El video que les traemos hoy es una iniciativa de «Casi Creativo», un interesante canal de videos animados con mensaje. En esta oportunidad, veremos una corta historia que nos presenta de forma muy grácil el concepto de «síndrome del pasto más verde», es decir, de la envidia.

En el corto, vemos a Fulano — el personaje principal — contemplando el jardín de su vecino, Sebas. Al fijarse en lo verde, sano y bien cuidado que está el pasto del costado, Fulano lo admira, pero luego refunfuña. Parece incluso lamentar que el pasto de Sebas esté tan verde y tupido. Ante esta situación, el narrador del video desafía la percepción de Fulano al decirle que, si bien es cierto el pasto se ve más verde, su envidia es infundada pues solo está viendo la cara bonita de la situación sin considerar el esfuerzo que hay detrás.



En efecto, y si somos sinceros con nosotros mismos, es mucho más fácil envidiar los frutos del esfuerzo de los demás, que el trabajo que obtener estos logros representa. En este sentido, desarrollaremos a continuación ciertos elementos de reflexión que el video nos proporciona:



1. Amargura del corazón

El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) define a la envidia como «La tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea de forma indebida» (CIC 2539). San Agustín lo consideraba como el pecado diabólico por excelencia pues «de la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría causada por el mal del prójimo y la tristeza causada por su prosperidad» (San Gregorio Magno).

En cuanto a la envidia, el famoso sacerdote Jorge Loring decía: «Aunque la vida sea dura y la queja asome a tus labios, no dejes que la amargura se apodere de tu corazón. Esfuérzate por mejorar tu situación y satisfacer tus necesidades, pero sin amargura. Dios lo quiere y la Iglesia — como madre tuya — es la primera que lo procura, enseñando a todos lo que el trabajador se merece. […] Esfuérzate, sí; pero siempre por medios lícitos. No con espíritu de rebeldía, ni de odios, sino con espíritu cristiano, con fe en la Providencia de Dios, y sin olvidar que en esta vida no se puede hacer desaparecer el sufrimiento».

Por otra parte, no olvides que no consiste todo en amontonar dinero. Es mucho más importante hacer buenas obras, pues el premio eterno del cielo vale más que todo el oro del mundo. Si creyéramos esto de verdad, pondríamos mucho más empeño en practicar el bien.

2. No sabemos qué es lo que hay detrás

Y es que, aunque suene simple, el solo hecho de considerar las cosas en su real magnitud, nos ayudará a no dejarnos llevar tan rápido por las apariencias y las ilusiones que éstas crean. Podemos tomar en cuenta, por ejemplo, los resultados del experimento social que Facebook admitió, se llevó a cabo hace varios meses.

El experimento consistía en mostrar en el muro de los usuarios, determinadas fotos o noticias escogidas con el fin de estudiar el efecto que el contenido compartido tendría sobre su estado emocional. Allí se vio que, al estar expuesto a las historias felices, buenas noticias, logros y lindas fotos de otras personas, el usuario inevitablemente lo contrastaba con su propia realidad y sentía ansiedad.

Ciertamente, la mayoría de las personas en las redes sociales comparte solo las cosas buenas, pero nadie sabe todo lo que esa persona tuvo que trabajar, esforzarse y/o sacrificar para obtenerlo. Pensar que el resto de las personas la pasan bien y tienen vidas más fáciles que uno es una ilusión sin mayor sustento. En todo caso, nuestra primera respuesta como cristianos es usar la razón y sopesar la información que recibimos sin minimizarla ni sobredimensionarla. Hecho esto, estamos llamados a ejercitar la virtud de la caridad; que en este caso, se traduciría en alegrarnos por los logros de las otras personas.

Debemos también orar por ellas y el mundo entero, de tal forma que alcancemos todos la gracia de explotar nuestro potencial y talentos, y lleguemos a ser esas personas que Dios nos llamó a ser: «estas oraciones son buenas y agradan a Dios. Pues Él quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2, 3-4).

