Debo confesar algo: hay días que imagino que Jesús quiere que me relaje antes de querer escucharlo afanadamente. Hay un estudio que resalta que la gente que medita tiene más calma y la calma crea conexiones neuronales propicias para tomar mejores decisiones, sin miedos y exigencias de por medio. Es decir: mejora el discernimiento, la vida.

Cuando tenemos los sentimientos y los pensamientos revoloteando sabemos que necesitamos oración, pero el mismo ajetreo interior no nos deja disponernos para hacerla. Y al no poder hacerla se añade como otra tarea a nuestra agenda que no hemos cumplido y la posponemos… así hasta que Dios se vuelve como otra tarea sin cumplir.



Estos momentos se conjuntan con una sensación de vacío existencial: ¿por qué estoy?, ¿por qué hago esto?, ¿por qué vivo? Hace unos días puse una canción que siempre escuchaba, pero esta vez, sintiéndome en presencia de Dios, le encontré un fuerte significado espiritual. La canción se llama «Mi Suerte», es de Morat y estos son cinco reflexiones que me gustaría compartir contigo luego de que la escuches.



1. Si el tiempo pasa y no te puedo ver, me falta poco para enloquecer

«Ya no me alcanzan tus recuerdos». ¿Cuántas veces no sentimos que Jesús se ha ido?, ¿cuántas veces no sentimos que las promesas de Nuestro Padre han caducado para nuestra vida y no volveremos a conocer la alegría plena de vernos realizados?

En nuestra familia hay problemas, en nuestro país, en el trabajo, incluso dentro de nosotros mismos encontramos problemas psíquicos o morales que nos llegan a atormentar y sentimos que «enloquecemos».

2. Ya no quiero acudir a recuerdos, te quiero aquí

Esta frase suena un poco emberrinchada… pero cuántas veces no nos hemos sentido así con Jesús. Cuántas veces no nos cansamos de llevar una vida de oración y de fe que nos alcance las certezas de su presencia en el mundo y en nuestras situaciones precisas de vida, ¡pero es tan difícil! (a propósito del tema te recomiendo el curso/taller «Crecer en la vida de oración», ¡estoy segura de que te servirá!)

Sí, a veces quisiéramos simplemente sentir a Jesús, a Dios, aquí. Y pienso en los discípulos cuando Jesús «se les fue», se habrán sentido tremendamente abandonados, solos, desesperados y sin sentido. Se habrán cuestionado si todo fue mentira o fue una ilusión, si valió la pena el dolor y los esfuerzos. Si eso tendría frutos más tarde o si sería el fin. 

3. Porque aunque no pueda verte, yo nunca culparé a la suerte

«Yo ya gasté toda mi suerte, mi suerte la use en encontrarte a ti». Y después de tantas dudas, siento a la Santísima Trinidad aquí conmigo como diciéndome: «Te he amado tanto…te hemos amado tanto».

A veces quisiéramos tener una vida como de película de Hollywood con Dios: podernos elevar por los cielos, hacer milagros, que el Papa nos llame para pedirnos una entrevista, que los demás se conviertan por nuestra vida tan maravillosa y ejemplar. Queremos además que nuestra vida familiar, laboral y de amistades sea tan hermosa que veamos clara la presencia de Dios.

Pero la verdad es que es una enfermedad de nuestro tiempo: solo valoramos y creemos lo que está en la pantalla, lo demás, lo cotidiano y sencillo, lo pasamos por alto y hasta nos molesta.

Con Jesús es así: el día a día está lleno de sus señales, cada segundo de nuestra vida está desbordado de su vida y sin embargo nos sentimos abandonados cuando no vemos señales «milagrosas»:

«Entonces le interpelaron algunos escribas y fariseos: «Maestro, queremos ver una señal hecha por ti». Mas Él les respondió: «¡Generación malvada y adúltera! Una señal piden, y no se les dará otra señal que la señal del profeta Jonás».

Ahora el reto de los discípulos era aprender a encontrarlo en todas las cosas, empezando por lo más difícil: encontrarlo en sí mismos. 

