Misión de vida

Como alguna vez le escuché decir a alguien: Dios nos llama cuando estamos ocupados, es decir, cuando teníamos planes y nos veíamos haciendo miles de cosas muy diferentes a seguirlo. La historia del sacerdote irlandés David Aksencczuk’s sobre su vocación y misión de vida me recordó esta frase.

Quisiera compartir contigo esos elementos que él destacó en su relato y con los que también me sentí identificada, porque sí, la vocación es para todos, no solo para los religiosos o sacerdotes. ¡En tu vida también tienes una misión especial!

1. Sentirse insuficiente ante el llamado

Esto fue lo primero que experimentó David cuando Dios lo llamó al sacerdocio. Con apenas 17 años, se dijo: «no estoy a la altura». Así que trató de dejar a un lado la idea y seguir con su vida como si nada en particular hubiera pasado.

Pero Dios ya había sembrado esa semilla en su corazón, y su negativa lo único que le traía era inquietud y desazón.

¿Cuántas veces no nos hemos sentido así? Hemos querido seguir el llamado de nuestra vida, pero la misión que vemos por delante nos ha dado miedo e inseguridad. Preferimos quedarnos en nuestra zona de confort y hacernos los sordos.

Seguimos con la rutina, pero ya ni el dinero ni los reconocimientos nos satisfacen.

2. El ángel que nos impulsa

Meses después, sin estarlo buscando, David conoció a un sacerdote al que le compartió su inquietud vocacional. El sacerdote le pidió reconsiderar la idea y lo motivó a emprender el camino. Esto le permitió pensar seriamente en la vocación y encontrar la paz que había perdido.

Esta es tal vez una de las confirmaciones más importantes del llamado: cuando te encuentras con ese enviado de Dios que te presta su luz para iluminar ese sendero que parecía muy oscuro y te trae nuevamente a ese lugar que ya habías abandonado.

Si tú, como yo, ya has tenido la bendición de encontrar a esa persona, ofrezcamos una oración por él o por ella, porque nos ahorró bastante tiempo de andar sin rumbo.

3. El sí implica renuncias

Una vez tomada la decisión, David fue a hablar con el director de vocaciones y fue aceptado en el seminario. Pero su «sí» implicaba a la vez decirle «no» a su novia. Para él fue retador, pero le mostró que la profundidad de su vocación era tal que estaba dispuesto a dejarlo todo.

En nuestra vida, al decír sí a nuestro propósito o misión, también hemos sentido esto. Cuando hemos optado por Dios, dejamos atrás trabajos, profesiones, relaciones e incluso amistades.

Pero en vez de sentir esto como un peso, se siente liberador, porque sabemos que lo que dejamos atrás son ataduras que no nos permiten cumplir con la misión a cabalidad. Creo que ahí es cuando verdaderamente entendemos eso de «mi yugo es suave y mi carga ligera».

4. Emprender un nuevo viaje y con nuevos amigos

Con el apoyo de sus padres, David emprendió la vida en el seminario, donde desarrolló su vocación y, por supuesto, entró en el proceso formal de conocer y experimentar a ese Dios al que le dio el «sí».

Este recorrido no lo hizo solo; David destaca las nuevas amistades que fue forjando con personas de distintas edades y con variadas historias, pero con el objetivo común de seguir a Cristo.

Sin duda, uno de los regalos que nos da la vocación es encontrar una nueva familia que, sin compartir los mismos genes, está dispuesta a apoyarnos, en especial en los momentos más difíciles, y que nos ofrece oración, palabras de consuelo y ánimo para no desfallecer cuando aparecen los problemas.

5. Solo Dios basta

David comparte que, si bien tuvo dudas en los primeros años y se preguntó qué habría sido de él si no hubiera tomado este camino, siempre reafirmó su decisión, porque tenía la certeza de que solo Dios podía colmar esa necesidad que se había despertado con el llamado.

Justamente, cuando a veces miramos atrás y divagamos en el «qué hubiera sido si…», que muchas veces responde a ese jalón que nos pega el mundo, y lo comparamos con eso que despierta en nuestro ser el trabajar por el Evangelio, inmediatamente sentimos que no cambiaríamos nuestra decisión en absoluto, porque no hay nada que pueda darle mayor sentido a la vida.

6. Ponerse al servicio de los demás

David resalta que una de las cosas que más disfruta es, por supuesto, encontrar a Jesús en la Eucaristía y ser instrumento de su misericordia a través de la confesión. Con esto nos damos cuenta de que la vocación, además de responder con la propia vida a Cristo, es darse en el servicio a los demás. No puede quedarse encapsulada, esa intención tiene que ponerse en salida.

Esa es la manera en la que llevamos a un nivel mayor nuestro llamado: cuando lo que hemos recibido como don lo damos a los otros y nos esforzamos porque conozcan también a ese Dios que se nos ha revelado en nuestra vida, que nos hace felices y que nos ama a pesar de nuestras imperfecciones.

Dios tiene un plan perfecto para cada uno de nosotros y nos da la libertad para que decidamos seguirlo o no. A veces necesitamos hacer silencio para escuchar el llamado, alejarnos un poco del ruido del mundo.

Escuchemos con atención, pidámosle al Espíritu Santo que nos permita descubrir cuál es el llamado de Dios y mantengámonos firmes pidiendo su gracia para llevar a cabo la misión que nos ha encomendado.

Tengamos presente que nunca vamos a estar cien por ciento listos, lo importante es comenzar. No estamos solos, contamos con la oración de muchos que, sin conocernos, rezan para que el Reino de Dios se haga realidad entre nosotros.

Así que ¡ánimo! Dios cuenta contigo.

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