Empujados por el impulso y la poca reflexión mía y de mi esposo, hace unas semanas nos embarcamos en una aventura que jamás hubiera imaginado: Misiones familiares. La idea al principio me pareció de lo más natural y entusiasta: nada más bello que llevar la buena nueva a lugares lejanos. Entusiasmada acepté sin siquiera meditar lo que significaría que nosotros dos, con tres pequeños a cuestas nos internaríamos en un pueblo lejano al sur del país para hablarle a la gente de Dios. A medida que los días se aproximaban y la idea se iba volviendo realidad, la aventura ya no me parecía tan atractiva. Eran casi 14 horas en autobús, hacia un lugar desconocido, sin comodidades y con 3 niños pequeños.

A menos de horas de salir de viaje, mi esposo y yo entramos en una discusión que parecía no tener solución. Solo puedo decir que finalmente subimos a ese bus, con nuestros temores, dudas, reproches e hijos a cuestas. En este momento solo había que confiar en Dios, finalmente íbamos en su nombre.



Las misiones familiares, en Latinoamérica nacieron en Chile dentro del Movimiento católico de «Schoenstatt», impulsadas por el Padre Hernán Alessandri. Las llamó «Misiones familiares católicas» con la intención de que estás misiones estuvieran al servicio de la Iglesia católica y no solo enmarcadas dentro de un movimiento. En este contexto es la familia la que se hace misionera y esto solo lo pude entender allá misionando.

Así pues nos embarcamos junto a un hermoso grupo de hermanos schoensttatianos predominantemente y hermanos de otras espiritualidades, todos con la misión de servir a la iglesia y anunciar a Cristo a través de su Madre, la Virgen Peregrina de Schoenstatt. La experiencia ha sido tan rica que hoy, a través de este post, no solo quiero compartir mi experiencia, sino dejar algunos aprendizajes que pueden ser útiles en nuestra vida apostólica.



1. Dios me llama, me llama siempre

Resulta común que en algún momento de nuestra vida, sobre todo cuando tuvimos ese primer encuentro sensible con Dios, sintiéramos que el corazón nos ardía y que Dios nos llamaba insistentemente a seguirlo. Sucede que con el paso de los años ese sentimiento y esa certeza del llamado se van calmando. Algunos podrían decir incluso que el llamado ya no se escucha, que fue respondido y es nuestra misión seguirlo.

En misiones pude comprobar que Dios no llama solo una vez en la vida a que lo sigas, llama siempre. No se cansa de ti, no se olvida de tus anhelos y tus sueños primeros. Sus promesas son siempre cumplidas y su deseo de unión contigo es más grande, mucho más grande de lo que puedas siquiera imaginar. La clave está en la entrega, esa entrega que sucede incluso en la duda, a pesar tuyo, de tus incomodidades y reproches. La entrega no es sencilla, Dios respeta tus tiempos pero Él también tiene los suyos, si le abres la puerta, créeme que entrará y lo transformará todo. Dios no atropella, no se mete por debajo de la puerta ni actúa a espaldas tuyas. Él llama, toca a la puerta y necesita que tú se la abras.

2. Aprendí a ver el rostro de Dios en otras personas

Si bien todos los cristianos estamos llamados a ser misioneros en el sentido de anunciar la buena nueva, salir de misiones a lugares apartados dejando la comodidad de tu hogar y a los tuyos, es algo distinto. Hace que pongas tu vida a un lado ineludiblemente. Te sorprende el empezar a mirar al otro, no solo en su necesidad sino en la maravilla de su vida aún en la miseria, en la enfermedad, en la fragilidad del que sufre, ahí está Cristo. En la sencillez del que vive con poco, ahí está Cristo. En el enfermo que no puede moverse pero que sus ojos se conmueven y brotan las lágrimas de alegría al ver que no solo lo visitas sino que le llevas a Su Madre, ahí está Cristo. Cuántas veces nos preguntamos dónde está Dios, si solo pudiéramos comprender que Dios está ahí, en el abrazo de alguien que necesita consuelo. Que te llama y te dice: Ven consuélame, dame de comer.

3. Es una experiencia que también sucede en el espíritu

Las misiones son exigentes, salir con hijos pequeños pareciera que lo hace más difícil aún. Yo creo que con o sin hijos es una experiencia que exige salgas de ti mismo. No es que encuentras una experiencia sublime, o que en todo momento el corazón parece que se te fuera a salir del pecho de la emoción. No, muchas veces no le encuentras el sentido. Las puertas no se abren, puedes encontrar rechazo, temor, insultos.

El cansancio puede llenarte de apatía y no encontrar sentido alguno. Las preguntas abundan, «¿qué diferencia concreta puedo yo hacer aquí?». «¿daría lo mismo que estuviera o no?». Pero Dios obra en el espíritu, así no lo sientas, calladamente. Luego ves que ya no eres el mismo, que esa experiencia dejó una huella en tu vida, que Dios te sigue llamando. Cuando abres la puerta, Dios entra y conversa contigo a niveles que tal vez te tomen la vida entera entender. Es una conversación que sucede en el espíritu y que si así lo quieres, no tendrá fin.

4. Recordé que me aman

Hace algún tiempo había leído la frase que se le atribuye a la Virgen: «Si supieras cuánto te amo, llorarías de alegría». Salir a misionar es realmente una aventura, no sabes si te abrirán la puerta o no. Si serás bien recibido, si el cansancio y el desánimo harán que quieras «tirar la toalla» en cualquier momento. Y sin embargo, Dios siempre sale al encuentro, te habla a través de los que visitas, te consuela en el momento en que más lo necesitabas, te brinda agua y refugio cuando el calor apremia, te protege del mal tiempo y te consiente al punto de sentirse su predilecto. Ves su sonrisa y su grandeza en las preguntas de los niños, de los ancianos que se alegran por tu presencia. Dios nos ama, infinitamente.

