
Un día más… un día más de lo mismo, de la rutina. Parecemos no vivir sino sobrevivir, esperando el fin de semana, el evento «x», las vacaciones, algo que nos impulse a sobrellevar el hoy hasta que el día esperado llegue y —sin notarlo— se corre el grave riesgo de pasar la vida sin apreciar el presente ni las oportunidades que nos regala.
¡Qué fácil pasar el tiempo mirando reels, memes o cualquier contenido que capture nuestra (cada vez más corta) atención! ¡Qué fácil estar conectado con lo que pasa en el celular mientras estamos mentalmente (y afectivamente) distantes!
En el interín, es inevitable comparar la propia vida con los otros perfiles de nuestras redes sociales, las historias de éxito, logros o viajes.
¿Cuál es el resultado de esta dinámica diaria donde nos desconectamos de nuestro «aquí y ahora»?
Entre la rutina y la conexión real
En el corto que compartimos a continuación, vemos cómo un hombre y una mujer cruzan miradas antes de cruzar la pista y pasar uno al lado del otro. Uno de ellos está mirando su celular y es cuando deja de verlo por un momento, que se encuentra con la mirada de ella y comparten un momento de conexión… conexión presencial en el mundo real.
Ese momento suscita en la mujer una decisión: dándose cuenta del potencial valor de ese instante, se arma de valentía y decide decirle «hola» a este completo extraño. El saludo lleva a una conversación, la conversación a una corta caminata y de pronto se abre una variedad de posibilidades para ambos.
El corto termina mostrándonos que ese escenario sería realidad si alguno de ellos decidiera dar el primer paso. Sin embargo, al final, ninguno decide arriesgar, ninguno dice «hola» y las oportunidades se deja pasar…
El miedo que consume nuestras oportunidades
¿Quién o qué son aquellas oportunidades que estamos dejando pasar? Al comienzo, podríamos pensar que este corto es simplemente una historia romántica; sin embargo, es posible percibir en ella un mensaje mucho más profundo.
A lo largo de nuestra vida vemos que muchas oportunidades no se pierden por falta de talento o por circunstancias adversas sino por miedo a actuar, las perdemos sin siquiera intentar.
Muchas veces nos dejamos derrotar por las propias historias que creamos en nuestra imaginación, donde cada potencial escenario negativo que nos planteamos nos asusta y nos hace sufrir (aunque la probabilidad solo haya existido realmente en nuestra mente).
En este punto, vale la pena detenernos un momento. Pensemos en aquello y en aquellos que hemos dejado pasar por miedo: miedo al rechazo, miedo a equivocarnos, miedo al ridículo.
¿A qué se traduce esto en la vida cotidiana? A aquellos momentos cuando no iniciamos un proyecto que nos ilusiona, no decimos algo importante a alguien que queremos, no tenemos esa conversación difícil o incómoda pero necesaria para hacer que nuestros vínculos y relaciones crezcan… O no damos un paso que intuimos deberíamos dar pues no hemos «ejercitado el músculo» de confiar en Dios y confiar en nosotros mismos. Al contrario, el miedo a fallar nos petrifica.
Fe en Dios y confianza en nosotros mismos
Sobre la fe en Dios, hay una frase popular que se dice en la Iglesia: «El miedo no es de Dios». San Pablo lo dice de esta forma: «Porque Dios no nos dio un espíritu de timidez, sino un espíritu de fortaleza, de amor y de buen juicio» (2 Tim 1, 7).
De forma que, si experimentamos una sensación de miedo que no nos permite avanzar o que nos causa angustia, podemos tener certeza de que ese miedo proviene del enemigo. El amor perfecto de nuestro Señor expulsa el temor y la vacilación. Nos anima a confiar, a ser valientes, sabiendo que Su amor nos cubre y pase lo que pase, Él nos sostendrá.
Entender Su amor es saber que Él no quiere que vivamos apagados, tímidos o intimidados, aplastados por una visión pesimista de la realidad. Es entender que Su amor actúa en el presente, en el aquí y ahora, en nuestras circunstancias actuales, por más adversas que parezcan.
La esperanza de aquel que ama a Cristo no es pensar que todo saldrá bien (eso es optimismo). La esperanza cristiana es saber con certeza férrea que Dios, Su amor, Su luz y Su abrazo nos sostienen en cualquier escenario. Santo Tomás Moro lo decía de esta forma: «Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor».
Respecto a la confianza en nosotros mismos, pensemos en la parábola de los talentos (Mt 25, 14-28). En ella, Jesús nos hace ver el caso de aquel que recibió un talento y que, al momento de rendir cuentas ante su Señor, dijo: «… Por eso yo tuve miedo y escondí en tierra tu dinero; aquí tienes lo tuyo». A lo que su patrón respondió: «… Quítenle pues el talento y entréguenselo al que tiene diez. Porque al que produce se le dará y tendrá en abundancia, pero al que no produce se le quitará hasta lo que tiene…».
Como menciona el sacerdote Bernardo Hurault en sus comentarios, el servidor que escondió su talento representa al flojo, al indiferente y al cobarde que nunca se arriesga a tomar iniciativas útiles. Dios no acepta que seamos mediocres. Este dueño exigente no aplasta al hombre, sino que lo obliga a levantarse. Confiar en Dios es también confiar en nosotros mismos.
Dios me ha encomendado muchas capacidades para bien de los demás, y mientras acepte tomar responsabilidades sin temor a las críticas o posible fracaso, se me confiará más todavía.
Vale la pena hacer la diferencia entre la confianza en sí mismo y el ego. El ego no tolera el error, fin de la historia. La confianza en sí mismo sabe que el error es parte del proceso y que, con un tanto de trabajo, se ha de superar. Aquí, la gracia de la humildad y el discernimiento nos pueden ser muy útiles.
Nuevamente, santo Tomás Moro nos regala una frase genial: «Dichosos los que piensan antes de actuar y rezan antes de pensar porque no se turbarán por lo imprevisible».
Finalmente, dejemos esa mentalidad de vida romantizada donde nuestro destino se define solamente en determinados grandes momentos. Al contrario, la vida se va forjando por pequeños actos de valentía en miles de momentos aparentemente insignificantes.
Que nuestro buen Señor nos dé la gracia de identificar, discernir y conquistar las oportunidades que en Su infinito amor nos presenta cada día, prestando atención al aquí y ahora; teniendo la alegría y la esperanza de saber que Él «hace nuevas todas las cosas» (Ap 21, 5). Así sea.
📨 ¿Te gustaría ser parte de nuestra más selecta comunidad? Si quieres recibir contenido exclusivo, recomendaciones geniales y alguna que otra sorpresa más… suscríbete gratis a nuestra nueva newsletter y recibe en tu correo novedades que no encontrarás en otra parte.
Haz clic aquí para suscribirte gratis.

Muy buenas reflexiones
Lindo ve…qué dicen nosé…no parlo inglés…ja Bendiabrazos
Buenas tardes. Doy gracias a Dios y a la Virgen de iniciar este camino hacia la santidad junto a mi pareja que sufrió un accidente donde perdió su brazo derecho. Y fue todo un cambio de mentalidad, la certeza de Cristo vivo.
Que maravilla este teme, es verdad muchas veces la felicidad se va como el olor de un perfume por defender más nuestros miedos que los propositos santos que tiene el señor para nosotros, soy madre,ingeniera ambiental, comunicadora radial y misionera. Me place mucho estos temas