La Cuaresma es tiempo de conversión para la Pascua. Tiempo para arrepentirnos de nuestros pecados y vivir más cerca de Cristo. Hacemos un esfuerzo por vivir como hijos de Dios. Es un tiempo de reflexión, de penitencia, de conversión espiritual. Cristo nos invita a escuchar su Palabra, orar, compartir con el prójimo y hacer obras buenas.

Estos son tres puntos sobre los que podemos reflexionar para vivir una Cuaresma mucho más entregados a Dios. Para entender un poco mejor qué quiere decir Cristo cuando nos dice que nos neguemos a nosotros mismos, que amemos a nuestros hermanos y que carguemos con la cruz que se nos ha dado.



1. Abrir el corazón al misterio de amor de Cristo

Es un tiempo para aprender a conocer y apreciar la Cruz de Jesús. Así aprendemos a cargar nuestra cruz con alegría para alcanzar la resurrección. El Señor Jesús nos ha dicho: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.…» (Mateo 16, 24-25) ¿Qué significa esta paradoja: «¿el que pierda su vida… la hallará?». Suena insensato, suena una locura.



«Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gálatas 2, 19-20). La única manera de participar de la obra reconciliadora obrada por Jesús en la Cruz, es morir a nuestro pecado, a nuestro hombre viejo — del que habla San Pablo en Romanos 6, 6 — con sus malos hábitos. «Cargar mi cruz» significa esa opción de fe para morir a nuestros pecados. Es la necedad y locura de la Cruz.

Cristo, por amor a nosotros, vivió esa locura de la Cruz: «Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz». (Filipenses 2, 6-8)

2. La caridad cristiana no son «gestos a la carta» para tranquilizar la conciencia

«Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; porque el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto» (1 Juan 4, 20). Si amamos a Dios, tiene que reflejarse en el amor a los demás. Si nuestro amor a Dios es auténtico, la relación con nuestros hermanos es fruto de ese amor.

Debe ser un amor que erradica todo egoísmo, la falsedad, la mentira, los intereses y conveniencias personales. Estar dispuestos, como Cristo, a sacrificarnos por los demás. Ser radicalmente generosos, entregados, serviciales. Implica buscar al enfermo, al triste, al afligido y agobiado, al desamparado y necesitado. A los que ya perdieron la esperanza y experimentan un profundo vacío interior.

No es una opción «color de rosa». Tiene espinas. El camino del cristiano es el amor, pero implica el sufrimiento de la cruz. El cristiano carga su cruz, y hace una opción de amor para cargar la cruz de los demás. Ese amor a Cristo y a los hermanos es la paradoja necia y loca de la Cruz. Pero los que lo vivimos, sabemos que es el auténtico camino hacia la felicidad.

3. La opción por Cristo implica una renuncia al mundo y a nosotros mismos

Si optamos por Cristo, necesariamente renunciamos al mundo. «Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Así, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca…» (Apocalipsis 3, 15-16).

Al ver el mundo en que vivimos, la tentación de buscar revancha y hacer justicia con las propias manos, es una experiencia que vivimos a flor de piel. Sin embargo, como cristianos hicimos la opción del perdón y de la reconciliación fraterna. Cada día, durante toda la vida, hemos de arrojar de nuestros corazones el odio, el rencor, la envidia, los celos y todo aquello que se oponga a nuestro amor a Dios y a los hermanos.

Finalmente, pido a Dios que nos conceda la gracia necesaria para ser auténticos cristianos. Que aprendamos a ser verdaderos discípulos de Cristo. La vida cristiana es nuestra relación personal de amor a Cristo y a los demás. No puedo amar a dos señores. O soy discípulo de Cristo o sigo este mundo de tinieblas.