5. Somos Iglesia, comunión de los santos

Las misiones familiares son una tarea que se hace de a muchos. Jóvenes, familias enteras, sacerdotes, personas mayores, todos unidos con la consigna de llevar la buena nueva al lugar donde Él mismo nos ha conducido. En estas misiones habían personas que venía de muy lejos, que si a algunos nos había tocado viajar 14 horas para llegar, a otros les había tomado el doble. Venían de la hermana nación Argentina. Jóvenes que en lugar de salir de vacaciones y disfrutar del verano y su juventud, escogieron ir a servir a Dios gratuitamente. Y así unidos todos vivir lo que es la Iglesia, la comunidad de los santos que empezamos a vivir desde ya, aquí en la tierra, unidos en oración, en misión y en sacramentos.

6. Es una experiencia personal

Así como todos estamos llamados a salir a anunciar a Cristo en comunidad, así también hay una dimensión personal de relación con Él. En estas misiones descubrí que cada uno de los que estábamos ahí teníamos una misión en común pero también teníamos un llamado personal, individual con Dios. Desde los mayores más experimentados hasta el más pequeño de los niños que nos acompañaba. Presenciar oraciones, preguntas y apreciaciones de la naturaleza hechas por pequeños que no pasaban los siete años, me ha conmovido profundamente. Ser testigo de la fe creciente en mis hijos, de su asombro frente a lo sobrenatural de la fe. Dios llama a cada uno, de distinta manera.

7. No eres tú, es Dios y la Virgen

Debo confesar que da temor ir a tocar las puertas de las casas y anunciarte. A ratos te sientes como un loco que va a hablar de un Dios que nunca ha visto, del que aún tiene dudas. «¿Y si me cierran la puerta?», «¿si nunca me abren?», «si a mi me tocaran la puerta, ¿abriría?». Es absolutamente sobrecogedor ver cómo la gente abre la puerta con desconfianza pero al ver la imagen de la Virgen María en brazos, no hay quien se resista. Pero es que no eres tú. Los misioneros somos solo meros instrumentos de Dios. Dios y la Virgen María son los que abren paso.

Son ellos los que salen al encuentro. No es mérito propio, no se trata de lo simpáticos que seamos o del buen manejo de las palabras que tengamos, es la Virgen que va visitando a sus hijos y como madre amorosa quiere ver a todos, y quién puede resistirse a la visita de una madre que ama profundamente. Si las puertas no se abren, recordemos que Dios nunca se cansa de llamar incansablemente.

8. Dios siempre gana en generosidad

Contaba de estos chicos, de estos matrimonios que vinieron a acompañarnos desde tan lejos. Cómo entender que dejaron las vacaciones del año por esto…y en contraste, la alegría de su mirar. El entusiasmo, el recibimiento de sus familias y amigos al retorno. El cariño que recibieron de todos en aquel lugar lejano. Dios siempre gana en generosidad. Puedes pensar que das mucho, no te imaginas la magnitud de un amor que murió por ti en la Cruz.

9. La familia signo de alegría y amor a Dios

A veces la cotidianidad, no hace que valoremos los amores que tenemos. Tomamos lo que tenemos por hecho y de pronto en un lugar lejano alguien se sorprende de las familias. De que los esposos se amen, de que salgan con sus niños y recen juntos. La familia, ese lugar que es escuela de humanidad, en muchos lugares está rota. La imagen de una familia, que con sus luchas y con su amor se mantiene no solo viva, sino unida es signo de esperanza. Tener una familia que se funda en Dios es un regalo inmenso y hermoso. Los hijos son cada uno una bendición de Dios, y una responsabilidad no pequeña la del educarlos en una fe que los prepara para amar.

10. La responsabilidad de formarse

Pararse frente a un hermano y hablar de Cristo no solo es misión sino responsabilidad. Cuando salimos a misionar no se trata de tomar palabras lindas y repetirlas, se trata también de hablar de la Iglesia, de nuestra doctrina y las razones de fe. Es responsabilidad de cada cristiano el formarse en la fe. Buscar instancias, recurrir al Catecismo de la Iglesia católica, frecuentar la lectura del Evangelio. Todos somos Iglesia y para poder llevar la Buena Nueva es necesario conocerla. No simplemente hablar frases conmovedoras sino hablar de la verdad, de lo que la Iglesia profesa y de nuestra fidelidad.

11. La oración no es aburrida, ni para un niño

Finalmente pero no menos importante. En un ambiente como el de las misiones, la oración se hace aún más urgente. Es el motor que nos mueve, la misa diaria, el rosario diario, las oraciones al levantarse y al acostarse. Alguien que no está acostumbrado a un ritmo de oración tan intenso puede resistirse al principio, pero la oración es el lenguaje para hablar con Dios. Poco a poco se va volviendo dulce incluso para los niños que al principio se resisten y pueden quedarse a un lado. De pronto los ves ingresando a la capilla, poniéndose de rodillas, rezando un par de frases, abrazando el rosario, cantando canciones. La oración cuando brota del corazón se contagia, abre camino y une los corazones.

Si tienes oportunidad de salir de misiones, no huyas del llamado, dale la oportunidad a Dios de mostrarte realidades que te sorprenderán. Si ya has salido de misiones o si eres misionero comparte con nosotros tus experiencias.❤️