Las relaciones interpersonales son parte vital de nuestras vidas y querámoslo o no. Siempre estaremos rodeados de personas con las que de algún modo construiremos cierta cercanía, no importa si son nuestros vecinos, los profesores del colegio de nuestros hijos, nuestros empleados o familiares. Fácilmente podemos clasificar nuestras relaciones en dos: son buenas o son malas, pero, cuando se trata del trabajo, algunas veces hay que hacer “de tripas corazón”.

La palabra jefe puede desembocar una larga lista de sensaciones positivas o negativas en las personas y para demostrarlo puedes responder a la siguiente pregunta y reflexionar en torno a lo que sientes (solo por unos segundos tras haberla leído): ¿Qué sientes cuando piensas en tu jefe? Si lo primero que sentiste fue un nudo en el estómago, ganas de salir corriendo o dejar de leer este artículo, tranquilo, no eres el único. La gran mayoría no tiene un puesto de ensueño y por ende la palabra jefe o trabajo puede significar un verdadero dolor de cabeza.


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No hace falta darse golpes de pecho o acurrucarse a llorar en una esquina. Es cierto que algunos trabajos pueden convertirse en una pesadilla, pero, ¿qué actitud asumir cuando literalmente quiero matar a mi jefe? Estas son tres opciones que pueden ayudarte:

1. Sé prudente

Desahogarse no tiene nada de malo, al contrario, es un alivio para el alma y para alcanzar la paz mental, pero ojo con el lugar y las personas con las que decides darle rienda suelta a tus comentarios. No te quejes de lo villano que puede llegar a ser tu jefe con tus compañeros de trabajo, guarda toda la emoción y los detalles para contárselo a un amigo o familiar fuera del ambiente laboral. Expresar todos los sentimientos de frustración o rabia que te produce el estrés del trabajo te ayudará a sentirte mejor, mucho mejor. Cuando nos guardamos todo, tratamos de seguir como si nada pasara y madrugamos al otro día a vivir de nuevo la pesadilla, todo es más complicado.


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2. Ofrece el sacrificio que haces al aguantar a tu jefe

Ya sé que esto suena a cliché, “ofrécelo, ofrécelo, ofrécelo”. Pero, ¿realmente qué tan fácil es ofrecerlo? ¡Nada sencillo! Primero hay que tener una alta dosis de voluntad y pedirle prestada la capa a Superman para llegar a tomar la decisión de querer ofrecer a Dios eso que nos produce tanta molestia. Cuando estamos cargados de rabia es más difícil aceptar con humildad el consejo de ofrecer nuestras preocupaciones y angustias, pero créanme, funciona. Cuando su jefe de pesadilla les pida a última hora el informe, les diga que se tienen que quedar más tarde, les niegue un permiso, les tire el teléfono, los deje en visto, los haga quedar como un zapato en las reuniones o los trate con desprecio o cinismo repitan: ¡te lo ofrezco Señor, te ofrezco todo esto pero échame una manita! Él escucha, siempre.

3. Piensa que puedes alcanzar la santidad

¿Qué?! No me lo inventé yo y la respuesta es sí, el trabajo puede ayudarnos a ser santos, incluso en esta época en la que ser santo suena de locos, algo del Antiguo Testamento o de una película rara. Aguantar al ogro de tu jefe tiene beneficios celestiales y ¡cuidado! No estoy diciendo que debas soportar toda clase de maltratos (físicos, psicológicos, emocionales). En el ámbito laboral todo tiene límites legales y reglas establecidas. Si estás totalmente convencido de que ya ha sido suficiente, mi consejo es que no dejes tu trabajo tirado sin tener otro seguro o por lo menos la certeza de que podrás cubrir tus gastos por cierto tiempo, el indicado para descansar, encontrar eso que te hace feliz y focalizar todos tus esfuerzos en una nueva meta. Aguanta un poquito antes de pasarle la carta de renuncia perfumada a tu jefe con saltitos de alegría y, mientras dura ese “poquito”, haz cada una de tus tareas con el amor más grande del planeta.

Una vez hayas tomado la decisión, concéntrate en realizar cada tarea que te pide el malvado emperador de tu empresa con gusto y dedicación, ve más allá, sonríele a tu jefe, respira hondo cuando te pida repetir algo y cada hora, minuto, segundo o instante que le dediques al trabajo ofrécelo con amor, de lo contrario el significado de hacerse santo a través del trabajo no cobrará ninguna relevancia. Aunque la situación no lo amerite siempre da lo mejor de ti, de este modo los demás no tendrán más opción que la de recordar tus buenas obras.

Hay algo indiscutiblemente brillante cuando se habla del fracaso y es que de todo fracaso hay una lección, nace un nuevo pensamiento, una nueva oportunidad de ver y hacer las cosas mejor. Como bien lo dice Truman Capote: «El fracaso es el condimento que da sabor al éxito».

Cuando veas a tu jefe de pesadilla y no entiendas por qué se comporta como se comporta, recuerda estas palabras de San Josemaría Escrivá de Balaguer:

«Son santos los que luchan hasta el final de su vida: los que siempre se saben levantar después de cada tropiezo, de cada caída, para proseguir valientemente el camino con humildad, con amor, con esperanza».