
Hace poco me detuve a ver un anuncio de Toyota titulado «Where Dreams Begin» y no pude evitar conmoverme. En él, vemos cómo la imaginación de un niño transforma lo cotidiano en una aventura épica.
Me hizo pensar inmediatamente en nuestro niño interior y en esa capacidad de asombro que, con el pasar de los años, a veces dejamos empolvada en algún rincón del corazón. ¿Alguna vez te has preguntado qué diría esa versión pequeña de ti si te viera hoy? ¿Reconocería en tu mirada la luz de quien se sabe amado por Dios o encontraría a un adulto demasiado cansado para soñar?
Este no es solo un ejercicio de nostalgia; es una invitación a redescubrir nuestra identidad más profunda frente a Dios Padre.
Esa chispa que el tiempo no pudo apagar
A menudo, la vida adulta nos empuja a una seriedad que raya en el desencanto. Nos llenamos de agendas, preocupaciones financieras y metas de éxito que, aunque necesarias, suelen silenciar esa voz interna que solía hablar con Dios con la naturalidad de un mejor amigo.
¿Qué soñabas de niño que aún sigue vivo en ti? ¡Recuerda aquella confianza absoluta en que todo era posible! Te puede servir esta reflexión sobre la velocidad de la vida .
Para quienes nos dedicamos al apostolado, ya sea en un aula, en una parroquia o en el café con un amigo, esta es la verdadera captatio: volver al origen. San Josemaría nos recordaba con fuerza que «hacerse niños» es el camino para entrar en el Reino.
No se trata de ser infantiles, sino de recuperar la sencillez del corazón que no tiene miedo de pedir, que no se avergüenza de caer y que, sobre todo, sabe que no puede caminar solo. ¡Qué descanso da saber que no tenemos que ser autosuficientes ante los ojos de Dios!
Si nos pusiéramos frente a un espejo y permitiéramos que ese niño que fuimos tomara la palabra, ¿qué nos preguntaría sobre nuestra fe? Quizás nos diría: «¿Por qué dejaste de hablarle a Jesús antes de dormir?» o «¿Cuándo fue la última vez que te asombraste por el color del cielo?».
A veces, nuestra relación con Dios se vuelve «burocrática»: cumplimos normas, asistimos a ritos, pero hemos perdido el fuego. El niño interior no entiende de protocolos complicados; él entiende de amor, de presencia y de protección.
Dios no nos mira como el jefe de una multinacional que evalúa resultados, ¡Él nos mira como ese Padre que se agacha para estar a nuestra altura y escucharnos balbucear nuestras penas y alegrías! ¿No es acaso esa la esencia del Evangelio? Un Dios que se hace niño para que nosotros no tengamos miedo de acercarnos a Él.
Un diálogo entre lo que somos y lo que soñamos
Es curioso cómo la publicidad, como en este caso Toyota, logra tocar fibras sobre el propósito de la vida. Ellos nos dicen que los sueños comienzan en algún lugar, en un primer impulso. Para nosotros, ese lugar es el corazón de Dios.
Nuestro propósito no es algo que «construimos» de la nada con esfuerzo titánico, sino algo que «descubrimos» cuando volvemos a la inocencia de la filiación divina.
Te invito a pensar: ¿Hay algo que el niño que fuiste te diría hoy sobre tu propósito? Tal vez te recordaría que querías ayudar a los demás, que te emocionaba la justicia o que sentías una curiosidad inmensa por el misterio de la vida.
Esos impulsos no eran casualidades; eran las semillas que Dios plantó en ti. ¡No permitas que el ruido del mundo ahogue esos susurros divinos!
Acompañar a otros en la fe significa, en gran medida, ayudarlos a despojarse de las máscaras de la «adultez amargada» para que vuelvan a encontrarse con su niño interior, ese que sabe que es hijo de un Rey y que, por tanto, tiene derecho a soñar en grande.
Un último pensamiento
No tengas miedo de la vulnerabilidad que surge al mirar atrás. Al final del día, lo que nuestro niño interior más anhela no es el éxito profesional ni el reconocimiento social, sino la seguridad de que es amado incondicionalmente. Y esa seguridad solo la encontramos en los brazos de Jesús.
¡Ánimo en tu misión! Recuerda que no transmitimos conceptos, transmitimos Vida. Y esa Vida se comunica mejor cuando hablamos de corazón a corazón, reconociéndonos todos como niños pequeños necesitados de la Gracia. ¡Qué alegría es saber que, pase lo que pase, para Dios siempre seremos sus pequeños favoritos!

Gracias, GRACIAS! Por darnos esas pequeñas vitaminas para el alma, por permitirnos, en ésta ocasión, pensar en los sueños que dejamos por el bullicio de cada día, y me hizo recordar las palabras de su Santidad León XIV, «Hacer silencio» aprender a _acallar_ el ruido interior y exterior para hacer oración! Dios los bendiga siempre 🙏🏼
Que hermoso relato me llegó al corazón y me despertó el alma. Tanta verdad al mirar atrás es realmente maravilloso y encantador ser niño por un momento. gracias y bendiciones.
Me parece tan previsible este mensaje. Ese niño del anuncio ni siquiera habla de Dios o le agradece. El adulto tampoco. Muchos de nosotros, yo en particular, posiblemente no soy atleta o corredora de autos, quizás sólo una mujer con una mediocre vida. Dios puso sueños pero quizás le vaste a Él y a mi que siga viva y que permanezca en su amor.
Que preciosa reflexión sin duda alguna , la vida de adulto se transforma en un maratón sin pausas, estas reflexiones nos hacen detenernos , respirar y volver a donde “comienzan los sueños”