Queremos más de Dios, pero ¿y si nos contentamos a veces con el simple —pero grandísimo y misterioso— regalo de haberlo conocido y seguirlo conociendo?, ¿y si en vez de pensar lo que no hemos visto de Él recordamos todo lo que ha hecho ya? Como los discípulos después de la crucifixión, que en lugar de alegrarse por haber tomado parte de su vida, se preguntan por qué no se salvó y si eso contradecía su mesianidad. 

«Ojalá escuchéis hoy su voz: No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras».

4. Y aunque me quede sin nada, yo nunca culparé a la suerte

«Yo ya gasté toda mi suerte, mi suerte la usé en encontrarte a ti». Esta canción es para una pareja, pero el amor también lo compartimos con Dios: y de igual forma suele ponerse a prueba, pasa por crisis, se cuestiona, se debilita y también crece.

En nuestras relaciones solemos pasar por etapas de decir «¿Por qué si hago tanto tú no lo valoras?». Dios, que también es Persona, podría sentir lo mismo con nosotros: «¿Por qué no ves todo lo que te he dado y te doy?», y no a modo de resentimiento, sino con una especie de dolor por amarnos tanto —darnos tanto— y que no lo podamos ver o sentir. 

Deberíamos preguntarnos: «¿Qué estoy deseando que, como no lo veo suceder, ignoro todo lo que sí me ha dado Dios?». Mientras escuchaba ese coro pensé en todo lo que no he agradecido por esperar que pase algo en mi plan de vida mental: «es que no se me ha dado ese viaje de trabajo, es que no se me ha dado esa beca al extranjero, es que no logro tener una pareja estable, es que no encuentro un grupo parroquial que me identifique, es que aún sigo viviendo con mis papás…».

¿Y quién me hizo creer que para que me considere bendecida debo tener todo eso?, ¿será que estamos comparando bendición con éxito? Porque si no viajo cada año, si no conozco al amor de mi vida hoy, si no gano mejor… creo que a Dios se le traspapeló mi destino.

¿Y por qué no confiamos que Él tiene cada detalle en sus manos y que lo que hasta ahora he recibido es lo mejor para mí y me basta y me sobra; que cada etapa de mi vida tendrá de nuevo sus días de fiesta? «Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo».

Porque, un poco la santidad va de decir: «aunque me quede sin nada… yo ya gasté toda mi suerte, mi suerte la usé en encontrarte a ti».

5. Nos falta… ser más agradecidos

Estamos acostumbrados a ver lo que nos falta, lo que le falta a nuestra realidad: si mi familia podría ser mejor, si yo podría ser menos, si mi universidad o mi trabajo podrían ser más divertidos, si mi país podría estar menos corrupto, y así podemos seguirnos desde que nos despertamos.

¡Veamos que lo que ya tenemos podría llamarse suerte! Tenemos familia, tenemos talento para tal carrera, tenemos trabajo, tenemos a dónde llegar por las noches a descansar, tenemos quién nos llame de vez en cuando. Tenemos un cuerpo para movernos por nuestra cuenta de un lado a otro, tenemos ideas para compartir, tenemos brazos para abrazar, tenemos risa para reír y buen humor para hacerlo.

No nos hundamos en vidas inhumanas, irreales de Pinterest, o Instagram. Todos a quienes admiramos tienen sus propias luchas, quizá tienen mucho dinero, pareja, viajes, la talla, los contactos. Pero ¿has pensado que esos personajes que idolatramos también tienen mucho de qué quejarse en esa vida?

Quizá también quieren la vida de alguien más y se comparan: podrían tener tal trabajo, vivir en tal ciudad, tener más tiempo para su familia, ser más atractivos, tener acceso a tales círculos que les gustan más o viven —seguro— una ruptura familiar o laboral.

Todos podemos buscar algo que nos falta en cualquier situación que estemos. Recordemos que ser agradecidos es el ingrediente clave para vivir la gracia:

«En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno. En ti vivimos, nos movemos y existimos; y, todavía peregrinos en este mundo, no solo experimentamos las pruebas cotidianas de tu amor, sino que poseemos ya en prenda la vida futura, pues esperamos gozar de la pascua eterna, porque tenemos las primicias del Espíritu por el que resucitaste a Jesús de entre los muertos. Por eso, Señor, te damos gracias y proclamamos tu grandeza cantando con los ángeles». (Prefacio litúrgico). 

Artículo elaborado por Sandra Real.