Este fin de semana tuve la bendición de animar un retiro para señores de la Hermandad de «Nuestra Señora de la Reconciliación», sobre la oración del Padre Nuestro. Quiero compartir algunas experiencias espirituales que he tenido, puesto que fue muy especial, pude sentir la acción suave del Espíritu Santo, como esa brisa que escuchó Elías cuando estaba dentro de la cueva del monte Horeb, esperando la voz de Dios (1 Reyes 19, 3-15). Empezaré desglosando esta oración y meditando sobre la importancia de cada palabra.

«Padre Nuestro»



En primer lugar, el «Padre Nuestro» que rezamos, prácticamente a diario, no lo debemos rezar simplemente como muchas otras oraciones que solemos rezar. Es la única oración que enseñó Jesús a sus Apóstoles. Con las primeras dos palabras: «Padre Nuestro», Jesús ya nos enseña algo inusitado e inimaginable para cualquier hebreo de la época. Sabemos que los judíos no podían decir el nombre de Dios. Incluso, por ejemplo Moisés, cuando tiene que liberar al pueblo judío del Faraón, le pregunta cómo llamarlo, cuando le preguntasen quién lo enviaba. No se atrevía a darle un nombre. («Yo soy el que soy», Éxodo 3, 14).

También, para los hebreos, el nombre significaba la identidad misma de la persona. Por lo tanto, cuando Jesús dice: «Padre Nuestro», está no solamente diciendo cómo referirse a Dios, sino haciendo explícito que Él es nuestro Padre. Algo que nunca nadie sería capaz de imaginarse. Dios era el Creador, y nos hizo a su imagen y semejanza (Génesis 1, 26ss), pero en Cristo, por medio del Espíritu Santo, sabemos ahora que Dios, además, es realmente nuestro Padre. «Y puesto que somos sus hijos, también tendremos parte en la herencia que Dios nos ha prometido, la cual compartiremos con Cristo, puesto que sufrimos con él para estar también con él en su gloria» (Romanos 8, 17).



«Santificado sea tu nombre»

Así como decimos: «Santificado sea tu nombre», nosotros también somos santos. Si nuestro padre es santo, también nosotros. Pero eso es algo que implica de nuestra parte un esfuerzo diario. Una lucha constante, para ser cada vez más como Jesucristo, Hijo del Padre. Hasta, como dice san Pablo, «que no sea yo quien viva, sino Cristo quien viva en mí» (Gálatas 2, 20). Por eso es por lo que vemos en varias citas, que somos llamados a ser «santos como Yo soy santo», o «perfectos como nuestro Padre es perfecto» (Levítico 11, 44 / Mateo 5, 48 / 1 Pedro 1, 16).

«Venga a nosotros tu Reino»

Gracias a Jesús, el Reino Eterno de Dios ya está en medio de nosotros. Sin embargo, es la Iglesia — es decir, todos nosotros en comunión con Cristo — quienes debemos proclamar y difundir el Reino a todos los Pueblos. Así nos lo ha dicho el Señor Jesús, antes de subir a los Cielos (Mateo 28, 19).

Por eso cada uno de nosotros está llamado al apostolado. A predicar sin miedo la Palabra del Señor, la Buena Nueva. Para que todos puedan conocer la dicha del Reino Eterno de Dios. Lo más hermoso en todo esto, es saber que el Reino empieza en el corazón de cada uno de nosotros. El Reino se extiende aquí en la Tierra, mientras cada uno permita que la vida de Cristo instaure su amor en cada corazón.

Este Reino, es el Reino del amor. El poder que nos mostró Cristo es el servicio. Se trata de un Reinado, por lo tanto, radicalmente diferente a como entendemos el poder entre nosotros. Para Dios, es la caridad que se hace concreta por medio del servicio a los hermanos, de modo privilegiado a los más necesitados, ese es el poder de Dios.

«Hágase tu voluntad»

De Cristo mismo, y de María también, aprendemos a decir el «sí» que el Padre desea que brote de nuestro corazón. Un «sí» que va madurando a través de la generosidad, del sacrificio y de las renuncias que significa optar por ese Reino que mencionabamos anteriormente.

El «hágase» generoso e incondicional que vemos en María, cuando el Arcángel Gabriel le anuncia y pregunta si quiere ser la Madre del Mesías – Salvador (Lucas 1, 26 – 38) es para nosotros un ejemplo claro de cómo debemos estar dispuestos a asumir cualquier cosa por amor al Padre. María sabía que su «Fiat» implicaría una pedagogía del dolor – alegría.

A lo largo de toda su vida se fue preparando para ese «hágase» pleno, en la Pasión y muerte de Cruz. Optar por seguir a Jesús, sabemos todos, implica cargar la propia cruz. Lo anuncia Simeón diciendo que «una espada atravesará su alma» (Lucas 2, 35ss). Si queremos dar frutos de caridad, debemos estar dispuestos a morir como el grano de trigo, que solamente cuando cae en tierra y muere, puede dar frutos (Juan 12, 24 – 25). Esforzarnos también por ser la tierra fértil, que recibe la semilla y fructifica (cfr. parábola del sembrador: Mateo 13, 1-9).

«Danos hoy nuestro pan»

Que necesitamos cada día. Para todos es obvio que necesitamos comer para vivir. Es más, comer saludable para preservar nuestra salud corporal. Si comemos algo que está malogrado o vencido podemos tener serias consecuencias. Así mismo nuestro Espíritu, mejor dicho, nosotros necesitamos un alimento espiritual.

