Parece imposible concebir cómo un joven millennial puede pensar que su vida tiene sentido y es feliz, encerrándose y entregándose a la oración en un monasterio. Y es que la generación de los millennial está caracterizada entre muchas otras cosas por ritmos acelerados, por el deseo de querer hacer muchas cosas, de innovar y de apoyarse en lo cotidiano, en las facilidades que ofrece la tecnología.

Suena contradictorio o incompatible con el estilo de vida monástica. Quizá un ideal muy noble sea dedicar así la existencia para servir a Dios, pero acaso ¿no sería más provechoso y se haría mayor bien, con obras de caridad?, ¿quizá trabajando en alguna organización o si es en el camino de la vida religiosa, haciendo un apostolado más activo? Estas inquietudes y otras más pueden surgir cuando se imagina uno un monje en medio del siglo XXI y más aun cuando este tiene no más que 24 años.



Este video que les traemos es una entrevista realizada por «Arguments», que cuenta el testimonio de Fray Ignacio Esparza. Un joven español, que luego de culminar sus estudios universitarios en Navarra, encontró que el camino al que Dios lo estaba invitando se concretaba ingresando a un monasterio benedictino, para llevar una vida contemplativa, centrada en la oración.



La respuesta a un llamado

Vale la pena aclarar que una auténtica vocación es una experiencia de ser llamado por Dios a algo específico para que avanzando por este camino, la vida sea plena y dichosa. Esta experiencia se da también hoy, no muy distinta a la que han tenido los apóstoles o los santos que conocemos tiempo atrás. Entonces, podemos decir que la vocación viene de Dios, es Él quien invita, propone más no impone, sino siendo respetuoso de nuestra libertad, nos ofrece esta llamada. Ya lo diría el Papa Francisco: «Dios es el que te primerea. Uno lo está buscando, pero Él te busca primero. Uno quiero encontrarlo, pero Él nos encuentra primero».

La vocación no es necesariamente algo en lo que la persona se siente cómoda, a gusto siempre, o lo más fácil. Tampoco se reduce únicamente a lo profesional, no es fruto solo de la iniciativa de cada persona, sino la respuesta a un encuentro con Dios, que rico en misericordia piensa en cada uno y nos busca para ofrecernos lo mejor. Por lo anterior es que podemos comprender con alegría que hoy, a pesar de que los tiempos presenten cambios, que parecen no encajar con la vida religiosa, Dios sigue eligiendo y convocando personas para enriquecer la vida de la Iglesia y para extender su amor en el mundo.

Este fraile describe también su vocación como «un proceso en el que el protagonista es el Señor, y en el día a día el Señor te va llamando, muchas veces tienes la intuición desde antes de poder hacerla explícita».

¿Cómo cambiar el mundo desde un monasterio?

Ciertamente la mentalidad actual nos propone que lo más valioso y eficiente es lo que muestra resultados, lo que es visible, lo que se expresa en frutos abundantes. Desde una óptica tan pragmática y productivista, la opción de una vida de mayor recogimiento, de más tiempo de oración, de poco contacto con el mundo, es un desperdicio y el que sigue este camino está condenado al fracaso.

Incluso estos criterios a veces empañan los ideales de evangelización y de cambio del mundo que tiene la Iglesia. Se pudiera así dar más realce a las espiritualidades más activas porque visiblemente pareciera que hacen mayor servicio, y las contemplativas pueden verse en riesgo de extinción por no ser tan pertinentes en estos tiempos, que necesitamos hacer tantas cosas.

Se olvida entonces que la Obra es de Dios y que cada uno de nosotros es un instrumento y un servidor. Me remito a recordar el encuentro de Jesús con Marta y María, la primera centrada en la acción, pero sin mirar al Señor y la segunda más en la contemplación al lado del Señor. (Lc 10, 38-42) ¡Qué distinto si se entiende desde la centralidad del Señor, que ya sea orando o haciendo actividades, si es que estamos unidos a Dios, podemos dar fruto! (Parábola de la Vid y los Sarmientos, ver Jn 15,5).

Desde la óptica de este monje, su aporte en el cambio del mundo consistirá en «dos cosas principalmente: la oración, que tiene unos efectos que ni nos imaginamos. Y también cambiando primero nosotros mismos. No se cambia el mundo, sino cosas pequeñas o grandes, que es de lo que está formado el mundo».

Incluso me atrevería a opinar que la vida contemplativa puede ser mucho más pertinente hoy, porque ante tantas dificultades y dolor que hay el mundo, además de las expresiones de la falta de amor, es una bendición que Dios invite a estos hermanos a servir desde la oración intercediendo por estas situaciones. Lo cual hace que tengamos viva la esperanza que Dios nos atiende y nos acompaña, porque Él siempre escucha las súplicas de sus hijos.

Una experiencia personal

Escuchando a este fraile recordé lo vivido en días anteriores en Panamá, en la JMJ. Tuve la bendición de asistir y participar de este encuentro de fe con muchos jóvenes del mundo. Dentro de las cosas que más llamaron mi atención, estuvo percibir la variedad de carismas que enriquecen a la Iglesia. Y precisamente corroborar que no es impedimento ser de la generación millennial para vivir la fe y para responder a la llamada de Dios. De muchas maneras, algunos en la vida sacerdotal, religiosa, matrimonial, misionera, etc.

Sea cual fuera el camino, lo esencial era la disponibilidad de servir al Señor. También se evidenciaba la obra de Dios y el cumplimiento de su promesa de extender su presencia a través de esta gran familia eclesial. Convocando a cada uno a diferentes caminos pero que pueden vivir la unidad en la fe y en el amor. Por otro lado, pensaba precisamente en el lema de la Jornada «He aquí la Sierva del Señor, Hágase en mí según tu Palabra»(Lc 1,38). Y es que estas palabras de María son precisamente la respuesta a esa primera llamada, a ese encuentro de amor con Dios, quien la invitaba a una noble y grandiosa misión, ser la madre del Señor.

María es quien nos inspira mostrándonos que el que responde a Dios, nunca se equivoca y aunque este camino no esté exento de dificultades y dolores, es la única manera de poder ser dichosos y plenos. Es también lo que puedo compartirles hoy al haber sentido en un momento la llamada de Dios a una vida de mayor consagración, y de experimentar el mayor gozo al haberle dicho «sí».

Demos gracias a Dios porque sigue suscitando vocaciones de este servicio tan especial en la Iglesia y pidamos por ellos, por su perseverancia y fidelidad. Si el testimonio de Ignacio te gustó, puedes encontrar otro aquí, de uno de sus compañeros, quien también comparte una maravillosa experiencia.