Mi oración creo que no va bien. Últimamente vivo pensando en lo que vendrá después. ¿No les ha pasado? Me refiero a estar fregando los platos mientras pienso en salir hacia el trabajo, en ducharme pensando en la ropa que me pondré, en tomar un café con alguien y estar pendiente de la hora en que debo marchar, ir a dormir repasando aquello con lo que la jornada me sorprendió.

A menudo nuestra atención está puesta en lo que viene después. Y así es fácil que también en momentos de oración no estemos en lo que tenemos que estar.

Escucharme cuando estoy en plena oración

A mi particularmente me cuesta dejar de oírme cuando estoy en plena oración. Me encanta hablar, debatiendo con otras personas o conmigo misma. Y esto, a veces, supone que en ciertos momentos sea incapaz de dejar hablar a Dios.

Ando preocupada o inspirada por hacer cosas, muchas de ellas vinculadas a Dios y a la evangelización… pero un cristiano es aquel que ha escuchado la llamada a estar en Dios, no solo en sus cosas. Y es difícil estar en Dios y, al mismo tiempo, en otras muchas cosas.

Los apetitos y mi oración

Quizás estas cosas, por muy loables que sean, acaben convirtiéndose en los «apetitos» de los que nos habla Fray Abel de Jesús, haciendo referencia a San Juan de la Cruz en el vídeo que les presentamos.

Esos «apetitos» que nos inclinan hacia la intranquilidad de hacer por hacer o hacer perdiendo de vista donde resuena Dios. Aquello que hace que nuestra oración vaya a peor.

Preocupada por mis apetitos seguí buscando otros místicos. Y mi indagación me llevó a conocer a un místico contemporáneo, el sacerdote Pablo d’Ors. El autor de «Biografía del Silencio» (2012) me ayudó a reflexionar profundamente sobre mi espiritualidad.

«La espiritualidad es esencialmente silencio, esto es lo que conviene subrayar en estos tiempos. Dios es esencialmente el silencio en el que resuenan todas las cosas». (D’Ors 2016)

Marta, María y el silencio

En el evangelio, Marta y María, claramente diferenciadas, parecen dedicarse a distintas cosas, como si también fuera así entre, por ejemplo, consagrados y laicos. Unos contemplan, otros ejecutan.

Invertimos mucho esfuerzo en el pensamiento (la catequesis, la teología…) o en la acción (el anuncio, la acción social), un esfuerzo poco comparable con el que invertimos en el desarrollo de la vida interior, muchas veces poco desarrollada en los cristianos.

Infinidad de actividades se despliegan para llegar a Dios. Y si no dejamos espacio para mirarnos a los ojos de Dios, no podremos conocernos, si no nos conocemos no podremos amarnos. Si no nos amamos, tal y como apunta d’Ors, no podremos amar a los demás.

Y para que esto sea posible, hay que dedicarle tiempo, la mayor y mejor parte de nuestro tiempo al silencio de la oración. Y hay que aprender a callar y a escuchar. Y a olvidarnos de nosotros mismos. Abriéndonos a la oración, descubriendo la belleza y el poder del silencio, podremos al fin estar en Dios.

Les invito a buscar, conocer, indagar sobre tantas personas bellas que hablan de orar, y animan a invertir tiempo y esfuerzos en hacerlo cada vez mejor. No es patrimonio del ámbito monástico, es patrimonio universal de la humanidad.

 

D’Ors, P. (2016, 8 agosto). Una vida nueva para la espiritualidad: la renovación por la oración. Vida Nueva Digital.

 

mi oración