No sé si a ti también te pase, pero diariamente me encuentro con un sinfín de «pequeños misterios», que son bastante grandes a la hora de darles una posible respuesta. Estos hacen que la vida también sea más apasionante, menos monótona, más divertida. Sabemos que nuestra fe está compuesta de enormes misterios, por ejemplo, la Santísima Trinidad, la Resurrección, la Transubstanciación, entre muchos más.

Pero hoy quiero no solo hablarte desde la fe, sino también desde la propia vida del día a día. Esas preguntas que nos repetimos todos los días y que nos hacen reflexionar profundamente (cuando nos aventuramos a ellos con valentía).

¿Por qué quiero servir a Dios dentro de una vocación y no puedo, cuando hay otros que la abandonan?, ¿por qué soy fiel a la oración, pero no escucho respuesta?, ¿por qué soy “bueno” pero solamente siento que todo me sale mal?, ¿por qué siento que otros reciben tantas bendiciones y yo únicamente dificultades? Y así podríamos continuar por bastante tiempo. 

La cuestión fundamental es cuál actitud optamos por tomar frente a estas preguntas que surgen diariamente en nuestra vida. Ante estos «pequeños», pero abundantes, cotidianos y constantes «misterios», ¿cuál debe ser nuestra actitud?

Antes de hablar de ello, tendríamos que hacer como una especie de categorización de estos misterios. ¡Son tan comunes como tan variados en sus formas!

Misterios existenciales

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Todo ser humano ha pasado por el momento en que se pregunta por sí mismo, por el quién es, por su razón de ser y estar en el mundo. Por aquello que conocemos como el propósito vital. Lo mejor de este tipo de interrogantes es que contribuyen en la construcción de la propia identidad, además de ayudar en nuestros proyectos de vida.

Cuando estamos en medio de estos misterios tan personales, es necesario tenernos paciencia a nosotros mismos. Pues no siempre se encuentra una pronta respuesta. Pero también tener la disposición de encontrar respuestas que pueden ser desde retadoras a difíciles de aceptar. O, puede pasar, que la respuesta no nos agrade. 

También es sano recurrir a apoyo espiritual y/o psicológico, cuando se vea necesario. Hacerlo de manera humilde y sencilla, pues una sana terapia, una sana dirección espiritual, serán siempre una enorme herramienta para hacer frente a estos misterios tan humanos, pero a la vez tan profundos en la espiritualidad misma del hombre. 

Misterios trascendentales

misterios, Esa duda que te carcome «es un misterio», dicen. ¡Pues te diré lo que ahora necesitas saber!

Tanto como nos preguntamos por nosotros mismos, también nos preguntamos por Dios, por la eternidad, por la muerte y por lo que le sigue a esta. Todos estos misterios también deben ser atendidos por nuestra reflexión. Es necesario que no los ignoremos, pues además hacen parte de cuestiones de fe.

Interrogarnos por lo que nos supera hace que nos reconozcamos limitados, lo que hace mucho bien a nuestra humildad y al fortalecimiento de nuestra fe en Dios. Pero, ante estos misterios, es imperativa la necesidad de abrir el corazón, de preguntar a otros, de reconocer que algunas veces no tenemos cómo responder. Al dialogar con algunas personas, podemos llegar a conclusiones valiosas. 

Recuerda que, en cuestiones de fe, las dudas no son el problema. El problema es quedarse con ellas y no buscar respuestas o, por lo menos, conclusiones reflexivas que nos ayuden tanto a purificar como a fortalecer nuestra espiritualidad y creencias. 

Misterios humanos

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Creo que en esta categoría podríamos incluir los misterios que se nos abren en las relaciones interpersonales, hablando de familia, amigos, pareja, vecinos. Me atrevería a decir que si bien tenemos múltiples misterios existenciales y personales, a nivel comunitario y fraterno hay muchos más. 

Todos hemos pasado por relaciones interpersonales y familiares que nos han dejado llenos de preguntas. Personas que son respuesta, pero también hay quienes son pregunta. Esto sí que debe hacernos camino para la reflexión, ¿cómo soy con y ante los demás?, ¿soy una persona que ayuda a encontrar respuestas o a sembrar dudas?

Todo esto nos exige perseverancia, pues siempre se presentará la opción más sencilla: huir, soltar. Pero tendríamos que preguntarnos, hoy más que nunca, si todos soltamos (huimos) ¿quién permanece?, ¿quién sostiene? Creería que si bien es necesario el abandono, en el buen sentido, también es muy necesaria la permanencia, la constancia. 

Una actitud receptiva, crítica y no criticona, una relación guiada por el juicio de la razón y no el enjuiciamiento, y una mirada objetiva, serán siempre parte del entramado necesario en la construcción de la comunidad humana. 

¿Qué hacer frente a ellos?

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La Real Academia de la Lengua Española, al definir la palabra misterio, dice: «cosa arcana o muy recóndita, que no se puede comprender o explicar». Por esto, nos compete comenzar con una premisa: el misterio siempre terminará siendo un misterio, algo que no se acaba de explicar por completo. 

Partir desde ahí nos ayudará a evitar la frustración y, antes bien, encender la pasión por buscar respuestas de manera sana y equilibrada. Frente a todo el cúmulo de misterios, preguntas, retos… que se nos presentan día tras día, es necesario apoyarse en una meditación profunda de la vida misma. 

Como creyentes, la lectura orante de la Palabra de Dios, la oración espontánea, la vivencia de la caridad, la amistad fraterna y sincera, la vivencia de los sacramentos y la catequesis, entre muchas más herramientas que nos regala la fe, nos sirven como fuente de la cual tomar para afrontar el día a día y sus misterios.

Finalmente, tenemos que ser conscientes de que tanto como es importante reflexionar sobre los grandes misterios de la fe, es también fundamental encaminarnos con valentía en la reflexión de los «pequeños misterios» que nos rodean. Hacen de nosotros todos los días alguien diferente, alguien único. Un hijo de Dios que, de diversas maneras, busca la santidad.

 

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