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«Ojos que no ven, corazón que no siente». Todos hemos escuchado esta frase en algún momento de la vida, muchas veces aplicada a diferentes situaciones y tal vez para defender distintas posturas.

Es innegable que hay algo de cierto detrás de esas palabras y este video nos ayuda a ver por qué…


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Ojos, cerebro y corazón

Aunque en el video se les muestra como seres independientes, sabemos que —para tener una lectura adecuada de la realidad— ojos, cerebro y corazón deben estar en sintonía.

Llama la atención cómo, por miedo a salir lastimados, podemos llegar a negar la realidad. Y es lo que se ve también en el video.

Los sentimientos —representados por el corazón— pueden tomar un papel protagónico en diferentes situaciones. Cuando la realidad le es adversa, prefiere imaginar escenarios alternativos que impidan enfrentar el dolor.

Cuando la realidad le es conveniente (tener la atención de alguien interesante, por ejemplo), construye una realidad ideal y basa sobre ella su felicidad.

Este es el riesgo que se corre cuando basamos nuestra felicidad o incluso decisiones solo sobre sentimientos. Ya nos lo dice nuestro papa Francisco:

«¿Qué entendemos por ‘amor’? ¿Solo un sentimiento, un estado psicofísico? Cierto, si es esto, no se puede construir sobre ello algo sólido.

Pero si en cambio el amor es una relación, entonces es una realidad que crece, y podemos incluso decir, a modo de ejemplo, que se construye como una casa.

Y la casa se construye juntos, no solos (…) El amor no debe nacer en la arena de los sentimientos que van y vienen, sino en la roca del amor auténtico, el amor que viene de Dios».

Que los sentimientos no te nublen la razón 

Por supuesto, esto no quiere decir que los sentimientos no son importantes o necesarios. Lo son. Pero el uso de la razón (cerebro) y la honesta lectura de la evidencia (ojos) deben trabajar en forma conjunta con el fin de vivir y buscar la verdad.

En ella, tendremos acceso a la verdadera sabiduría que nos permitirá tomar decisiones conforme a la voluntad del Padre y, a partir de ella, obtener la paz.

Es innegable que decir esto es más fácil que vivirlo, sobre todo, cuando pasamos por ciertas etapas, como la adolescencia o el enamoramiento temprano.

La sociedad que nos rodea no ayuda tampoco, pues suele exaltar el rol de los sentimientos y es así cómo se desfigura nuestra visión del amor, de las relaciones y del matrimonio.

Estímulos así nos pueden hacer saltar desde la dependencia emocional —aferrándonos incluso a relaciones dañinas solo para no pasar por el dolor de la separación— hasta la inconstancia en las relaciones.

Haciéndonos enamoradizos y cambiando de parejas frecuentemente por nuestra incapacidad de ver más allá de nuestra propia comodidad y volatilidad. El papa Francisco nos dice al respecto:

«Pero la libertad del vínculo requiere una armonía consciente de la decisión, no solo un simple entendimiento de la atracción o del sentimiento, de un momento, de un tiempo breve… requiere un camino».

Amar a Dios: el principio de todo

Para poder amar verdaderamente, debemos aprender de Aquel que es el amor. Probablemente, esa es la razón por la que el mandamiento por excelencia sea:

«Al Señor tu Dios amarás con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu inteligencia y con todas tus fuerzas»(Mc 12, 30).

Un mandamiento que exige el uso integrado de todas nuestras potencialidades. Es por esto que, se debe comenzar por sabernos amados por nuestro Señor.

Responder a ese amor amándolo, haciéndolo el centro de nuestra vida, solo así podremos amar a los demás de una forma sana, sin apegos ni inconstancias. El Padre Bernardo Hurault lo explica de la siguiente forma:

—Amarás a Dios con todo tu corazón:

Lo amarás más que a tus seres más queridos. Te desvivirás por Él, te olvidarás de ti mismo para buscar en todo lo que a Él más le gusta.

Lo amarás con toda tu alma, con toda tu inteligencia:

Dedicarás lo mejor de tu inteligencia a conocerlo. Mirando a tu propia vida, tratarás de comprender cómo Él ha guiado tus pasos.

Mirando los acontecimientos mundiales y los sucesos diarios, procurarás entender cómo viene el Reino de Dios.

Perseverando en la oración y la lectura bíblica, pedirás a Dios que te comunique su propio Espíritu para conocerlo mejor.

Lo amarás con todas tus fuerzas:

Y porque, en eso, eres muy débil, pedirás la ayuda de Dios y tratarás de juntarte con los servidores de Dios, usando los medios que la Iglesia pone a tu disposición.

El mandamiento de amar al prójimo como a sí mismo viene en segundo lugar:

Porque no se puede ni entender bien, ni cumplir, donde no existe el amor a Dios. Pues Dios nos pide más que la solidaridad con el prójimo, más que la ayuda al que sufre.

Debemos esforzarnos por ver al hermano tal como lo ve el Padre. Debemos procurarle lo que el Padre desea para él.

Entre tantas obras buenas que podríamos hacer por el prójimo, debemos elegir aquellas que nos aconseja el Espíritu de Dios. Y todo eso requiere que tengamos primero el amor a Dios y el conocimiento de Dios.

Amar más y mejor

Ciertamente, el uso integrado de nuestros ojos, cerebro y corazón para amar a Dios primero y sobre todas las cosas, nos servirá de guía y brújula para poder amar a los demás de la forma que Él quiere.

Así, nos será más fácil evitar relaciones dependientes o inconstantes, relaciones dañinas que desfiguran nuestro concepto de amor, en las que se da a otra persona —tan imperfecta como nosotros— la llave de nuestra felicidad, nuestro entusiasmo o ganas de vivir.

Ese era el caso del corazón en el video, pues recobró la alegría solamente cuando alguien más se fijó en él. En efecto, nuestra felicidad no puede estar basada en algo tan fluctuante como otro ser humano.

Ser feliz es una decisión, que debe tener como centro y sustento a Aquel que es el amor. Un amor que permanece, que lo entrega todo y, sobre todo, que nos amó primero.

Pidamos siempre al Espíritu Santo, la gracia y la sed de amar y conocer a Dios cada día más. ¡Así sea!

¿Cómo amar más y mejor? Un video y 4 puntos clave