¿Alguna vez has sido herido por alguien dentro de la Iglesia?

A veces, las ofensas más dolorosas provienen de quienes están junto a nosotros, católicos practicantes que, con sus palabras o actitudes, nos han decepcionado o dado un mal ejemplo.

Estas experiencias pueden hacer que nos alejemos de la Iglesia o, incluso, que pensemos en pertenecer a una comunidad cristiana no católica.

Los seres humanos fallamos. Aunque esto no justifica nuestras acciones, pues estamos llamados a ser luz del mundo, muchas veces actuamos de forma incoherente, de manera contraria al Evangelio.

Llevo varios años participando activamente en la Iglesia y he conocido a muchos que luchan día a día por acercarse más a Dios, amarlo con un corazón sincero, crecer en santidad y dar un auténtico testimonio de vida. También me he encontrado con personas cuyas actitudes me han lastimado.

Siempre que he podido, he intentado hablar con los involucrados, expresar mi incomodidad y buscar la corrección fraterna. No obstante, cuando han sido situaciones difíciles, he llegado a decirme: «Ya me cansé, no quiero estar en un lugar donde hay hipocresía ni quiero volverme así».

En esos momentos le he pedido a Dios que sane mi corazón. He orado por quienes me ofendieron y he acudido a un sacerdote para confiarle aquello que considero prudente no contar a alguien más.

Con el paso del tiempo, no he vuelto a encontrarme con esas personas y el Señor ha sanado mi interior. Cuando los recuerdos vuelven, oro por ellas y le pido a Dios que sus vidas estén de acuerdo con su voluntad.

Dios es el único que nunca falla

Amo a mi Iglesia y no la cambiaría por nada. Tengo la certeza de que fue fundada por Cristo y cuenta con los medios para alcanzar la salvación; pero sé que la Iglesia no es un museo de santos, sino un hospital para pecadores.

Como dicen las Sagradas Escrituras:

«Es mejor refugiarse en el Señor que confiar en los hombres» (Sal. 118, 8).

Pedro negó tres veces a Jesús; Judas lo traicionó. Juan fue el único apóstol que permaneció junto al Señor, acompañándolo durante su crucifixión y muerte.

Demas, colaborador y amigo de San Pablo, lo abandonó cuando el apóstol estaba en prisión (2 Timoteo 4, 10).

San Juan de la Cruz quiso reformar la Orden Carmelita y fue encarcelado por sus hermanos de comunidad.

Santa Juana de Arco sufrió el juicio y la condena de personas que ocupaban cargos eclesiásticos.

A lo largo de la historia ha habido muchos casos similares. Jesús no abandonó su misión y los santos tampoco dejaron que la decepción, el rechazo o la traición los separaran de Cristo, quien siempre permanece fiel.

Perdona y sana

En la Iglesia hay muchísima gente buena, generosa y digna de confianza. No obstante, tenemos virtudes y defectos, fortalezas y debilidades. Todos pecamos. Por eso, nuestra fe no debe apoyarse en los hombres, sino en Cristo.

Si una herida hizo que te alejaras de la Iglesia, recuerda que solo Dios puede sanarte totalmente, pero es esencial perdonar.

Entonces se adelantó Pedro y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?».

Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mateo 18, 21-22).

El primer paso para perdonar es orar por quien te hizo daño, aunque no resulte fácil.

Regresa

Si te alejaste de la Iglesia, no importa cuánto tiempo haya pasado, aunque te sientas como el hijo pródigo o como la oveja perdida; aunque la herida no haya cicatrizado o sientas que has caído en lo más profundo, te esperamos, eres bienvenido.

Si prefieres cambiar de parroquia, hazlo. Si ya no deseas regresar al grupo o a la comunidad a la que pertenecías, también está bien. Pero no dejes de volver. No es tarde.

Ora con perseverancia. Pide al Espíritu Santo y a nuestra Madre, la Virgen María, que te guíen y fortalezcan. Visita al Santísimo Sacramento.

Conversa con un sacerdote, busca dirección espiritual. Cuéntale la situación que viviste y que te causó un gran sufrimiento. Acércate al Sacramento de la Reconciliación.

«No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien» (Romanos 12, 21).

No permitas que los errores de otros te distancien de Aquel que nunca te ha fallado. Él sabe perfectamente por lo que estás pasando y te espera con los brazos abiertos en su Iglesia. Su amor es infinito, más grande que cualquier herida.