defensa de la fe y de los pobres. Hicieron todo lo posible para unir a la Iglesia, que estaba amenazada por las herejías. Y a pesar de tener la mejor educación, siempre permanecieron humildes y sencillos. 

En su día, nos encomendamos a ellos y les pedimos a Dios que sepamos responder como ellos en cualquier momento y en cualquier circunstancia.