En un post pasado, hablamos sobre las Obras de Misericordia Corporales, aquellas que ningún creyente debería dejar de lado. Hoy ha llegado el turno de hablar de las espirituales, para recordar que como cristianos el plano espiritual jamás puede desprenderse del corporal. Estamos llamados a socorrer y consolar, a ser generosos y a convertirnos en el reflejo del amor de Cristo, de quien proviene nuestra esencia.

Recordemos el hermoso significado de la palabra «misericordia» para entender un poco mejor lo que las obras espirituales y corporales nos exigen. Misericordia viene del latín «misere», que significa miseria o necesidad, «cor» que hace referencia al corazón, y «ia» que denota hacia los demás. Tener presente esta lista de Obras de Misericordia Espirituales, es fundamental para llevarle a los demás un trocito del tesoro que guardamos en el corazón al poder ser llamados hijos de Dios.



1. Enseñar al que no sabe

Para enseñarle a otro no requerimos de una lista de diplomas. Podemos enseñar desde nuestra propia experiencia, desde los dones y talentos que nos ha dado Dios. A veces pensamos que no tenemos mucho para dar, pero basta con pedirle en la oración a Dios un poco de guía, para darnos cuenta que tenemos mucho que ofrecer.



Esta primera obra me hizo pensar de inmediato en todos los maestros. En todas aquellas personas que han descubierto en la educación, su vocación (a todos ellos, gracias). No te preocupes por el tamaño de tu enseñanza, preocúpate por compartir sin egoísmo todo el conocimiento con el que Dios te ha premiado. «Los que enseñan la justicia a la multitud, brillarán como las estrellas a perpetua eternidad» (Dan. 12, 3b).

2. Corregir al que se equivoca

Hablamos de una corrección fraterna, la que nace del amor y no del resentimiento. Corregir a un ser querido o a un amigo cuando sabemos que está en pecado es supremamente importante. Para cumplir esta obra es necesario disponer el corazón con humildad, a nadie le gusta sentirse señalado o juzgado.

Cuando quieras corregir a alguien antes corre a pedirle consejo a María Santísima, que sea ella y el Espíritu Santo quienes te iluminen para que tus palabras sean las indicadas y den fruto. También es importante que tengas en cuanta que esta corrección se debe hacer primero a solas y sin ningún rastro de rabia o intención de humillar. «Si tu hermano peca, vete a hablar con él a solas para reprochárselo. Si te escucha, has ganado a tu hermano» (Mt. 18, 15-17).

3. Dar buen consejo al que lo necesita

Algunos piensan que dar consejo simplemente es una tarea que no les corresponde. «¿Por qué tendría que decirle qué hacer?, ¿con qué razón me va a escuchar?, ¿quién soy yo para darlo? Que cada uno haga lo que quiera y sea responsable de sus actos».

Lo que sucede cuando en nuestro interior hay un verdadero interés por el bienestar del otro, es que estamos llamados a dar consejo. Me atrevería a decir que el amor que sentimos por esa otra persona nos impulsa a querer evitare un mal, a ahorrarle un dolor innecesario o a advertirle una posible caída. Si yo quiero a mi hermano, a mi amigo, a mi pareja o a quien sea, no quiero verle sufrir, al contrario, le deseo todo el bien. Pídele al Espíritu Santo el don del consejo y recuerda que para darlo, antes hay que meditar en la oración.

4. Perdonar las injurias

Qué difícil es perdonar. Se hace aun más difícil cuando la persona que nos ha lastimado es cercana o cuando quien nos hiere o traiciona lo hace por enésima vez. Nuestra propia miseria nos conduce a pensar que la otra persona simplemente no merece el perdón. ¿Y quienes somos nosotros para pensar de este modo si tenemos a un Padre que lo perdonó todo?

Lograrlo puede tomarnos años. Este es un proceso que nos puede costar más de lo que pensamos y que muchas veces se complica debido a la conducta de otras personas. Podemos llegar a sentirnos cansados de perdonar, pero cuando esto suceda pensemos en que Dios jamás se cansa de personarnos a nosotros y vaya que somos especialistas en herir el corazón de Dios, ¿o no?

«Si perdonáis las ofensas de los hombres, también el Padre Celestial os perdonará. En cambio, si no perdonáis las ofensas de los hombres, tampoco el Padre os perdonará a vosotros» (Mt. 6, 14-15).

5. Consolar al triste

Al que sufre y al que llora. Estar ahí en los momentos difíciles también afianza nuestros lazos de amistar y amor. Tener la oportunidad de acompañar a otra persona en el dolor es una gran oportunidad de brindar esperanza y alegría.

Aunque a veces no sepamos muy bien qué hacer para consolar a otro, hagamos todo lo que esté a nuestro alcance para sacarlo de este estado. Seguramente tu compañía, tus palabras y tu disposición serán valoradas. No hacen falta actos heroicos para aliviar la tristeza de un ser querido, basta un abrazo, un mensaje de aliento o una sonrisa. «Dichosos los que están tristes, pues Dios les dará consuelo» Salmos 23,4.

6. Sufrir con paciencia los defectos del prójimo

Esta obra sí que puede costarnos. ¿Cómo tener paciencia con los defectos del prójimo si ni siquiera tengo paciencia con los míos? Aquí hay que decir que como creyentes el sufrimiento tiene un significado muy distinto al que otras personas pueden tener. A través de él descubrimos también el amor, la entrega desinteresada o la caridad. Tal como lo hizo Jesús en la cruz, al dar la vida por nosotros.

Cuando tengas que soportar los defectos de otra persona, entrégale ese sacrificio a Dios. Entrégale todo el malestar que te causa, toda la angustia o el desespero, la intranquilidad o la rabia.

7. Orar por los vivos y difuntos

Orar por otra persona me parece uno de los actos de amor más lindos. Pensar y entregar en el dialogo con Dios a una persona que queremos es una muestra inmensa de cariño. Pero esta obra de misericordia también debe hacerse con los que ya no están, debo aceptar que me costaba mucho incluir en mis oraciones a los difuntos, pero luego pensé en todas esas almas olvidadas por las cuales tal vez jamás nadie ha rezado un Padre Nuestro o un Ave María.

Cada domingo antes de que empiece la misa, mi madre me dice «recuerda orar por las almas del purgatorio» y pienso, qué lindo es orar por todos aquellos que tal vez nunca creyeron. Que murieron sin la oportunidad de vivir la fe o sin conocer los sacramentos. La próxima vez que te dispongas a orar, encomienda a todos los que han partido.