3. Asumir equivocadamente que la felicidad está en alcanzar ciertas cosas

Sebas, el dueño del jardín con pasto verde, envidia también el árbol en el jardín de Fulano y dice: «…comería ensalada de aguacate todos los días, sería un hombre tan feliz». Lo cierto es que, si no se es feliz con lo que se tiene en el presente, no lo seremos tampoco cuando tengamos otras cosas en el futuro. Innegablemente, si las obtenemos, estaremos alegres y por un breve momento nos sentiremos satisfechos, pero no seremos felices.

Como católicos, debemos estar conscientes de la diferencia fundamental que existe entre ser y estar feliz. Las buenas noticias y las cosas materiales nos pueden poner alegres, pero al ser transitorias no tienen la capacidad de hacernos verdaderamente felices. Son varios los casos de artistas y personas famosas que teniéndolo «todo» se sienten tan vacías que terminan refugiándose en las drogas o suicidándose.

Sin ir muy lejos, en nuestra propia historia personal, ¿cuántas veces hemos pensado que si compramos tal cosa o si alcanzamos tal meta seremos felices? Luego la compramos o lo logramos y nos damos cuenta de que nuestra alegría, aunque real y sincera es siempre pasajera. Solo Dios, fuente de agua viva, puede satisfacer nuestra sed de Infinito… y es que de eso se trata la felicidad del Cielo también: de la eternidad, el saber que mi alegría es eterna, que no se acaba y que nadie me la puede arrebatar.

Bien nos recomienda nuestro Señor tantas veces: «… júntense riquezas celestiales que no se acaban, donde el ladrón no puede llegar ni la polilla destruir. Porque, donde está tu tesoro, ahí también está tu corazón» (Lc 12, 32-34).

Para terminar, comparto la reflexión que nuestro Papa Francisco hizo hace algunos años basándose en la lectura que habla de la victoria de los israelitas sobre los filisteos gracias al coraje de David.

«…aquella gran victoria comienza a convertirse en derrota en el corazón del rey en el que se insinúa, como ocurrió con Caín, el ‘gusano de los celos y de la envidia’. Como Caín con Abel, el rey decide asesinar a David. Así actúan los celos en nuestros corazones, es una mala inquietud, que no tolera que un hermano o una hermana tengan algo que yo no tengo. Saúl, en vez de alabar a Dios, como hacían las mujeres de Israel, por esta victoria, prefiere encerrarse en sí mismo, amargarse, cocinar sus sentimientos en el caldo de la amargura.

Los celos llevan a matar. La envidia lleva a matar. Justamente fue esta puerta, la puerta de la envidia, por la cual el diablo entró en el mundo. La Biblia dice: ‘Por la envidia del diablo entró el mal en el mundo’. Los celos y la envidia abren las puertas a todas las cosas malas. También dividen a la comunidad. […] En el corazón de una persona golpeada por los celos y por la envidia, ocurren dos cosas clarísimas:

La primera cosa es la amargura. La persona envidiosa, la persona celosa es una persona amargada: no sabe cantar, no sabe alabar, no sabe qué cosa sea la alegría, siempre mira ‘qué cosa tiene aquel y que yo no tengo’. Y esto lo lleva a la amargura, a una amargura que se difunde sobre toda la comunidad. Son, estos, sembradores de amargura.

La segunda actitud, que lleva a los celos y a la envidia, son las habladurías. Porque este no tolera que aquel tenga algo, la solución es abajar al otro, para que yo esté un poco más alto. Y el instrumento son las habladurías. Busca siempre y tras un chisme verás que están los celos, está la envidia. Y las habladurías dividen a la comunidad, destruyen a la comunidad. Son las armas del diablo. A continuación una persona que está bajo la influencia de la envidia y de los celos mata, como dice el apóstol Juan: “Quien odia a su hermano es un homicida”. Y el envidioso, el celoso, comienza a odiar al hermano».