¿Cuál es ese «pan» que nos enseña Jesús a pedir? Para ello es necesario mirar con los ojos del corazón. Ir más allá de lo evidente, de lo que podemos tocar o sentir y esforzarse por sintonizar con la «frecuencia espiritual» del Señor. Esta petición fundamental del «Padre Nuestro» es la bisagra de toda la oración.

Ese «pan» es el mismo Cuerpo de Cristo. Es el Pan de la Vida (Juan 6, 22 – 59), que nos da fuerzas para caminar, para luchar espiritualmente. Para hacer y cumplir su voluntad, hacer apostolado, pedir y dar perdón, vernos libres del mal. En síntesis, es la carne de Cristo, que nos fortalece para vivir lo que pedimos. ¿Qué significa eso? Que sin la vida de Cristo, sin llevarlo en nuestro corazón no tenemos vida espiritual.

Debemos tener claro que el Padre nunca nos abandona, siempre está preocupado y saliendo a nuestro encuentro para fortalecernos, como el ángel de Dios que sale al encuentro de Elías, que cansado se tira en el desierto y pide a Dios que lo lleve (1 Reyes 19, 7-8). Luego de recibir y alimentarse de ese pan, que es Jesús mismo, tenemos la responsabilidad de darlo a los demás. ¿Cuántas personas hoy en día padecen hambre y están muriendo espiritualmente, deprimidos, tristes, solos y cansados de esta vida? ¿Cómo vence Elías su deseo de morir, de no querer hacer nada más, de sentirse cansado y triste? Cuando ya no se queda mirando a sí mismo, sino que mira la misión y se preocupa por los demás.

«Perdona nuestras ofensas»

Como también cada uno debe perdonar a quien nos ha ofendido. No quiero extenderme con esto del perdón. Pero me parece fundamental decir que, si no somos capaces de perdonar, es muy difícil amar. La falta de perdón llena el corazón de amargura, ira y rencor. Si no perdonamos no nos «libramos» del mal que nos pueden haber cometido.

Muchas veces el agresor ni es consciente de lo que hizo, pero los que sufrimos las consecuencias somos nosotros. Por ello se hace necesario perdonar, para que no carguemos esa animosidad. Aunque hay daños que nos hacen, que son muy difíciles de perdonar. Por ello solamente la gracia de Cristo, el Espíritu Santo mismo puede darnos la fuerza para perdonar.

La justicia debe aplicarse según los hechos cometidos, pero a la persona debemos siempre estar dispuestos a perdonar, viviendo esa misericordia que nos mostró en el madera de la Cruz, cuando murió por todos nosotros, sin importar todo el daño que le hicimos y le seguimos haciendo. No nos olvidemos nunca que Cristo nos invita a «no mirar la paja en el ojo ajeno, sino la viga que tenemos en el nuestro» (Mateo 7, 1 – 6).

«No nos dejes caer en tentación, y líbranos del mal»

Estas dos últimas peticiones hacen referencia al misterio del mal en nuestras vidas. Este problema en la vida del hombre es quizás una de las causas principales por las que muchos no se abren al amor del Padre, y muchos cristianos terminan renegando de la fe. ¿Por qué el Padre, quién nos creó, permite ciertos sufrimientos en la vida? Si Dios es bueno, ¿por qué existe el mal, el hambre, la guerra y la pobreza?

No quiero ni pretendo agotar la reflexión sobre el mal, pues es un misterio insondable. En primer lugar, me parece muy importante tener en cuenta que la fe nos permite comprender un poquito mejor ese misterio, en relación con aquellas personas que tal vez están alejadas. Porque en Cristo podemos darle una respuesta y sentido al dolor. Sin esa vida de Cristo, el mal no tiene ningún sentido.

Podemos hablar de dos tipos de mal. El que es fruto de las concupiscencias (Hebreos 2, 14), que nos conduce a idolatrar el placer, el tener y el poder. Poniéndolos en el sitio que debe ocupar nuestro Padre. Y por otro lado, algunos hechos de la vida, que solo Dios sabe porque nos suceden. Como pueden ser una enfermedad, una muerte, peleas, divisiones, injusticias, etc. que exigen de nuestra parte, aunque parezca que Dios nos ha abandonado (Mateo 27, 46), humildad y confianza en Él.

Esos «males» son ocasión para que seamos educados y forjados como el oro en el crisol. Es como un padre que educa a sus hijos, implica exigencia, a veces sufrimiento, pues es renunciar a nuestros caprichos y gustos personales, morir a esta vida corrompida por el pecado (Efesios 4, 22) y abrirnos a la vida nueva de Cristo. Es una «prueba» que permite Dios, para que maduremos y crezcamos en nuestro amor a Él. Obviamente, esto no es fácil de comprender. ¿De cuál mal pedimos que el Señor nos libere? Del enemigo, del demonio. El mentiroso, que busca «como león rugiente, queriendo devorarnos» (1 Pedro 5, 8 – 9).

Aprendamos del miso Señor Jesús, el Hijo único del Padre, a rezar con la misma oración que nos enseñó. Aprendamos de Cristo mismo cómo relacionarnos con nuestro Padre. Espero que de aquí en adelante, cuando recemos el «Padre Nuestro», no sean palabras de memoria, sino un anhelo profundo de nuestros corazones que manifiesta nuestro deseo de amar cada día más a nuestro Padre. Para que de este modo nos asemejemos cada día más a nuestro Señor Jesús, quién es el «Camino, Verdad y Vida» (Juan 14, 6) el único que puede ayudarnos a realizarnos plenamente y vivir cotidianamente la verdadera felicidad.