En uno de esos días interminables de trabajo en los que me hundo en las profundidades de noticias, blogs y videos buscando contenidos que puedan servir a nuestro proyecto para elaborar recursos apostólicos, me topé con esta oración:

«Señor, yo antes quería que me ayudaras a luchar contra mi naturaleza escéptica. Ahora, quiero otra cosa: conservar este escepticismo. No quiero una fe fácil y simplista. Haz que mi fe sea audaz, impetuosa, plenamente asumida, pero también haz que logre entender a aquellos que dudan. Quiero, a toda costa, mantenerme cerca de aquellos que viven al margen de la Iglesia, de aquellos que no entienden de ninguna forma, de aquellos que no pertenecen al círculo de los “habituales”, de aquellos que dudan, buscan, de los excéntricos, de los que no encajan en la sociedad. Líbrame, Señor, de una Iglesia-club, de una iglesia de “acostumbrados”, que cómodamente están acomodados en sus certezas de rutina». (Hermana Theresa Alethiea Noble)



Tal vez para muchos el nombre de la autora de semejante oración sea conocido, la hermana Theresa es una reconocida blogger. Yo hasta el momento no salgo de mi asombro, cómo es que no me había topado con ella antes. Su blog está en inglés, pero si dominan el idioma es un interesante lugar por donde pasar. Estas son un par de reflexiones que quisiera compartir luego de haber encontrado esta bella oración.

1. A qué estamos llamados



Volviendo a la oración que les compartimos quiero explicar un poco el porqué la comparto. Al leerla, puede sonar un poco dura. Y no pocos podrían sentirse señalados, sin embargo la intención no es esa. La intención más bien es recordar a qué estamos llamados.

Cuando el camino al lado del Señor ya lleva varios años, es muy humano que lleguemos a acostumbrarnos, a vivir casi aislados, juntándonos solo con «los nuestros». Más aún en la coyuntura que vivimos actualmente, cuando el mundo parece despreciar a los cristianos, nos volvemos más cerrados. Es normal, a nadie le gusta que lo desprecien y lo insulten. No es divertido confrontar en redes sociales, mucho menos cara a cara.

2. No nos acostumbremos a la falsa comodidad

Pero viviendo hacia adentro, tratando de «cuidar» mi fe, no hago mucho. Tal vez incluso me vuelva casi un fariseo, sintiéndome dueño de la verdad. Cómodo en mi parroquia, en mi grupo apostólico. Y con esto no quiero decir que abandonemos nuestras parroquias o movimientos. Sino que no nos olvidemos de mirar hacia afuera. Que no nos acostumbremos a esa falsa comodidad, a esa rutina. Sino que verdaderamente sigamos buscando, que no nos conformemos por «haberlo encontrado», porque el que se conforma ama poco. Porque creer que se entiende y se conoce a Dios completamente, no es cierto. Entender a Dios en su totalidad es imposible, no nos va a alcanzar la vida entera.

¡Qué ese fervor por amarlo cada día más, por saber de Él un poco más, no nos abandone! Que nos libre de volvernos en unos «acostumbrados» y que nos dé la gracia de vivir constantemente en el asombro. Asombro que nace del descubrir día a día un poco más de su amor.